Ultima Amonestación de Dios a un Mundo Impío

UN RASGO admirable de la palabra profética es que en ella no se ve nunca al pueblo de Dios abandonado en una situación desesperada por sus pruebas y dificultades. Después de mostrarle futuras escenas de peligro, la voz de la profecía no lo deja allí, y no necesita adivinar lo que le espera ni dudar siquiera del resultado. Lo lleva hasta el fin, y revela el triunfo de los fieles.

Los primeros cinco versículos de Apocalipsis 14 son un ejemplo de esto. El capítulo 13 termina presentándonos al pueblo de Dios como una compañía pequeña, aparentemente débil e indefensa, en mortal conflicto con las potencias más poderosas de la tierra que el dragón pueda movilizar en su servicio. Con el apoyo de la autoridad suprema del país, se promulga un decreto para que todos adoren la imagen y reciban la marca, so pena de muerte si alguien se niega a obedecer. ¿Qué pueden hacer los hijos de Dios en tal conflicto y en necesidad tan extrema? ¿Qué será de ellos? Miremos hacia adelante con el apóstol, a la siguiente escena del drama que se desarrolla, y ¿qué contemplamos? A la misma compañía de pie sobre el monte de Sión con el Cordero. Pero es una compañía victoriosa, que tañe arpas sinfónicas en los atrios del cielo. Así se nos indica que cuando llegue nuestro conflicto con las potestades de las tinieblas, no sólo estará asegurada la liberación del pueblo de Dios, sino que será inmediata.

Los 144.000.--Creemos que los 144.000 que se ven aquí sobre el monte de Sión son los santos que en Apocalipsis 13 nos fueron mostrados como objetos de la ira de la bestia y su imagen.

Se identifican con los sellados descritos en Apocalipsis 7, a los cuales se nos ha mostrado ya como los justos que viven cuando Cristo viene por segunda vez.

Han sido "comprados de entre los hombres" (vers. 4), expresión que sólo puede aplicarse a los que son trasladados de entre los que viven. Pablo trabajó con el anhelo de alcanzar la resurrección de los muertos. (Filipenses 3:11.) Tal es la esperanza de los que duermen en Jesús: la resurrección de los muertos. Una redención de entre los hombres, debe significar algo diferente, y puede significar solamente una cosa, a saber la traslación. De ahí que los 144.000 sean santos que vivirán y serán trasladados cuando se produzca la segunda venida de Cristo.

¿Sobre qué monte Sión ve Juan a esta compañía? Es el monte de Sión celestial; porque el canto de los tañedores de arpa, que proviene sin duda de esa misma compañía, se oye como proveniente del cielo. Esta es la misma Sión desde la cual el Señor deja oír su voz cuando habla a su pueblo en estrecha relación con la venida del Hijo del hombre. (Joel 3:16; Hebreos 12:25-28;

Apocalipsis 16:17.) Aceptar el hecho de que hay en el cielo un monte de Sión y una Jerusalén es un poderoso antídoto para combatir la falsa doctrina de un segundo tiempo de gracia y un milenario de paz en la tierra.

Unos detalles más tan sólo acerca de los 144.000, en adición a los dados en Apocalipsis 7, exigen nuestra atención:

Tienen el nombre del Padre del Cordero escrito en la frente. En Apocalipsis 7, se dice que tienen el sello de Dios en sus frentes, Se nos proporciona así una clave importante para comprender lo que es el sello de Dios, porque en seguida percibimos que el Padre considera su nombre como su sello. Es, por lo tanto, el sello de la ley aquel mandamiento de ella que contiene el nombre de Dios. El mandamiento del sábado es el único que contenga el título descriptivo por medio del cual se puede distinguir al verdadero Dios de todos los dioses falsos. Dondequiera que estuviese, allí estaba el nombre del Padre. (Deuteronomio 12:5, 14, 18, 21; 14:23; 16:2, 6; etc.) Por lo tanto, quienquiera que guarde este mandamiento tiene el sello del Dios vivo.

