Señales del tiempo del fin

Nos hemos prometido más de una vez que vamos a examinar la lista de señales del tiempo del fin que aparece en el Apocalipsis. Al hacerlo ahora, recordemos que Jesús en su Sermón profético aparentemente no estaba demasiado ansioso de darles a los discípulos muchas de estas señales.

Estos querían una señal que les permitiera saber cuándo caería Jerusalén y cuán­do regresaría Cristo. (Véase S. Mateo 24: 3.) En su respuesta Jesús les demostró que la caída de Jerusalén y el fin del mundo no serían la misma cosa. Pero en lugar de proporcionarles muchas señales se espació en la importancia de prepararse para la segunda venida mediante el cultivo personal de la religión, el servicio en favor de los demás y el desarrollo del carácter.

Pero les dio algunas señales. Para la caída de Jerusalén les dio una: la "abominación de la desolación", es decir, los ejércitos romanos que rodearían el templo de Jerusalén. (Véase S. Mateo 24: 15.) En relación con su segunda venida mencio­nó la predicación del Evangelio en todo el mundo. Y destacó especialmente la su­prema "señal del Hijo del hombre", su aparición personal en las nubes, tan visible como el relámpago. (Versículos 30 y 27.)

Pero en el curso de su Sermón profético Jesús mencionó también "la tribula­ción de aquellos días", es decir, la de los 1.260 días-años, y añadió que "inmedia­tamente después" de esa tribulación, y antes de su regreso, "el sol se oscurecerá, la luna perderá su resplandor, las estrellas caerán del cielo, y las fuerzas de los cie­los serán sacudidas" (S. Mateo 24: 29).

La lista de estos fenómenos-señales es asombrosamente similar a la que da San Juan en Apocalipsis 6: 12-14, con la diferencia que la de San Juan es más larga y detallada. Esta semejanza no es sorprendente, puesto que Jesús es el origen de las dos listas. Seguía mirando, cuando [Jesucristo, el Cordero] abrió el sexto sello -dice San Juan-; y se produjo un violento terremoto; el sol se puso negro como un paño de crin, y la luna toda como sangre, y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera suelta sus higos aún verdes al ser sacudida por un viento fuerte; el cielo fue retirado como un libro que se enrolla, y todos los montes y las islas fueron removidos de sus asientos".

Al comparar las dos listas, muchos estudiosos de las Escrituras se han conven­cido de que la lista que da Cristo en el Sermón profético ya se ha cumplido en for­ma notable, y que la lista más larga que le dio a San Juan en el sexto sello ya se ha cumplido parcialmente. El cielo todavía no se ha retirado ni se ha producido el terremoto final. Pero las otras predicciones, dicen ellos, se han cumplido en el terremoto de Lisboa del 1 o de noviembre de 1755, el día oscuro (junto con la luna enrojecida) el 19 de mayo de 1780, y el magnífico despliegue de estrellas fugaces en la madrugada del 13 de noviembre de 1833.

Vale la pena examinar estos acontecimientos sugeridos.

          El terremoto de Lisboa. El terremoto de Lisboa del 1 o de noviembre de 1755 no se limitó a sacudir unos cuantos platos. Las enciclopedias lo clasifican todavía como uno de los terremotos más grandes de la historia.

Lisboa, la capital de Portugal, es un puerto comercial ubicado junto al río Ta­jo. Ciudad rica y religiosa en 1750, se vanagloriaba de sus ricos mercaderes y de sus más de cuarenta grandes iglesias. La Inquisición tenía una de sus sedes allí.

El 1 de noviembre de 1755, día de Todos los Santos y sábado además, amane­ció claro y brillante. Pero a las 9:30 la tierra rugió y tembló provocando terribles grietas en los muros de los edificios del gobierno y los palacios se sacudieron du­rante dos eternos minutos como cañas sacudidas por el viento. La mampostería co­menzó a desmoronarse, las vigas y las columnas de mármol se rasgaron como si fueran de tela, los techos y los muros se estrellaron contra el suelo. Después de otra pausa, otro ataque le siguió. A continuación surgió una nube sofocante, que todo lo envolvía y que convirtió el día en noche. Era el polvo que produjo la caída de la mampostería.

Al disiparse la oscuridad, se veía gente arrastrándose en medio de los escom­bros, sangrando, y con un brazo o una pierna inutilizados. Los niños corrían llo­rando mientras buscaban a sus padres. Los padres buscaban a gritos a sus hijos. Los perros y los caballos heridos se debatían. Los sacerdotes, algunos de ellos bas­tante heridos, consolaban a la gente mientras les acercaban crucifijos.

Surgían clamores de entre las ruinas. Se los oyó por varios días. Las llamas se extinguían: los últimos restos de un holocausto que duró una semana. Los mare­motos, que ascendían por el cauce del Tajo, sumergieron a las multitudes que cre­yeron que estarían más seguras en la zona portuaria -que en las calles de la ciudad.

Algunos antiguos informes, uno de ellos del famoso geólogo Sir Charles Lyell, nos dicen que surgieron misteriosos incendios de las grietas de la tierra. Sorpren­dentemente, un estudio reciente le da base científica a esta posibilidad.

¿Cuántos murieron? Los primeros informes nos hablan de cien mil. Las enci­clopedias y los almanaques modernos nos hablan de unos sesenta mil. Más recien­temente la cifra ha sido reducida a quince o diez mil.

La cifra de víctimas de algunos otros terremotos ha sido mucho más alta; pero de todas maneras el terremoto de Lisboa fue impresionante. Se lo podría llamar el terremoto de Lisboa-Fez, porque mientras Lisboa sufría sus embates la ciudad norafricana de Fez, a unos seiscientos kilómetros de distancia, y su hermana, Mek­nes, fueron arrasada con gran pérdida de vidas. La tierra se sacudió notablemente en otras ciudades norafricanas también, y lo mismo ocurrió en Europa hasta en Estrasburgo, a unos 1.600 kilómetros de distancia. Los ríos y los lagos sufrieron perturbaciones hasta en Escandinava a unos tres mil kilómetros de distancia. A las seis de la tarde de ese día, un maremoto sacudió la isla de Barbados, en el Cari­be, a seis mil kilómetros de distancia.

