¿Deberíamos atesorar alguna cosa que nos separara de Dios?

Cuando se cierre el tiempo de la gracia habrá el mayor descubrimiento de la desnudez del alma que haya ocurrido desde la caída del hombre. Muchos se darán cuenta de que han sido engañados. “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les diré claramente: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de iniquidad.” Mateo 7:21–23.

Esas son algunas de las palabras más solemnes que se encuentran en la Biblia. Ellas señalan hacia el día del juicio––”Muchos me dirán en aquel día.” En su respuesta, Cristo no está hablándole al pecador que nunca ha profesado amar a Dios, sino que está dirigiéndose a los que profesan ser cristianos, quienes han creído en la religión de la Biblia y esperan ser salvos. Éstos han fundado sus esperanzas en una supuesta experiencia cristiana. Ellos dicen: “¿No profetizamos en tu nombre. . . y en tu nombre hicimos muchos milagros?” Hay tres maneras en las cuales los hombres que no son profetas, ni siquiera cristianos, pueden profetizar:

Primero, pueden enseñar las profecías, como hizo Caifás (véase Juan 11:49– 51); segundo, pueden elevar cantos de alabanza y tocar instrumentos musicales en el culto (véase 1 Crónicas 25:1– 3); tercero, pueden dar un testimonio en reuniones sociales (véase 1 Corintios 14:22–26). Esas personas a las cuales Jesucristo se refería aquí, no eran sencillamente profesores de la religión cristiana, sino que estaban activos enseñando las profecías. Habían cantado los himnos de Sión, habían echado fuera demonios, y habían hecho muchos milagros. Se estaban engañando a sí mismos, porque sus vidas no estaban en armonía con su profesión. “Aquel día” no se refiere al tiempo cuando se ve a Cristo viniendo en las nubes del cielo; no se puede rogar a Dios entonces, como ha sido mencionado en esos versículos; porque en ese tiempo los justos son tomados, y los malvados son destruidos. Sino que esto se refiere al tiempo cuando ya no hay más intercesión. Véase Isaías 59:16.

Es entonces cuando la sentencia viene desde las cortes celestiales: “El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía. Mira que yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra.” Apocalipsis 22:11–12. El fin del tiempo de gracia para los seres humanos vendrá tan repentina e inesperadamente como un ladrón en la noche. En la mañana, la evidencia de que el ladrón ha estado en la casa se nota por la ausencia de los efectos personales. Así ocurrirá con aquellos que han esperado ser salvos, pero cuya experiencia cristiana no ha estado en armonía con las Escrituras.

Ellos pensaban que tenían la evidencia de haber sido aceptados por Dios; habían enseñado las profecías con energía y ardor, habían orado por los enfermos, y éstos habían sido sanados, habían hecho muchas buenas obras, pero en la crisis final se dieron cuenta de que no tenían aceite en sus lámparas. A causa de su energía y ardor se habían sentido seguros de su salvación; pero no se puede depender de ninguna experiencia religiosa, a menos que ésta se encuentre en armonía con la Palabra de Dios. En medio de la caída de las últimas siete plagas, esas almas sobrecogidas por el terror contemplan la protección que tienen los hijos de Dios––cómo, aunque mil caen al lado de los santos, y diez mil a su diestra, ningún daño les sobreviene, y ninguna plaga toca su morada. Véase el Salmo 91.

Es entonces cuando esas almas engañadas se dan cuenta de que han edificado su casa sobre la arena, y cuando vienen los torrentes y los vientos soplan, ésta cae, y es grande su ruina. Véase Mateo 7:24–27. La ley de Dios está suspendida en los cielos, y cuando ellos contemplan la justicia de Dios como se manifiesta en esa ley, ven dónde, cómo y cuándo se apartaron por primera vez de la integridad y la justicia. Véanse los Salmos 97:6; y 98:2. Comprenden, cuando es demasiado tarde, que no habían apreciado verdaderamente el testimonio que Dios les había enviado. “¡Demasiado tarde! ¡Demasiado tarde! es el triste lamento. Habían rechazado la amonestación, y confiado en una religión emotiva.

Una onza de cristianismo basado en la confianza y obediencia a la Palabra de Dios, vale más que toda una vida de emoción y éxtasis espiritual sin fe en el testimonio del Volumen Inspirado de Dios. “La palabra del Señor permanece para siempre.” 1 Pedro 1:25.

¿Qué Requiere el Señor?

Los hombres pueden dar sus bienes para alimentar a los pobres, pero eso no los salvará si no tienen el amor de Dios en sus corazones. Los hombres pueden hacer grandes sacrificios, pero eso no los salvará. El profeta dice: “¿Con qué me presentaré ante Jehová, y adoraré al Dios Altísimo? ¿Me presentaré ante él con holocaustos, con becerros de un año? ¿Se agradará Jehová de millares de carneros, o de diez mil ríos de aceite? ¿Daré mi primogénito por mi prevaricación, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma?” Miquea 6:6–7. Entonces él agrega: “Oh hombre, te ha sido declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y caminar humildemente ante tu Dios. Versículo 8.