Cantan un cántico nuevo que ninguna otra compañía puede aprender. En Apocalipsis 15:3, se lo llama el cántico de Moisés y del Cordero. El cántico de Moisés, como se ve en Exodo 15, celebraba una liberación. Por lo tanto, el cántico de los 144.000 es el cántico de su liberación. Nadie más puede participar en él, porque ninguna otra compañía experimentará lo que ésta ha de experimentar.

"Son los que con mujeres no fueron contaminados." En la Escritura una mujer es el símbolo de una iglesia. Una mujer virtuosa representa una iglesia pura; una mujer corrompida a una iglesia apóstata. Es pues característica de esta compañía que en el momento de su liberación sus miembros no están contaminados con las iglesias caídas de la tierra, ni están relacionados con ellas. Sin embargo, no hemos de entender que nunca tuvieron relación alguna con esas iglesias, porque es únicamente en cierto momento cuando la gente es contaminada por ellas. En Apocalipsis 18:4, hallamos un llamamiento dirigido al pueblo de Dios mientras está en Babilonia, para que salga a fin de no participar en sus pecados. Al prestar oído a ese llamamiento y al separarse de ella, escapan a la contaminación de sus pecados. Así también los 144.000. Aunque algunos de ellos hayan estado alguna vez relacionados con iglesias corrompidas, cortaron esta relación cuando habría sido un pecado continuarla por más tiempo.

Siguen al Cordero dondequiera que vaya. Entendemos que esto se dice de ellos en su estado redimido. Son los compañeros especiales de su glorificado Señor en el reino. Acerca de la misma compañía y del mismo tiempo, leemos: "El Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes vivas de aguas." (Apocalipsis 7:17.) Son "primicias para Dios y para el Cordero." Este término parece aplicarse a diferentes personas para denotar condiciones especiales. Cristo constituye las primicias como antitipo de la gavilla agitada. Los primeros que recibieron el Evangelio son llamados por Santiago "primicias" de cierta clase. (Santiago 1:18.) Así también los 144.000, preparados para el alfolí celestial por las escenas angustiosas que vivieron aquí en la tierra durante los postreros días, trasladados al cielo sin ver la muerte, y elevados a una posición preeminente, son llamados en este sentido primicias para Dios y para el Cordero. Con esta descripción de los 144,000 triunfantes, termina la, cadena profética que se inició con Apocalipsis 12.

VERS. 6, 7: Y vi otro ángel volar por en medio del cielo, que tenia el evangelio eterno para predicarlo a los que moran en la tierra, y a toda nación y tribu y lengua y pueblo, diciendo en alta voz: Temed a Dios, y dadle honra; porque la hora de su juicio es venida; y adorad a aquel que ha hecho el cielo y la tierra y el mar y las fuentes de las aguas.

El mensaje del primer ángel.--En estos versículos se introducen otra escena y otra cadena de sucesos proféticos. Sabemos que es así porque los versículos anteriores describen a una compañía de los redimidos en el estado inmortal, y se trata de una escena que forma parte de la cadena profética iniciada en el primer versículo de Apocalipsis 12, y cierra la tal cadena de sucesos, pues ninguna profecía va más allá que el estado inmortal. Cuandoquiera que una cadena profética nos lleva al fin del mundo, sabemos que ella termina allí, y que lo introducido ulteriormente pertenece a una nueva serie de acontecimientos. El libro del Apocalipsis en particular se compone de estas cadenas proféticas independientes, como lo han demostrado ya unos cuantos ejemplos.

El mensaje descrito en estos dos versículos es el primero de los que se conocen como "los tres mensajes de Apocalipsis 14." La profecía misma justifica nuestra designación de ellos como el primero, el segundo y el tercero. En uno de los versículos que siguen, el último ángel que se presenta con un mensaje se llama distintamente "el tercer ángel," de lo cual deducimos que el precedente era el segundo ángel; y el otro anterior, el primero,

Estos ángeles son evidentemente simbólicos, pues la obra que se les asigna es la de predicar el Evangelio eterno a la gente. Pero la predicación del Evangelio no ha sido confiada a ángeles literales, sino a los hombres, y éstos son responsables de este cometido sagrado. Por lo tanto, cada uno de esos tres ángeles simboliza a los que son enviados a dar a conocer a sus semejantes las verdades especiales que constituyen estos mensajes.