Para hacer algunas comparaciones ilustrativas imaginémonos que el terremo­to de Chillán, Chile, ocurrido en 1939, hubiera destruido las ciudades de Santiago y Mendoza, esta última en Argentina, a una distancia de 400 y 600 kilómetros de Chillán respectivamente. Imaginemos también que la sacudida se hubiera sentido fuertemente en Lima, Perú, y en Buenos Aires, Argentina.

Mucha de la información que damos aquí se basa en la obra The Lisbon Earth­quake (El terremoto de Lisboa), un excelente estudio escrito en 1955 para recor­dar el bicentenario de este acontecimiento, por Sir Thomas Kendrick, director en ese entonces del Museo Británico. Kendrick dice que aunque el terremoto de Lis­boa no ha sido el mayor desastre de esta clase, "el terremoto del 1 de noviembre de 1755 fue sin embargo un sismo colosal que se sintió en una zona tan vasta que causó alarma generalizada, asombro y una gran cantidad de especulación cien­tífica".

Kendrick también nos dice que este terremoto produjo una considerable canti­dad de especulación, no sólo científica, sino teológica y filosófica también, concen­trada mayormente en la relación del desastre con Dios, la antigua hipótesis acerca de Dios y la presencia del mal. El capítulo de la obra de Kendrick titulado "'El opti­mismo atacado", cita las contiendas de tan renombrados filósofos como Kant, Rousseau y Voltaire. La sumamente influyente obra de Voltaire, Candide, incluyó esce­nas del desastre de Lisboa, e hizo mucho para estimular el escepticismo. Con la ayuda de Voltaire y otros, el terremoto contribuyó al "fin del optimismo".

"Después de eso -dice Kendrick -, el pesimismo llegó a ser una manera de pensar más familiar y comprensible”.

Más y más personas comenzaron a decir: "Si Dios no se interesa por noso­tros, será mejor que comencemos a preocuparnos por nosotros mismos". Fue una actitud que comenzó a desarrollarse hasta que halló expresión una generación más tarde en la tremenda explosión de la Revolución Francesa, un terremoto de natura­leza diferente, pero que sin duda contribuyó a cambiar el curso de la historia.

El día oscuro del 19 de mayo de 1780. El día oscuro del 19 de mayo de 1780 le pisó los talones a un crudo invierno en Nueva Inglaterra, Estados Unidos. Al­gunos manchones de nieve seguían salpicando con persistencia todo el campo. La guerra revolucionaria había arrancado a muchos maridos e hijos de sus granjas. La inflación estaba desatada y el futuro era incierto.

El 12 de mayo el cielo de Nueva Inglaterra amaneció notablemente nublado y el aire era espeso. El sol a veces aparecía lo suficientemente atenuado como para poder observarlo a simple vista. Un agricultor que sembraba maíz el 17, no alcanzó a terminar su tarea. El18 una espesa niebla se asentó en los lugares bajos. El sol se ocultó media hora antes de lo normal. La calma que prevalecía era portentosa. Cuando salió la luna era de color rojo cobre y se mantuvo así todo el tiempo.

La salida del sol del viernes 19 fue visible en la mayor parte del territorio de Nueva Inglaterra, pero tal como la luna la noche anterior, apareció con una tonali­dad rojiza que conservó a medida que iba ascendiendo. Una gran nube negra se extendía amenazante hacia el sudoeste. Un fresco viento proveniente de la misma dirección empujó la nube decididamente hacia el noreste. Avanzó hacia Boston, Pórtland, Maine, y más allá, y afectó a unos 65.000 kilómetros cuadrados.

Los árboles y el pasto mudaron su verde primaveral por un marrón amari­llento y se disolvieron en medio de la penumbra. El ganado regresó cabizbajo a sus corrales. Los gallos se pusieron a cantar y volvieron a sus gallineros. La gente se agolpaba en las calles para comentar sus temores, y se apresuraba a ir a las igle­sias en el afán de saber de qué se trataba.

La legislatura del estado de Connecticut concluyó su sesión a las 11:00 por­que sus miembros no se podían ver ni el rostro. La Municipalidad de Connecti­cut, sin embargo, siguió sesionando porque la propuesta de suspender la sesión no fue aprobada, ya que el coronel Davenport hizo notar que el día del juicio o estaba por llegar o no había llegado todavía. Si no estaba llegando, según dijo, no había por qué alarmarse. Y si estaba llegando, él prefería que lo encontrara cumpliendo su deber. "¿Hay alguien que pueda encender velas?" Y se encendieron velas en ese Concejo Deliberante. También se las encendió en muchos otros lugares, porque la oscuridad se hizo tan densa, aún a mediodía, que no era posible leer ni diarios ni revistas, y las mujeres no podían ver para poder cocinar.

Los 65.000 kilómetros cuadrados que mencionamos hace un momento, que se extendieron por el oeste de Nueva York, el norte de Nueva Jersey y el sur de Nueva Inglaterra, no fueron oscurecidos de golpe y al mismo tiempo. El centro de la oscuridad siguió moviéndose, de manera que su intensidad se hacía sentir en un determinado lugar por unas dos o tres horas. En diversos momentos en el curso de la tarde se alivió considerablemente, para regresar sólo en forma generalizada antes de la caída de la noche. En muchos lugares la luna, casi llena todavía, no apareció hasta varias horas después de lo que se esperaba.

         La gente de la época atribuyó el fenómeno tanto a causas naturales como a Dios. Un olor a humo que se  difundía por el aire, un extraño olor a agua estanca­da, un cinturón de ceniza que apareció en la playa, todo eso daba testimonio de la acción del fuego. Se sabía que se habían producido numerosos incendios de bos­ques en el norte de Vermont, en el norte de Nueva Hampshire, y en el Canadá, algunos de ellos producidos intencionalmente por los colonos para procurarse campos de cultivo.

