* La tercera iglesia: Pérgamo

Y escribe a la iglesia en PÉRGAMO:  El que tiene la espada de dos filos dice esto (2:12):

Pérgamo significa “Elevación” y nos lleva al 313,  año del edicto de Milán, hasta el 538, cuando el obispo de Roma fue exaltado como el principal sobre todas las iglesias.  El nombre sugiere un cambio en la condición de la iglesia, cambio que ya veníamos vislumbrando en los períodos anteriores.

En el año 312 Constantino venció a Magencio en el puente Milvio  y se convirtió en el primer emperador pro cristiano de Roma.   Juntamente con Lisinio, que gobernaba el norte del imperio, Constantino dio el edicto de Milán, mediante el cual concedía a los cristianos igual oportunidad con los paganos de ejercer su religión  (Vea Apéndice).

La tradición indica que, antes de enfrentarse con el líder de los paganos, Constantino tuvo una visión, en la cual vio una gran cruz y las palabras “Hoc Signo Vincis” (Con este signo vencerás).  Sus ideas supersticiosas lo llevaron a colocar cruces en sus estandartes y, como ganó la batalla,  se la atribuyó a Cristo.  Luego de esto  edificó iglesias, como la de Santa Irene en Roma, y concedió favores especiales al clero.

Lejos de ser el “emancipador de la iglesia”, Constantino fue el destructor del cristianismo.  Como hábil político, el emperador quiso unificar a cristianos y paganos.  Y logró su empeño, pues durante el período de Pérgamo la iglesia cristiana se corrompió hasta lo sumo.  Una avalancha de paganos entró a la iglesia, causando una mezcolanza de dogmas y prácticas ajenas a las sencillas enseñanzas de Cristo.

Fueron las enseñanzas de Platón, gran sabio griego, que más contribuyeron a la corrupción doctrinal de la iglesia.  Esto se llama el “neoplatonismo”.  Muchos de los llamados “padres de la iglesia” seguían fielmente los postulados platónicos como si él fuera un profeta de Dios.  La doctrina más enseñada fue la “inmortalidad del alma”, destacada ampliamente en las obras de Platón: El Fedón  y La República.  Juntamente con esta enseñanza pagana vinieron sus hijas: el purgatorio, el limbo, la intercesión y el culto a los santos y el infierno, como un lugar de tormentos para los malos al momento de morir y las indulgencias.

Yo conozco tus obras, y donde moras, donde está el trono de Satanás; pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aún en los días  en que Antipas, mi testigo fiel, fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás (2:13).

En la antigua Pérgamo se encontraba un hermoso templo dedicado a Zeus o Júpiter, el cual tenía la forma de un gran trono.  Al leer estos textos de Juan, muchos de los cristianos de Pérgamo asociaron este edificio con lo que Cristo llamó “el trono de Satanás”.

Pérgamo fue la ciudad del imperio griego por donde la cultura y religión helénica entraron a Roma.  “La silla de la Bestia”  (Apocalipsis 16:10) y “el trono de Satanás”  del texto aludido, son una misma cosa.  Grecia fue el quinto reino de los siete que menciona Apocalipsis 17:10.  En otras palabras, Satanás tiene un trono movible, el cual ha estado, desde los tiempos de Egipto, hasta Roma, en los días de Juan.

Además de ser tan importante en el traspaso de la cultura y religión griega al imperio romano, Pérgamo se distinguió por acentuar el culto al emperador como dios.  También Cesar era conocido como el “Pater Familia” o padre de familia o padre del imperio.  El nombre “Antipas”  es simbólico.  Viene de la  frase “anti-pater” o “en contra del padre”.  Antipas es, pues, un movimiento entre los cristianos opuesto al culto al emperador como padre o dios.

La era de Constantino no tuvo precedentes en la historia de la iglesia.  La corrupción religiosa era común  y casi no había diferencia entre los cultos paganos y la iglesia cristiana.  Muchos cristianos, que estaban ocultos en las catacumbas por causa de la persecución del período anterior, salieron de sus escondites para darse cuenta que la iglesia que tanto apreciaron estaba llena de paganismo.