Los ángeles literales se interesan intensamente en la obra que realiza la gracia entre los hombres, y son enviados a servir a aquellos que han de heredar la salvación. Como hay orden en todos los movimientos y las asignaciones del mundo celestial, no resulta tan fantástico suponer que un ángel literal está encargado de la obra de cada mensaje. (Hebreos 1:14; Apocalipsis 1:1; 22:16.)

Vemos en estos símbolos el agudo contraste que la Biblia establece entre las cosas terrenales y las celestiales. Siempre que se han de representar gobiernos terrenales, aun los mejores de ellos, el símbolo más apropiado que se puede hallar es una fiera. Pero cuando la obra de Dios debe iniciarse, se la simboliza por un ángel revestido de belleza y ceñido de poder.

La importancia de la obra presentada en Apocalipsis 14:6-12 resultará aparente para cualquiera que la estudie atentamente. Cuandoquiera que estos mensajes hayan de ser predicados, habrán de constituir por su misma naturaleza el tema de mayor interés para la generación a la cual toquen. No queremos decir que la gran masa de la humanidad que viva entonces les prestará atención, porque en toda época del mundo fueron demasiados los que pasaron por alto lo que fué la verdad presente para ese tiempo. Pero constituyen el tema al cual prestarán la más ferviente atención quienes comprendan lo que afecta sus intereses más importantes.

Cuando Dios envía a sus ministros a anunciar al mundo que la hora de su juicio es venida, que Babilonia ha caído, y que cualquiera que adorare la bestia y su imagen deberá beber de su ira derramada sin mixtura en la copa de su indignación, pronuncia la amenaza más terrible que se pueda hallar en las Escrituras, y nadie puede, sin peligro para su alma, tratar esta amonestación como cosa no esencial, o pasarla por alto con negligencia y desprecio. De ahí que en toda época sea necesario realizar los esfuerzos más fervientes para comprender la obra del Señor, no sea que perdamos el beneficio de la verdad presente. Esto se aplica especialmente a nuestra época, cuando tantas evidencias nos advierten de la pronta llegada de la crisis final de la tierra.

Este ángel de Apocalipsis 14:6 es llamado "otro ángel," porque Juan había visto antes a un ángel que volaba por el cielo de una manera similar, según se describe en Apocalipsis 8:13, y proclamaba que las tres últimas de las siete trompetas serían ayes.

El tiempo del mensaje.--Lo primero que debe determinarse es el tiempo en que este mensaje se ha de dar. ¿Cuándo se puede esperar la proclamación: "La hora de su juicio es venida"? La posibilidad de que sea en nuestro propio tiempo hace que resulte esencial para nosotros examinar esta cuestión con seria atención. Pero a medida que avancemos se verán más pruebas positivas de que es así. Ello debiera acelerar todo pulso, y hacer palpitar todo corazón que sienta la sublime importancia de esta hora en la cual vivimos.

Sólo tres opiniones son posibles con respecto al tiempo en que se cumple esta profecía. Son: (1) Que este mensaje se dió en lo pasado, como en los días de los apóstoles, o en los de los reformadores; (2) que se ha de dar en un tiempo futuro; o (3) que pertenece a la generación actual.