El buen tiempo que prevaleció por varios días impidió que el humo se disipa­ra. Después capas de aire, que transportaban el humo acumulado procedente del norte, y las nubes del océano, del este, produjeron un doble manto de oscuridad que eclipsó por completo el sol.

Pero, ¿por qué en ese momento? ¿Y por qué en esa zona? Ha habido otros días excepcionalmente oscuros, incluso en Norteamérica, antes y después. Pero nun­ca, en Norteamérica a lo menos, hubo un día tan oscuro y que haya durado tan­to. Muchos tal vez recuerden la extraña oscuridad que se produjo entre el 24 y el 30 de septiembre de 1950, cuando el humo procedente de un gran incendio de bosques en Alberta, Canadá, extendió sus tinieblas por encima de los grandes lagos hacia la costa oriental del continente, y el equipo de los Indios de Cleveland venció 2 a 1 a los Tigres de Detroit, con las luces encendidas a media tarde. Pero, como en otras ocasiones, la oscuridad de septiembre de 1950 no alcan­zó la intensidad de la del 19 de mayo de 1780, excepto localmente y tal vez por pocos minutos. Tampoco produjo la misma impresión sobrecogedora.

En el Sermón profético Jesús dijo: "Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna perderá su resplandor" (S. Mateo 24: 29). Las persecuciones católicas virtualmente cesaron en Europa a mediados del siglo XVIII. El último "hereje" martirizado en Francia, un pastor de la Iglesia Reformada, murió en 1762. El Papa Clemente XIV personalmente puso fuera de la ley a los jesuitas en 1773.

De manera que la ubicación en el tiempo del 19 de mayo de 1780 es correcta. Y la gente meditó acerca del fenómeno, porque la zona donde se produjo también era la correcta. Nueva Inglaterra era un centro de estudio de las Escrituras, notable por cierto aun si lo comparamos con otros estados de la América recientemente independizada.

La lluvia de estrellas del 13 de noviembre de 1833. La misma observación acer­ca del momento y el lugar se aplica al brillante despliegue de estrellas fugaces que se pudo observar en la memorable madrugada del 13 de noviembre de 1833.

Este asombroso espectáculo comenzó a atraer la atención a lo largo de la costa oriental de América del Norte alrededor de las nueve de la noche anterior, ya que la frecuencia de los meteoritos estaba por encima de lo normal. A las dos de la mañana la luminosidad era lo suficientemente intensa como para despertar a la gente. La culminación se produjo alrededor de las cuatro, y muy lentamente la aurora por fin la disipó. En las grandes llanuras los indios de Norteamérica registraron este acontecimiento en sus calendarios y le dieron a la época el nombre del invierno de las "numerosas estrellas" o de "la tormenta de estrellas". En la poco poblada California un destacamento militar vio el cielo "completamente lleno" de meteori­tos. Sus caballos intentaron varias veces desbocarse.

Normalmente en una hora, un observador cuidadoso que observe el cielo os­curo en una noche sin nubes, puede ver unos diez meteoritos que surcan el espacio. Algunos cálculos subjetivos hechos durante el apogeo de la lluvia de estrellas de 1833 fijan la cifra en sesenta mil o más por hora. Algunos dijeron que se trataba de algo que parecía una "tormenta de nieve”, pero que en realidad era de estrellas. Notablemente, los meteoritos parecían proceder de un punto central. Muchos de ellos dejaban una estela luminosa. Mientras los miles de estelas se entrecruzaban momentáneamente, surgiendo todas de un punto central común, se parecían al ar­mazón de un gigantesco paraguas.

Muchos de los meteoritos parecían tener el tamaño de una estrella; algunos parecían ser del tamaño de la luna. Muchos explotaban y sus fragmentos lumino­sos se esparcían por doquier. Estallaban silenciosamente, mientras continuaba allá arriba, en el frío del amanecer, ese sobrecogedor espectáculo celestial en medio de una luz fantasmal.

La lluvia de estrellas de 1833 fue importante tanto para la astronomía como para la profecía. Dio nacimiento al moderno estudio de las lluvias de estrellas, De­nison Olmstead, profesor de ciencias y matemáticas de Yale, preparó un cuidadoso informe para el número de enero de 1834 de The American Journal DE Science and the Arts (Revista norteamericana para las ciencias y las artes). Observó que los meteoritos surgían y se expandían desde un punto (el "radiante") de la conste­lación de Leo. También hizo la notable observación de que este punto central pro­siguió hacia el oeste con la constelación a medida que la noche transcurría. Esta lluvia de estrellas recibió el nombre de "leónida" por su relación con la constela­ción de Leo, y se inició una investigación para tratar de descubrir otras lluvias históricas de estrellas "leónidas". H. A. Newton, también profesor de Yale, descu­brió informes de lluvias ocasionales desde el año 902 DC.

Se hicieron cálculos y se formuló una teoría. De acuerdo con ella, cierto come­ta, al que más tarde se le dio el  nombre de Temple- Tuttle, gira alrededor del sol en una órbita elíptica que abarca la órbita de la tierra y se extiende más allá de Urano) a unos 3.000.000.000 de kilómetros del sol. El cometa mismo se está des in­tegrando lentamente. A lo largo de su órbita, que se extiende por muchos kilóme­tros, algunas partículas llamadas meteoritos son despedidas individualmente; y exactamente detrás del cometa se agolpa una gran cantidad de estas partículas.

Nuestro planeta se cruza con la órbita de este cometa cada año en noviembre. Al hacerlo) la gravedad de la tierra intercepta algunas de esas partículas y las atrae hacia nuestra atmósfera para su fugaz momento de incandescente gloria. Por eso cada año a mediados de noviembre una cantidad mayor que de costumbre de me­teoritos parece provenir de la constelación de Leo.