Saúl manifestaba mucho celo por el Señor, y Dios lo probó dándole mucho éxito. Cuando salió a la batalla, el profeta Samuel le dijo: “Ahora, pues, está atento a las palabras de Jehová... Ve, pues, y hiere a Amale, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres y niños, y aun los de pecho, vacas ovejas, camellos y asnos.” 1 Samuel 15:1, 3. Saúl se fue a la batalla, pero pensó que podía mejorar lo que Dios había dicho, de manera que, mientras destruyó completamente a toda la gente (salvando solamente al rey), reservó lo mejor de las ovejas y del ganado para ser usado como ofrendas. Él no los iba a destruir, pero sí destruyó completamente todo lo que era vil y desechable. Tan confiado estaba de que eso era lo más sensato de hacer, que cuando se encontró con Samuel le dijo: “Bendito seas tú de Jehová; yo he cumplido la palabra de Jehová.” versículo 13. Pero Samuel dijo: “¿Pues qué balido de ovejas y mugido de vacas es este que yo oigo con mis oídos? Versículo 14.

 Entonces Saúl le explicó que había perdonado lo mejor de las ovejas y las vacas para ofrecerlas como sacrificio al Señor. Comenzó a razonar con Samuel por qué había hecho eso, y aun le echó la culpa al pueblo de todo. Entonces Samuel le dijo a Saúl: “¿Tiene Jehová tanto contentamiento con los holocaustos y víctimas, como en obedecer a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que el sebo de los carneros. Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría el infringir. Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey.” Versículos 22–23. El obedecer es mejor que hacer grandes sacrificios. No hay nada que pueda tomar el lugar de la obediencia; el obedecer sin razonamiento, el someterse sin dudar, es una prueba de carácter; o, en otras palabras, es decir, “Sí,” cuando Dios habla. El profeta Miqueas dice: “¿Daré mi primogénito por mi rebelión, el fruto de mi seno por el pecado de mi alma?” El mayor sacrificio que el hombre puede hacer, la más grande demostración de acciones externas, no salvará a nadie, a menos que el corazón obedezca a Dios. El obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que el sebo de los carneros.”

No hay una prueba más grande que la que viene a través de la obediencia a la Palabra de Dios. No hay ninguna condición de la mente que sea aceptable a Dios, excepto la de la sumisión. Estamos viviendo en el período más solemne de la historia de esta tierra. Dios está preparando a su pueblo para el cielo. Estamos buscando, esperando, y en algunos casos, recibiendo chubascos de la lluvia tardía; y ninguna persona, cuyo corazón no esté en armonía con Dios puede recibir la lluvia tardía. Ningún corazón está en armonía con Dios a menos que esté en condición de decir: Habla, Jehová, que tu siervo oye.” 1 Samuel 3:9.

Dios le habla a su pueblo en su Palabra y a través del espíritu de profecía. Los testimonios llegan al pueblo de Dios, y aquel que, mediante la fe hace una aplicación personal de lo que Dios dice, se dará cuenta de que está siendo pesado en las balanzas del cielo. Esta es la única posición segura para el pueblo de Dios en el tiempo presente; porque un pecado sin confesar es suficiente para dejar al alma fuera del reino. Un defecto de carácter que no haya sido vencido, será una barrera entre un Dios puro y santo y el alma. En la actualidad se le exige al pueblo de Dios muchos deberes que no les eran impuestos tan enérgicamente en los años pasados, pero se nos presentan con una fuerza redoblada, porque estamos en el tiempo cuando Dios ha dicho: “He aquí, yo pongo plomada de albañil en medio de mi pueblo Israel. No le pasaré más.” Amós 7:8.

Estamos en los últimos días y Satanás ha descendido con grande ira, porque sabe que tiene poco tiempo. Y la gente que está viviendo ahora en la tierra, y que profesa ser el pueblo de Dios, debería examinarse a sí misma. Nos conviene comparar nuestras vidas con la ley de Dios. Ninguna experiencia basada en sentimientos o emociones salvará al alma. Solamente un minucioso escudriñamiento del corazón y un profundo arrepentimiento ante Dios será aceptable ante su vista. Sin embargo, Dios es bueno, y sus promesas son muy preciosas. Él se convierte en luz y vida para el alma. Nos pide que vayamos a él. “Y el Espíritu y la esposa dicen: Ven. . . Y el que tiene sed, venga. Y el que quiera, tome del agua de la vida de balde.” Apocalipsis 22:17; véase también Isaías 55:1; Apocalipsis 21:6. Su mano se extiende desde las almenas del cielo para asir las manos de todos los que quieran extenderlas, diciendo en sus corazones: Soy un desvalido, ayúdame; y a toda alma que se eleva le será impartida fortaleza. Que ninguno fracase en ver la importancia de conectarse ahora mismo con el Cielo, cooperando con Cristo al hacer todo lo posible para extender el conocimiento de su verdad en la tierra. Con corazones llenos de sumisión y contrición, recojamos de los caminos y los vallados las gavillas para el granero celestial, para que cuando él venga, se nos pueda decir: “Entra en el gozo de su señor.” Mateo 25:21.

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