Averigüemos primero lo referente a la primera posibilidad. La misma naturaleza del mensaje destruye la idea de que pudiese darse en el tiempo de los apóstoles. Ellos no proclamaron que la hora del juicio de Dios hubiese venido. Si lo hubiesen hecho, no habrían dicho la verdad, y su mensaje habría llevado la estampa infame de la mentira. Ellos tenían algo que decir acerca del juicio, pero indicaron que se realizaría en un futuro indefinido. De acuerdo con las palabras de Cristo mismo, el juicio final de Sodoma y Gomorra, Tiro, Sidón, Corazín y Capernaún, se hallaba en aquella época en un futuro indefinido. (Mateo 10:15; 11:21-24.) Pablo declaró a los atenienses supersticiosos que Dios había señalado un día en el que juzgaría al mundo. (Hebreos 17:31.) Habló ante Félix "de la justicia, y de la continencia, y del juicio venidero." (Hechos 24:25.) A los romanos les escribió acerca de un día en que Dios juzgará los secretos de los hombres por Jesucristo. (Romanos 2:16.) Indicó a los corintios que mirasen hacia un tiempo en que será necesario que "todos nosotros parezcamos ante el tribunal de Cristo." (2 Corintios 5:10.) Santiago escribió a los hermanos dispersos que en algún tiempo futuro serían juzgados por la ley de libertad. (Santiago 2:12.) Tanto Pedro como Judas hablan de los primeros ángeles rebeldes como reservados para el juicio del gran día, aun futuro entonces, para el cual son reservados también los impíos de este mundo. (2 Pedro 2:4, 9; Judas 6.) ¡Cuánto difiere todo esto de la solemne proclamación al mundo de que "la hora de su juicio es venida," presupuesta por la difusión del mensaje que consideramos!

Desde los días de los apóstoles nada ha sucedido que podría interpretarse como cumplimiento de este primer mensaje, hasta que llegamos a la Reforma del siglo XVI. Algunos aseveran que Lutero y sus colaboradores dieron el primer mensaje y que los dos siguientes han sido dados desde entonces. Los hechos históricos se encargarán de decidir la cuestión. ¿Dónde están las pruebas de que los reformadores hicieron una proclamación tal? Sus enseñanzas han quedado registradas en pleno, y conservados sus escritos. ¿Cuándo y dónde despertaron al mundo con la proclamación de que la hora del juicio de Dios había venido? No hallamos anotado que hayan predicado tal cosa.

"Algunos intérpretes suponen que el pasaje arriba citado (Apocalipsis 14:6-11) se refiere a la época de la Reforma y que se cumplió en la predicación de Lutero y los otros personajes eminentes que fueron suscitados en aquel tiempo para proclamar los errores de la iglesia romana. . . . Pero me parece que estas interpretaciones encuentran objeciones insuperables. El primer ángel tiene por misión predicar el Evangelio en forma mucho más excensa de lo que pudieron hacerlo los reformadores. Lejos de predicarlo a todos los habitantes de la tierra, ni siquiera lo predicaron en toda la Europa cristiana. La Reforma no pudo penetrar en algunos de los reinos más extensos de la jurisdicción romana. Quedó completamente exduída de España, Portugal e Italia. Tampoco podía decirse con lógica y veracidad en el tiempo de la Reforma que había llegado la hora del juicio de Dios. . . . La hora del juicio de Dios es un tiempo bien conocido y definido con exactitud en las profecías cronológicas de Daniel y Juan.

"Yo espero--dijo Lutero--que el postrer día del juicio no esté lejos, y en verdad me persuado de que no tardará trescientos años más; porque la palabra de Dios decrecerá y se obscurecerá por falta de pastores fieles y siervos de Dios. Antes de mucho se oirá la voz: 'He aquí, el esposo viene.' Dios no quiere ni puede tolerar mucho más a este mundo impío; debe presentarse con el día terrible y castigar el desprecio de su Palabra."

Estas anotaciones son decisivas en lo que se refiere a los reformadores. Y como las consideraciones precedentes bastan para impedirnos aplicar al pasado el mensaje del juicio, dedicaremos nuestra atención a la opinión que lo sitúa en una época futura, más allá del segundo advenimiento. La razón que se aduce para situar el mensaje en ese tiempo es el hecho de que Juan vió al ángel volar por en medio del cielo inmediatamente después que vió al Cordero sobre el monte de Sión con los 144.000, lo cual es un acontecimiento futuro. Si el libro del Apocalipsis fuese una profecía consecutiva, este raciocinio tendría peso; pero como consiste en una serie de cadenas proféticas independientes, y como ya se ha demostrado que una de esas cadenas termina con el vers. 5 de este capítulo, y comienza una nueva con el vers. 6, la opinión mencionada no puede sostenerse. Para demostrar que el mensaje no puede hallar su cumplimiento en una época ulterior al segundo advenimiento bastará dar algunas razones.