En realidad no provienen de Leo. Causan esa impresión porque allá lejos Leo brilla directamente detrás de ellos. En efecto, no se despliegan tampoco como el armazón de un paraguas. Descienden por caminos paralelos, pero la perspectiva provoca ciertas ilusiones ópticas.

Cada 33 ó 34 anos, si tenemos suerte, nuestra tierra avanza a más de 240.000 kilómetros por hora a través del enjambre de meteoritos que se encuentra en la cola del cometa. Si eso ocurre, la gravedad de nuestro planeta atrae una gran cantidad de ellos que se introducen en la atmósfera, y en ese caso disfrutamos de un espectá­culo celeste semejante al del 13 de noviembre de 1833.

Notables lluvias de estrellas se anunciaron para noviembre de 1866 y 1867, Y algunos observadores en varios lugares del mundo disfrutaron con ello. Pero a pe­sar de los eruditos pronósticos de los astrónomos, ninguna lluvia de estrellas alegró los ansiosos ojos de los observadores en 1899 ni en 1933. Se revisó la teoría y las esperanzas se fijaron esta vez en 1966.

La mayor parte de la zona oriental de América del Norte estaba nublada, para desilusión de millones de posibles observadores de estrellas. Pero después de todo, la capa de nubes no tuvo nada que ver; los astrónomos que trataron de observar el cielo por encima de las nubes, sólo pudieron presenciar un espectáculo de­cepcionante.

Pero alrededor de las 5 de la mañana, cuando el sol ya había salido en la re­gión oriental, y Leo titilaba muy por encima del horizonte en Arizona, los cielos de la zona sudoccidental de los Estados Unidos contaron una historia muy diferen­te. Durante una hora llena de encantos antes del amanecer, un vestigio del espectá­culo de 1833 se produjo nuevamente. Mientras los observadores se regocijaban, los instrumentos de precisión registraron un promedio de cien mil meteoritos por hora.

Pero volvamos atrás por un momento. Si los astrónomos aprendieron valiosas lecciones el 13 de noviembre de 1833, no pocos seres humanos comunes y corrien­tes se sintieron aterrorizados. Muchos se postraron para rogar le al Señor que tuvie­ra misericordia de ellos. Muchos otros, alarmados frente a la posibilidad de que el día del juicio los encontrara en posesión de bienes que no les pertenecían, devol­vieron lo que habían robado, dando fundamento al nombre que se le dio a ese mo­mento, a saber, "La noche de la restitución".

Pero mucha gente común, aunque llena de temor, también sintió regocijo frente a la esperanza de la segunda venida de Cristo. Frederick Douglas, futuro periodista y diplomático, todavía eran esclavos en 1833. Para él esa lluvia de estrellas fue una "escena sublime", un "espectáculo formidable", un "preanuncio de la venida del Hijo del hombre". Había leído en las Escrituras que las estrellas caerían, y ahí es­taban cayendo en ese momento. "Yo sufría muchísimo mentalmente -escribió en su autobiografía-. Estaba busscando en el cielo el descanso que se me negaba en la tierra". "Estaba listo para alabarlo como mi Amigo y Libertador"

Otro serio pero a la vez gozoso espectador fue Henry Dana Ward, graduado de Harvard y pastor de la Iglesia Anglicana de San Judas en Nueva York. Sé des­pertó bruscamente cuando oyó que alguien gritaba. Miró fugazmente por la venta­na, despertó a su esposa y apresuradamente tomó sus ropas. Pronto estaba en la calle, y mientras la lluvia de estrellas continuaba caminó con un par de amigos ha­cia un parque para tener una visión más amplia del espectáculo.

"Sentimos en nuestros corazones -escribió casi inmediatamente al New York Journal of Commerce [El diario comercial de Nueva York]  que era una señal de los últimos días. Porque verdaderamente 'las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera suelta sus higos aún verdes al ser sacudida por el viento fuerte' (Apocalipsis 6: 13). Siempre se ha considerado que esta descripción del pro­feta es metafórica -añadió- Ayer se cumplió literalmente. . .

"¿Cómo cayeron? -preguntó, y se respondió a sí mismo-, La caída de las estrellas no se produjo como si varios árboles fueran sacudidos sino como sí fuera de uno solo: las que aparecían en el este caían hacia el este; las que aparecían en el norte caían hacia el norte; las que aparecían en el oeste caían hacia el oeste, y las que aparecían en el sur (porque yo salí de mi casa para ir al parque), caían hacia el sur; y no como frutos maduros. Lejos de eso. Si no que volaban, ERAN ARRO­JADAS, como frutos verdes, que al principio no quieren salir de la rama; pero que cuando por fin se desprenden, vuelan velozmente, derecho, y luego descienden".

Ward supuso que sin duda ese fenómeno fue producido por causas naturales; pero de todas maneras lo consideró un cumplimiento de la profecía dada 1.800 años antes.

El significado de estos acontecimientos. Antes de dejar de considerar estos acon­tecimientos: El terremoto de Lisboa de 1755, el día oscuro de 1780 y la lluvia de estrellas de 1833, procedamos a examinarlos de nuevo. ¿Hasta qué punto se los puede considerar el cumplimiento de la predicción de Cristo dada en el Sermón profético y la de San Juan bajo el sexto sello?

1. Su magnitud. Cada uno de estos acontecimientos fue notable por sí mismo. El terremoto de Lisboa sacudió una extensión extraordinariamente grande de la su­perficie de la tierra. También contribuyó a sacudir la manera de pensar de la gente: puso fin a una era de optimismo e inauguró una era de pesimismo. El día oscuro del 17 de mayo de 1780 no ha sido igualado, al menos no en América del Norte, en los doscientos años transcurridos desde que se produjo. La lluvia de estrellas fugaces del 13 de noviembre de 1833 introdujo una nueva rama de la astronomía y tampoco ha sido igualada jamás a pesar de las expectativas de los hombres de ciencia. La lluvia de estrellas producida en 1966, aunque igualmente brillante, fue mucho más corta y se la pudo observar en una zona mucho más reducida. Estos tres acontecimientos, entonces, fueron notables.

2. Su ubicación. Estos acontecimientos ocurrieron en Europa y Estados Uni­dos principalmente, donde había gente que estaba estudiando las Escrituras y esta­ba analizando las profecías. Ocurrieron donde había gente preparada para darse cuenta de su importancia y donde las comunicaciones correspondientes podían ocu­rrir. Un día oscuro en el Sahara o en Nueva Guinea les habría dicho muy poco acer­ca de la segunda venida de Cristo a los caníbales cazadores de cabezas o a los nómadas musulmanes.

Los acontecimientos no necesitan ser universales para transmitir un mensaje global. Unos pocos kilómetros cuadrados en Hiroshima y Nagasaki bastaron para anunciarnos la inauguración de la era atómica. Un establo de Belén le dio la bien­venida a la era cristiana.

Unos pocos cientos de personas solamente vieron a Jesús después de su resurrección (véase 1 Corintios 15: 3-8), pero éstos comunicaron el mensaje a muchos más. Santo Tomás dijo que no se convencería hasta que él mismo viera a Jesucris­to. El Señor accedió a su pedido y Santo Tomás creyó. "Señor mío y Dios mío" clamó. Pero Jesús le dijo: "Dichosos los que aun no viendo creen" (S. Juan 20; 28, 29). Ninguno de los que estamos vivos hoy estaba allí cuando El se levantó de entre los muertos, pero algunos estuvieron y transmitieron la noticia, y eso bastó.

Hace algunos años una revista noticiosa dijo que un tren tocaba su silbato en forma regular y con rapidez cuando se aproximaba a una estación muy atestada. Los pasajeros que estaban aguardando le prestaban muy poca atención, si es que se la prestaban. Unos cuantos miembros del personal del ferrocarril, sin embargo, reconocieron que esas pitadas eran una "señal" de que los frenos del tren estaban fallando. Inmediatamente ordenaron que salieran todos los que estaban esperando en la plataforma y en las salas de espera. El tren se incrustó en la plataforma y se detuvo bruscamente. La locomotora y algunos vagones sufrieron daños, pero nadie resultó herido, porque unas cuantas personas comprendieron la "señal" y la interpretaron en beneficio de los demás. Porque los fenómenos que estamos con­siderando ocurrieron en tales regiones, algunas personas los comprendieron y trans­mitieron su significado a los demás. Yeso fue suficiente.

3. El momento. Jesús dijo que el sol y la luna se oscurecerían y que las estre­llas caerían "inmediatamente después de la tribulación de aquellos días". Y así su­cedió. Estos acontecimientos ocurrieron en el momento preciso.

Pero Jesús dijo también: "Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre. . . y verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo. . . El envia­rá a sus ángeles. . . y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos" (S. Mateo 24: 30, 31). Estos acontecimientos todavía no han ocurrido.

¿ Qué podemos decir, entonces, en cuanto al momento cuando ocurrieron? Bien, pocos años después de 1833 y la caída de las estrellas Jesús cumplió una de las más notables profecías de toda la Escritura. En 1844, al final de los 2.300 días-años de Daniel 8: 14, Jesús se trasladó como Hijo del hombre en las nubes del cielo para comparecer ante el Anciano (véase Daniel 7: 9-14) para dar comienzo al juicio fi­nal.   Desde entonces ha estado conteniendo a los cuatro vientos mientras sella prestamente a sus preciosos 144.000 seguidores del tiempo del fin. (Véase Apocalipsis 7: 1-8.) Por medio de los ángeles simbólicos de Apocalipsis 14 ha estado expandiendo notablemente la proclamación del Evangelio para alcanzar su objetivo de llegar con él a cada nación, tribu, lengua y pueblo.

Cuando todos los que vivan en ese momento hayan tenido la oportunidad de aceptar o rechazar el Evangelio, las plagas deben comenzar a caer sobre los que finalmente sean impenitentes. Dios posterga este sombrío acontecimiento "no que­riendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión" (2 S. Pedro 3: 9). Pero cuando el Evangelio haya sido predicado en todo el mundo, "entonces vendrá el fin" (S. Mateo 24: 14).

Los acontecimientos que hemos estado analizando, y que ocurrieron en la tie­rra, en el sol, la luna y las estrellas, han servido doblemente como señales. Han sido testigos de la comparecencia del Hijo del hombre ante el tribunal del juicio, como asimismo de la proximidad de su segunda venida.

¿Se repetirán estas señales, como algunos lo sugieren, inmediatamente antes del regreso de Cristo? Es posible. Con el entusiasmo que le puede producir el regreso de Cristo, nuestro sistema solar podría generar algunos fenómenos asombrosos. Pero la serie de señales que debían ocurrir "inmediatamente después de la tribulación de aquellos días" evi­dentemente se ha cumplido.

Con referencia al sexto sello, nosotros nos encontramos hoy entre la lluvia de estrellas de Apocalipsis 6: 13 y el sobrecogedor momento del versículo 14 cuando los cielos se enrollarán como si fueran un libro antiguo, las montañas y las islas se moverán de sus lugares, y los pecadores les pidan a las rocas que los oculten del Cordero.

La información que hemos estado recibiendo por medio de los acontecimien­tos que hemos analizado pueden ser considerados como parte del proceso de "se­llamiento". Ser advertidos de antemano significa que se nos proporcionan armas de antemano también. El saber que estamos viviendo en el tiempo del fin y que el juicio ya está en marcha nos ayuda a establecer nuestras prioridades. Estimula nuestra decisión de vivir junto al Señor y de estar listos para su aparición.