La comisión apostólica se extendía solamente hasta la "siega,"que es el fin del mundo. (Mateo 13:39.) Por lo tanto, si este ángel viene con "el evangelio eterno" después de aquel suceso, predica otro evangelio, y se expone al anatema de Pablo en Gálatas 1:8.

Por supuesto, el segundo mensaje no puede darse antes que el primero, pero el segundo mensaje anuncia la caída de Babilonia, y después de esto se oyó una voz en el cielo que decía: "Salid de ella, pueblo mío." ¡Cuán absurdo sería situar esto después del segundo advenimiento de Cristo, en vista de que todos los hijos de Dios, tanto los vivos como los que estaban muertos, son arrebatados al encuentro de su Señor en el aire, para estar siempre con él. (1 Tesalonicenses 4:17.) Después de esto no se los puede invitar a salir de Babilonia. Cristo no los lleva a Babilonia, sino a la casa del Padre, donde hay muchas mansiones. (Juan 14:2, 3.)

Una mirada al mensaje del tercer ángel, que deberá cumplirse en época futura si tal ha de suceder con el primero, nos revelará aun mejor cuán imposible es sostener esta opinión. Este mensaje da una amonestación contra la adoración de la bestia, que se refiere indisputablemente a la bestia papal. Pero la bestia papal queda destruída y entregada a las llamas cuando venga Cristo. (Daniel 7:11; 2 Tesalonicenses 2:8.) Es echada entonces al lago de fuego, para que no perturbe más a los santos del Altísimo. (Apocalipsis 19:20.) ¿Para qué nos enredaríamos en la inconsecuencia que representa el situar un mensaje contra la adoración de la bestia en un tiempo cuando la bestia dejó de existir, y es imposible adorarla?

En Apocalipsis 14:13 se pronuncia una bienaventuranza sobre los que mueren en el Señor "de aquí adelante," es decir desde el momento en que se empieza a dar el triple mensaje. Esta es una demostración completa de que el mensaje debe ser proclamado antes de la primera resurrección, porque después de ese acontecimiento ya no habría de morir quien tomara parte en él. Por lo tanto, descartamos esta opinión relativa a una época futura como antibíblica e imposible.

La hora del juicio da una nota distintiva:-Estamos ahora preparados para examinar la tercera opinión, a saber, que el mensaje pertenece a la generación actual. La consideración de las dos propuestas anteriores ha contribuído mucho a establecer la restante. Si el mensaje no ha sido dado en lo pasado, y no puede ser dado en lo futuro después que venga Cristo, ¿en qué otro lugar puede situárselo sino en la generación actual, puesto que estamos en los postreros días, precisamente antes de la segunda venida de Cristo? En verdad, la misma naturaleza del mensaje lo limita a la última generación humana. Proclama que ha llegado la hora del juicio de Dios. El juicio pertenece al momento final de la obra de salvación que se hace en favor del rnundo, y la proclamación de que se acerca no puede realizarse sino cuando nos acercamos al fin. Se demuestra aun mejor que el mensaje pertenece al tiempo actual cuando se prueba que este ángel es el mismo que el de Apocalipsis 10, el cual da su mensaje en esta generación. Para comprobar que el primer ángel de Apocalipsis 14 es el mismo que el de Apocalipsis 10, véanse las explicaciones del capítulo 10.

El Apóstol Pablo que, ante el gobernador romano Félix, disertó sobre "el juicio venidero," proclamó a sus oyentes del Areópago que Dios "ha establecido un día, en el cual ha de juzgar al mundo con justicia, por aquel varón al cual determinó." (Hechos 17:31.)