El Cordero nos sella y nos escuda, no sólo por medio de su sangre y su nom­bre, sino también al abrir los siete sellos y al revelarnos el curso de la historia y la profecía. Antes de dejar la sección de los siete sellos del Apocalipsis, realmente necesita­mos formularnos esta pregunta fundamental: ¿Por qué era el Cordero el único que podía romper los siete sellos y abrirlos? Cuando San Juan vio por primera vez el libro sellado con los siete sellos en la mano de Dios, "lloraba mucho" porque no se encontró a nadie, en ninguna parte, que fuera "capaz" o digno de abrir los se­llos. (Véase Apocalipsis 5: 1-4.)

Pero uno de los 24 ancianos lo consoló. El "León" de Judá podía abrirlos, le dijo, porque había "triunfado". Inmediatamente un Cordero "con siete cuernos y siete ojos" se adelantó y tomó el libro de la mano de Dios (versículo 6). Cuando lo hizo, un himno de alabanza se expandió por el aire: “Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de Sacerdotes, y reinarán sobre la tierra”. Versículos 9, 10.

Ahí están entonces las razones, o a lo menos unas cuantas de ellas, que nos explican por qué el Cordero solamente podía abrir los sellos. Hay que analizarlas un poco, sin embargo, y algunos motivos adicionales se pueden inferir de otros pa­sajes del libro. Al estudiar los sellos, usted y su familia, o su grupo de estudio, ya habrán desarrollado su propia comprensión de este asunto. Compártanlas los unos con los otros. Para que ustedes las analicen, les doy siete razones tal como yo las entiendo:

l. El Cordero es nuestro Mediador. Los cinco primeros versículos del Apoca­lipsis nos dicen que el mensaje de todo el libro es una revelación que Dios le "con­cedió [a Jesucristo]. . . para manifestar a sus siervos lo que ha de suceder pronto". Cuando el Cordero, Jesucristo, tomó el libro de la mano del Padre y abrió sus se­llos para manifestarnos el futuro, estaba cumpliendo las palabras de este versículo. En realidad Cristo es el único canal o "mediador entre Dios y los hombres" (1 Timoteo 2: 5) de cada bendición que procede de Dios.

2. El Cordero ve el futuro. Los "siete ojos" del Cordero (Apocalipsis 5: 6) representan la plenitud de su percepción, penetración y presciencia. Como su Pa­dre, Jesús es "el Alfa y la Omega", el principio y el fin. (Apocalipsis 22: 13; 1: 8; compare con Isaías 44: 6-8.) Ve el futuro con la misma claridad con que ve el pre­sente y el pasado. Jesús sabía "desde el principio", por ejemplo, cuál de sus discí­pulos lo iba a traicionar (S. Juan 6: 64). Sólo la Deidad puede predecir el futuro con toda certidumbre. Cuando el rey Nabucodonosor le pidió a Daniel que le expli­cara el significado de la visión de la estatua, el profeta le replicó que' 'no hay sa­bios, magos, adivinos ni astrólogos" capaces de anunciar el futuro, pero que "hay un Dios en el cielo" que estaba informando al rey acerca de "lo que sucederá al fin de los días”.

3. Los "siete cuernos" del Cordero. Los siete cuernos del Cordero (Apocalip­sis 5: 6), de acuerdo con el consenso de los comentaristas, simbolizan la plenitud de su autoridad. "Me ha sido dado todo el poder en el cielo y en la tierra" le dijo a sus discípulos justo antes de regresar al cielo (S. Mateo 28: 18). "Veréis al Hijo del hombre [en ocasión de su segunda venida] sentado a la diestra del Poder", le dijo al sumo sacerdote cuando lo estaban juzgando (S. Mateo 26: 44).

El sexto sello que abrió el Cordero describe la segunda venida (Apocalipsis 6: 16, 17). El Cordero estaba tratando de decirnos algo. Nuestras dificultades cotidianas con los tres jinetes malignos y nuestras dolorosas pruebas con los que nos persi­guen personalmente no son el fin del mundo. Ni siquiera nuestra muerte es el fin del mundo. La segunda venida sí lo es: cuando Jesús, el Cordero, irrumpa "con todo el poder" para participar de los asuntos humanos y tome el mando. En oca­sión de su segunda venida el Cordero aplicará toda su autoridad para enmendar todas las injusticias que hemos sufrido.

4. El Cordero ha sufrido. Cuando Jesús se adelantó para tomar el libro, pare­cía "un Cordero como degollado" (Apocalipsis 5: 6). Esta declaración procede de Isaías 53: "Como un cordero al degüello era llevado". "Varón de dolores y sabe­dor de dolencias". "Despreciable". Jesús sabe por experiencia qué es orar con an­gustia y no recibir respuesta; sentir  que la puerta del cielo está cerrada con doble cerrojo; clamar (como el rey David), "¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?" (S. Mateo 27: 46; Compárese con Salmos 22: 1 ). Por un momento, Jesús también fue "un alma debajo del altar".

"Habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven pro­bados" (Hebreos 2: 18). Mucha de la información profética revelada por los sellos abiertos era sumamente mala. Los jinetes malignos acosarían en forma horrible a la humanidad. Los creyentes fieles serían martirizados. Los inocentes sufrirían con los culpables, y a veces más que ellos. Las oraciones para implorar justicia y para suplicar por la segunda venida sufrirían largas postergaciones.

Dios previó estas malas noticias. Manifestó su preocupación por nosotros al permitir que Jesús abriera los sellos para que las pudiéramos conocer. Por expe­riencia, el Cordero comprende estas cosas, y debería animarnos saber que esto es realmente así.

Cristo el Cordero sufrió y murió por nosotros. Cuándo nos sintamos tentados a creer que Dios no nos ama, ni se interesa por nosotros, ¿no sería bueno que lo recordáramos?

¿Cuánto lo amamos nosotros en cambio? En los tiempos del Antiguo Testa­mento Satanás le dijo a Dios que Job le rendía culto sólo porque Él le daba prospe­ridad. Si se la retiraba, decía Satanás burlonamente, Job lo maldeciría como cualquier otra persona. Los amigos de Job aparentemente estaban de acuerdo con Satanás. Pero Dios comprendía al patriarca. Sabía que seguiría siendo fiel no im­porta qué ocurriera. De modo que le dio permiso a Satanás para que lo llevara a la quiebra; y el diablo hizo desaparecer todos sus bienes en un solo día. (Véase Job 1: 6-19.)