La profecía de los 2.300 días, de Daniel 8 y 9, apuntaba inequívocamente a esta hora del juicio. Este período profético, el más largo de las Escrituras, va de 457 ant. de J. C. hasta 1844 de nuestra era. Entonces, como ya lo vimos al estudiar la profecía de Daniel, el santuario iba a ser purificado. Esta purificación, de acuerdo con el servicio típico de Levítico 16, era la obra final de la expiación. Que la obra del último día del año en el servicio típico no era sino una figura del día de juicio es algo que se desprende de las citas siguientes:

"El gran Día de Expiación, con sus servicios tan peculiares e impresionantes, caía en el décimo día del mes séptimo. . . . Era un día en que todo hombre era llamado a ayunar y afligir su alma; a reflexionar con tristeza y penitencia en sus caminos pecaminosos y sus transgresiones. . . . El que no se afligía así era amenazado con la pena de muerte, como castigo directo de la mano de Jehová." "Notemos bien la fecha exacta del Día de Expiación. Caía en el día décimo del mes séptimo. El Jubileo se iniciaba también el mismo día y se anunciaba por el toque de la trompeta solemne, emblema de que Dios se acercaba para juzgar."

"Se suponía que el día de Año Nuevo (1° de Tishri) se escribían los decretos divinos, y que en el Día de Expiación (10 de Tishri), eran sellados, y por ello esa década se llamaba la de 'los Días Terribles,' o los 'Diez Días de Penitencia.' Tan pavoroso era el Día de Expiación que un libro del ritual judío nos dice que los mismos ángeles iban de un lugar a otro con temor y temblor, diciendo: 'He aquí que ha venido el Día del Juicio,' "" 'Dios, sentado en su trono para juzgar al mundo . . . abre el Libro de los Anales; se lo lee, y allí se encuentra la firma de cada hombre. Suena la gran trompeta; se oye una queda vocecita; los ángeles se estremecen, diciendo: "Este es el día del juicio." . . . En el Día de Ano Nuevo se escribe el decreto; en el Día de Expiación queda sellado, quién ha de vivir y quién ha de morir.' "

Uno podría preguntarse si un mensaje de este carácter ha sido dado al mundo, o si se lo está proclamando hoy. Creemos que el gran movimiento del segundo advenimiento del siglo pasado corresponde exactamente a la profecía.

El segundo advenimiento de Cristo es otra nota distintiva.--Ya en 1831, Guillermo Miller, de Low Hampton, estado de Nueva York, llegó, por un fervoroso y perseverante estudio de las profecías, a la conclusión de que se acercaba a su fin la era evangélica. Pensaba que esta terminación ocurriría al fin de los períodos proféticos, hacia el ano 1843. Extendió más tarde esa fecha al otoño de 1844. Sus investigaciones fueron un estudio perseverante y lógico de las profecías, porque adoptó una regla de interpretación sana. En ésta se basa toda reforma religiosa, y todo progreso en el conocimiento profético. Dicha regla consiste en tomar todo el lenguaje de las Escrituras como el de cualquier otro libro, en su sentido literal a menos que el contexto o las leyes del lenguaje requieran que se lo entienda figurativamente, y dejar que los pasajes de las Escrituras se expliquen unos a otros. Es verdad que se equivocó en un punto vital, como se explicará más adelante; pero en principio, y en gran número de detalles, tenía razón. Seguía el camino correcto, e hizo un progreso inmenso en comparación con todos los sistemas teológicos de su época. Cuando empezó a proclamar sus opiniones, fueron recibidas muy favorablemente, y se produjeron grandes despertares religiosos en diferentes partes del país.

Pronto una multitud de colaboradores se reunió en derredor de su estandarte. Entre ellos pueden mencionarse hombres como F. G. Brown, Carlos Fitch, Josías Litch, J. V. Himes y otros, que eran entonces hombres eminentes por su piedad y por la influencia que ejercían en el mundo religioso. El lustro transcurrido entre 1840 y 1844 fué una época de intensa actividad y de gran progreso en esa obra. Se proclamó al mundo un mensaje que tenía todas las características requeridas para ser el cumplimiento de la proclamación de Apocalipsis 14:6, 7. Fué en verdad aquel Evangelio del reino que Cristo declaró habría de predicarse en todo el mundo como testimonio a todos los gentiles, y entonces vendría el fin. (Mateo 24:14.) El cumplimiento de cualquiera de estos dos pasajes implica la predicación de la inminencia del fin. El Evangelio no podría predicarse a todas las naciones como señal del fin sin ser reconocido como tal, y la proximidad del fin era por lo menos uno de sus temas principales. El Advent Herald expresó claramente la verdad al respecto en el lenguaje siguiente:

"Como indicación de la inminencia del fin, se había de ver, sin embargo, 'otro ángel volar por en medio del cielo, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los que moran en la tierra, y a toda nación y tribu y lengua y pueblo.' (Apocalipsis 14:6.) La misión de este ángel era predicar el mismo Evangelio que había sido proclamado antes, pero con él se relacionaba el motivo adicional de la proximidad del reino, pues decía 'en alta voz:

Temed a Dios, y dadle honra; porque la hora de su juicio es venida; y adorad a aquel que ha hecho el cielo y la tierra y la mar y las fuentes de las aguas.' (Vers. 7.) Ninguna sencilla predicación del Evangelio, sin anunciar la proximidad del fin, podría cumplir este mensaje."

Las personas que se dedicaban a este movimiento suponían que era cumplimiento de una profecía, y aseveraban que estaban dando el mensaje de Apocalipsis 14:6, 7.

"Quisiera deciros esta noche: 'Temed a Dios, y dadle honra; porque la hora de su juicio es venida,' en un sentido estricto y literal. Estamos ahora al final de aquel postrer día concerniente al cual el apóstol dice: 'Por lo cual sabemos que es el último tiempo.'. . . Nos hallamos en el anochecer de aquel día, estamos en la última hora de él; y está muy cerca, muy cerca, aun a las puertas. Mis estimados oyentes, os ruego que consideréis que está cerca, a la misma puerta, según todos los que han estudiado este asunto y han buscado la enseñanza de Dios; . . . los cuales declaran unánimemente que . . . el reinado de Cristo se acerca."

"Apocalipsis 14 representa al ángel como volando por en medio del cielo, teniendo el Evangelio eterno para predicarlo a aquellos que moran en la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo. Cuando se verifique el acontecimiento indicado por este símbolo, el día del juicio del Señor estará inminente, porque el ángel clama a todos los hombres: 'Temed a Dios, y dadle honra; porque la hora de su juicio es venida.'"

"A todos les incumbe el deber de darles la invitación: 'Temed a Dios, y dadle honra; porque la hora de su juicio es venida,' pero es más especialmente el deber de los ministros de Dios."

Pero el movimiento general relativo al segundo advenimiento de Cristo y la proclamación de que "la hora de su juicio es venida," no se limitó al hemisferio occidental. Fué mundial. Cumplió al respecto la proclamación del ángel "a toda nación y tribu y lengua y pueblo."

El error cometido por los adventistas en 1844 no se refería al tiempo, como bien lo han demostrado los argumentos referentes a las 70 semanas y a los 2.300 días de Daniel 8 y 9. Se refería a la naturaleza del acontecimiento que había de ocurrir al fin de aquellos días, según se ha comprobado al estudiar lo relativo al santuario de Daniel 8. Suponiendo que la tierra era el santuario, cuya purificación se había de realizar por fuego cuando se manifestase el Señor del cielo, esperaban naturalmente que viniese Cristo al fin de aquellos días. A causa de su equivocación acerca de eso, sufrieron una desilusión aplastante, predicha en la Escritura misma, aunque todo lo que la profecía declaraba, y todo lo que ellos debieran haber esperado, se realizó con exactitud absoluta en ese tiempo. Empezó la purificación del santuario; pero esto no trajo a Cristo a esta tierra, porque la tierra no es el santuario; y su purificación no entraña la destrucción de la tierra, porque la purificación del santuario se realiza con la sangre de una ofrenda o sacrificio, y no por fuego. Esta fué la amargura del librito para la iglesia. (Apocalipsis 10:10.) Esta fué la venida de Uno como el Hijo del hombre, no a esta tierra, sino al Anciano de días. (Daniel 7:13, 14.) Esta fué la llegada del esposo a las bodas, que se presenta en la parábola de las diez vírgenes de Mateo 25.