Leal a la confianza que Dios depositaba en él, Job se limitó a decir: "Yahvé dio, Yahvé quitó: ¡Sea bendito el nombre de Yahvéh!" (Job 1: 21).

Con el tiempo Dios recompensó a Job con más prosperidad que nunca, pero eso no es lo que queremos destacar. El asunto es que el patriarca amaba a Dios y confiaba en Él sin importarle lo que le ocurriera a él. El ejemplo de Job, la "pa­ciencia de Job", ha sido una inspiración para gente afligida desde entonces.

Jesús sufrió por nosotros. También nos ofreció ropas blancas y vida eterna. Si después de haber hecho todo esto por nosotros, Él (digamos) decide no ayudar­nos a encontrar la billetera que perdimos por descuido, ¿vamos a apartarnos de Él? ¿Nos vamos a apartar de El si -y esto es mucho más grave- permite que su­framos dolores durante veinte interminables años para poder usarnos, como a Job, con el fin de ilustrar lo que es la fe y la paciencia delante de nuestros vecinos? ¿Qué son veinte años de dolor comparados con la vida eterna?

"Grandes aguas no pueden apagar el [verdadero] amor", dice un proverbio de las Escrituras. (El Cantar de los Cantares 8: 7.)

Ni siquiera la muerte pudo extinguir el amor de Cristo por nosotros. Quiere que lo recordemos cuando pasen cabalgando los tres jinetes malignos, cuando nues­tras oraciones no reciban respuesta y cuando nuestros perseguidores nos metan a puntapiés debajo de un altar.

5. El Cordero "triunfó". Durante los años que pasó en la tierra Jesús fue víctima de la calumnia, el soborno, la justicia multitudinaria y la brutalidad de la poli­cía. Sufrió las burlas, los malentendidos, la tortura y la muerte. No obstante lo cual el anciano que se lo presentó a San Juan como un Cordero que parecía inmolado, le dijo que había "triunfado" (Apocalipsis 5: 5). Jesús triunfó sobre toda amargu­ra. Triunfó sobre la tentación de "vengarse" de la gente. En las cartas a las siete iglesias, El mismo dice que triunfó, y presenta su triunfo como la razón por la cual está sentado en el trono de Dios. (Véase Apocalipsis 3: 21.) Nos ha invitado a triunfar también y a sentarnos con Él en su trono.

San Pedro nos dice que al reaccionar en la forma como lo hizo cuando fue objeto de malos tratos, Jesús nos dejó "ejemplo". "Al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba". ¿Cuál era el secreto de su dominio pro­pio? "Se ponía en manos de Aquel que juzga con justicia", nos explica 1 S. Pedro 2: 23. Creía que Dios tiene cuidado de nosotros.

Los rudos soldados se despejaron la garganta y después escupieron el rostro de Jesús, mientras Él tenía las manos atadas. Le arrancaron trozos de la barba. Lo azotaron hasta dejarlo convertido en un montón de magulladuras. Pero El con­servó la calma. Siglos antes el profeta Isaías, como San Pedro, había percibido el secreto de su éxito. Previó que Cristo permanecería confiado en que a la larga Dios se ocuparía de sus derechos, de manera que El no necesitaba pelear por ellos. "Mi causa [mi derecho] está delante de Jehová -recordaba constantemente-. Cerca está el que me justifica" (Isaías 49: 4, Reina- Valera; 50: 6-8, Biblia de Jerusalén).

Los enemigos más importantes que Jesús venció fueron por cierto el diablo, "señor de la muerte", y la muerte misma (Hebreos 2: 14). Torturado y sometido a la muerte, Jesús volvió a la vida y trajo a otros de vuelta a la vida. Él es "la resu­rrección y la vida" (S. Juan 11: 25). Él tiene "las llaves de la muerte" (Apocalipsis 1: 18).

Puesto que Jesús triunfó sobre el pecado, la muerte y Satanás, es la Persona adecuada para hablarnos acerca de los jinetes malignos y las almas que están deba­jo del altar. Si confiamos en que Dios se va a encargar de nuestros derechos, noso­tros también podemos triunfar sobre las dificultades, la amargura, el diablo y la muerte.

6. El Cordero fue "degollado" cantan los ancianos y los seres. Redimió y res­cató seres humanos para Dios. Los reunió "de toda raza, lengua, pueblo y nación" e hizo de ellos "para nuestro Dios un Reino de Sacerdotes, y reinarán sobre la tie­rra" (Apocalipsis 5: 9, 10). Los esclavos, cautivos y secuestrados son redimidos cuan­do alguien paga el rescate. Jesús nos redimió cuando pagó el rescate en el Calvario. La idea de que Él podía tomar a un conjunto de esclavos redimidos para convertir­los en un reino de sacerdotes, nos conduce a la razón fundamental que nos explica por qué el Cordero era el único que podía abrir los sellos.

7. Jesús es nuestro Cordero pascual. En las ceremonias del Antiguo Testamento, los corderos que representaban a Jesús se ofrecían cada día en el templo junto con muchos otros sacrificios de animales. Pero la ocasión más importante cuando se empleaban corderos era la pascua anual. El cordero pascual era el cordero princi­pal. Jesús murió el día de la pascua para rescatarnos. San Pablo escribió en 1 Corintios 5: 7 que "nuestro cordero pas­cual, Cristo, ha sido inmolado".

Jesús es nuestro Cordero pascual. Es importante que lo recordemos. Cuando leemos la palabra "Cordero" en el Apocalipsis, recordemos que se trata de "Cor­dero pascual".