Las vírgenes fatuas dijeron entonces a las prudentes: "Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan." Las prudentes respondieron: "Id antes a los que venden, y comprad para vosotras. Y mientras que ellas iban a comprar, vino el esposo." Esta no es la venida de Cristo a esta tierra, porque es una venida que precede a las bodas; pero las bodas, es decir la recepción del reino deben preceder su venida a esta tierra para recibir a sus hijos, que han de ser los convidados a la cena de bodas. (Lucas 19:12; Apocalipsis 19:7-9.) Esta venida de la parábola debe ser por lo tanto la misma que la venida del Anciano de días mencionada en Daniel 7:13,14.

"Las que estaban apercibidas, entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta." Después que llega el esposo a las bodas, se realiza el examen de los convidados para ver quiénes están listos para participar en la ceremonia, según la parábola de Mateo 22:1-13. Como última cosa antes de las bodas, el Rey entra a ver a los convidados, para averiguar si están todos debidamente ataviados con el vestido de bodas; todo aquel que, después del debido examen, es encontrado con el vestido puesto y aceptado por el Rey, no pierde ya esa vestidura, sino que tiene asegurada la inmortalidad. Pero la idoneidad para el reino es determinada únicamente por el juicio investigador del santuario.

La obra final que se realiza en el santuario, que es la expiación o purificación del mismo, no es por lo tanto otra cosa que el examen de los convidados para ver quiénes tienen el vestido de bodas. Por consiguiente, hasta que se haya terminado esta obra, no se habrá determinado quiénes están "listos" para entrar a las bodas. "Las que estaban apercibidas, entraron con él a las bodas." Esta expresión nos hace pasar, desde el tiempo en que llega el esposo a las bodas, a través del período abarcado por la purificación del santuario, o el examen de los convidados. Cuando este examen haya terminado, cesará el tiempo de gracia, y se cerrará la puerta.

Queda ahora aparente la relación que hay entre la parábola y el mensaje que estamos examinando. Presenta un período durante el cual se preparan los convidados a las bodas del Cordero, y es la obra del juicio a la cual el mensaje nos lleva cuando declara: "La hora de su juicio es venida." Este mensaje ha de ser proclamado con fuerte voz. Se proclamó con el poder así indicado entre los años 1840 a 1844, y más especialmente en el otoño de este último año, que nos trajo al fin de los 2.300 días, cuando la obra del juicio se inició al empezar Cristo la purificación del santuario.

Como ya se ha demostrado, esta obra no nos llevó al fin del tiempo de gracia, sino al comienzo del juicio investigador. En esta hora del juicio estamos viviendo ahora. Hoy, como en el período al cual nos hemos referido ya, el mensaje del juicio se está proclamando por toda la tierra. Hoy repercute la solemne proclamación del juicio "a toda nación y tribu y lengua y pueblo, diciendo en alta voz: Temed a Dios, y dadle honra; porque la hora de su juicio es venida; y adorad a aquel que ha hecho el cielo y la tierra y el mar y las fuentes de las aguas." (Apocalipsis 14:6,7.)

Antes de pasar a considerar el mensaje del segundo ángel, contemplemos por un momento la importancia y el significado sublime de la verdad admirable que aquí se revela tan claramente. Nos hallamos en el mismo umbral del mundo eterno. El último mensaje de la misericordia de Dios se está dando a toda nación, tribu, lengua y pueblo. En el santuario celestial se están desarrollando las escenas finales del gran plan de salvación. ¡Pensemos en esto! La hora del juicio de Dios es venida. El juicio investigador que afecta a cada alma y que precede de inmediato a la venida de Jesús, se está realizando ahora en el cielo. Un vestido de boda, el manto inmaculado de la justicia de Cristo, ha sido provisto a un costo infinito para todos los que quieran aceptarlo. ¿Cómo lo pasaremos tú y yo cuando venga el Rey? "Hijitos míos, estas cosas os escribo, para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo." (1 Juan 2:1.)

 

 

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