En los tiempos bíblicos, tal como hoy, se celebraba la pascua cada año para recordar la maravillosa e inolvidable noche cuando los israelitas pudieron liberarse de largas décadas de esclavitud en Egipto. La pascua también rememoraba el mo­mento cuando su nación surgió a la existencia. Al reunir a los triunfantes fugitivos varias semanas después al pie del Sinaí, el Señor les dijo por medio del Moisés: "Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa" (Éxodo 19: 6).

          Los sacerdotes, por definición, gozan del privilegio de tener acceso directo a Dios. Ser un reino de sacerdotes es un gran honor. Pero antes del honor vino la huida de Egipto. Y uno de los precios de la huida fue el Cordero pascual.

          Hoy Cristo está ayudando no sólo a israelitas sino a individuos "de toda raza, lengua, pueblo y nación" a huir de sus Egipto privados: de la esclavitud del pecado y del temor a la muerte. Su jinete del caballo blanco cabalga por toda la tierra para llevar a todas partes la invitación. Todo el que la acepta se convierte en miembro del nuevo "linaje escogido", del multirracial "sacerdocio real" de Cristo, y de la "nación santa" (1 S. Pedro 2: 9; véase el tomo 1, páginas 231-236). San Juan vio a esta dichosa gente que rodeaba el trono de Dios en las escenas de los días finales de encargos y seguridades preanunciados por los siete sellos. El precio que se pagó para que pudieran gozar de su nueva condición fue la muerte del Cordero pascual.

El Cordero pascua] y la familia de usted. Para comprender mejor la pascua, debemos saber que no era sólo una fiesta nacional sino familiar también. La cere­monia implicaba a los miembros de la familia y se llevaba a cabo mayormente en el hogar.

Cuando llegó el momento de la celebración de la primera pascua, Dios había estado tratando infructuosamente por semanas de convencer al gobierno egipcio que dejara salir a su pueblo pacíficamente. Ni las palabras amables ni una serie de plagas terribles parecieron dar resultados. Pocos días antes de que cayera la dé­cima plaga, la más terrible de todas, Dios ordenó a Moisés que publicara la infor­mación de que el castigo final sería tan tremendo que por fin convencería al cruel gobierno egipcio que dejara salir a su pueblo. Durante la décima plaga Dios visita­ría la malvada tierra de Egipto y daría muerte a los hijos mayores de cada familia.

Amorosamente, antes de impartir esta temible información, Dios les dijo a los israelitas por medio de Moisés qué tenían que hacer para brindar protección a sus propias familias. El Señor protegería al hijo mayor de cada familia, dijo Él, sí da­ban muerte a un cordero esa misma tarde. El cordero tenía que ser asado y comido después de la puesta del sol, y un poco de su sangre tenía que ser aplicada a los marcos de la puerta principal de la casa. Durante la noche la familia tenía que man­tenerse dentro de la casa, unida. A media noche Dios podría ver la marca de la sangre en las puertas, y pasaría por alto (eso significa la palabra pascua) esos hoga­res. En esas casas los hijos mayores estarían seguros. (Véase Éxodo 12.)

Las familias israelitas resolvieron seguir el consejo de Dios. Como correspon­de, el padre de cada familia se puso al frente. Esas familias de esclavos que apenas tenían dinero para comprar un cordero, no creyeron que el precio fuera demasiado alto si se trataba de salvar un hijo.

Al acercarse la medianoche, chicos y madres nerviosos en muchos hogares de­ben de haber preguntado una y otra vez: "Papá, ¿estás seguro de que pusiste la sangre del cordero? ¿Estás seguro de que pusiste lo suficiente como para que Dios la pueda ver fácilmente en la oscuridad?"

Después de medianoche fuertes lamentos se elevaron de los hogares egipcios donde no se había aplicado la sangre. Pero en los hogares israelitas, donde la san­gre había sido aplicada, había abrazos de alegría y lágrimas de alivio.

En realidad se produjo una muerte en cada hogar: ya sea la muerte del hijo mayor o la del cordero pascual. El cordero pascual original murió para salvar ni­ños. Murió para que las familias pudieran permanecer unidas.

No lo olvidemos nunca. De todos los símbolos relativos a sí mismo que Jesús pudo haber elegido en el Apocalipsis, se decidió por el del cordero pascual. Esta designación aparece 29 veces. Cada vez que la leamos tengamos presente que nos recuerda su amor por los niños tanto como el que siente por los adultos; nos re­cuerda su interés por los conjuntos familiares como asimismo por su gran nación de reyes, y su reino de sacerdotes.

Los niños cristianos con frecuencia reciben malos tratos de parte de maestros incrédulos y de sus propios compañeros. A veces, cuando se ponen de parte de lo recto, se sienten tan mal que querrían morir. Son como las almas que se encuentran debajo del altar. Pero la túnica blanca de Cristo, su sello, su segunda venida, la alegría que se despliega alrededor del trono y su muerte de cruz, son tanto para los niños como para cualquier otra persona.

Hace mucho, los padres aplicaron la sangre del cordero. En el seno de las fa­milias israelitas que carecían de padres, las madres, los tíos y los abuelos lo hicie­ron. Los adultos de hoy pueden aplicar cada día la sangre al orar por sus hijos, pidiéndole a Dios que por amor a Cristo los bendiga y los guíe y los perdone, e invitando al jinete del caballo blanco, el mensaje del verdadero cristianismo, que visite sus hogares cada día.

Sin Jesucristo no habrá una multitud feliz alrededor del trono, ni ropas blan­cas, ni un jinete en un caballo blanco, ni cristianismo. Jesucristo es nuestro Media­dor. Jesucristo, el Cordero pascual con siete ojos y siete cuernos, nos redimió por medio de su muerte, y nos reunió para constituir una nación de reyes destinados espléndidamente para la vida eterna. Nos defiende de lo peor de esta vida y nos sella para lo mejor de la venidera. ¿Quién, fuera de Él, podría abrir los sellos?

"¡Digno, digno es el Cordero!"

 

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