La ambición de Constantino no tenía límites. La tradición romana le concedía tres títulos:   rey temporal, pontífice máximo de la religión y deidad digna de adoración.  Debido a su amistad con Silvestre, obispo de Roma, y codiciando el título de “sumo pontífice”, Constantino mudó la capital del imperio para el Bósforo, y llamó su ciudad Constantinopla o la Nueva Roma.  En el 325, y como el sumo pontífice, Constantino presidió el Concilio de Nicea.  Vacante el trono de Cesar en Roma, el obispo Silvestre quedó como la máxima autoridad.

Para  comienzos del siglo V, habían cinco obispados que se disputaban la supremacía de la iglesia. Muchos creían que el cargo debía ser del de Constantinopla, por ser la sede del imperio; otros creían que debía ser el de Jerusalén, donde nació la iglesia.  Los otros eran de Antioquía, Alejandría y Roma.  Mediante un decreto en el año 533, Justiniano, emperador de Oriente,  ordenó que la supremacía recayera sobre el obispo de Roma y que el de Constantinopla se conformara con un segundo lugar.  (Vea el Apéndice) Según el edicto, el título del obispo era “Cabeza de las iglesias y corrector de los herejes”.

Muchos cristianos no estuvieron de acuerdo con la exaltación del obispo de Roma, quien ya ostentaba el título de “papa”.  Al proyectarse al período eclesiástico profético, Antipas puede asociarse con “anti papa”.  Los que no aceptaron el cambio en la iglesia, fueron perseguidos, y esta persecución se prolongó hasta el período siguiente.

A pesar de la corrupción moral y doctrinal en este período, el texto dice que la iglesia retuvo el nombre de Cristo y no negó la fe.  Gracias a Dios, el Salvador  ha contado en toda época con siervos fieles que han preservado las verdades preciosas de su Palabra.

Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación 2:14).

Balaam es otro nombre simbólico en el pasaje de las siete iglesias.  Este personaje era un adivino, a quien Balac, rey de Moab, contrató para que maldijera al pueblo de Israel, recién salido del Egipto.  Cuando Balaam trató de maldecir al pueblo de Dios, el Señor cambió sus palabras y en lugar de maldecir, bendecía a Israel.  Como no pudo recibir los dones que el rey le ofreció, Balaam ideó una forma que sí le dio resultado.  Consiguió que los hombres de Israel fornicaran con las mujeres moabitas, trayendo corrupción en el pueblo.

La fornicación mencionada en el texto referente  a la iglesia de Pérgamo, y promovida por el nuevo Balaam, se refiere a la fornicación espiritual.  Como ya hemos dicho, esta época se caracterizó por la introducción y acentuación de enseñanzas y prácticas del paganismo.  Al seguir esta conducta errada, la iglesia ha cometido fornicación espiritual.

Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco. Por lo tanto arrepiéntete; pues si no, vendré pronto a ti, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca (2:15,16).

Los nicolaítas, tan exitosamente rechazados por la primera iglesia, ahora florecen en toda el área de las costas del Mediterráneo.  Los conceptos gnósticos promovidos por los nicolaítas  entraron en la iglesia y aun hoy son creídos por muchos cristianos.

La iglesia nunca ha estado ni estará libre de cismas.  Siempre habrá individuos que tratarán de causar divisiones.  Esa es la causa principal del aumento sin precedentes en las sectas y denominaciones cristianas.  Pero esto no debe ser excusa para rechazar todo lo que pretenda ser nueva luz.  Cuando alguien se levante con un mensaje, es deber que este sea analizado por la iglesia.  Ninguna “nueva luz” puede anular la antes recibida.  Dios ni su Palabra pueden contradecirse.  Si lo que pretende ser luz nueva está de acuerdo con la revelación, debe ser aceptada.  Si no  lo está, el que la trae debe ser amonestado y tratar de que acepte su equivocación.  Si hay orgullo en él, entonces no aceptará la admonición.  Y será el comienzo de un cisma.

Desde el siglo segundo hasta toda la Edad Media la iglesia ha venido contaminándose.  Muchos cristianos, aun a riesgo de perder sus vidas, se levantaron a poner en orden las verdades de la Palabra de Dios.  A estos les debemos que hoy disfrutemos de esas verdades.

El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.  Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino el que lo recibe (2:17).

El maná fue el pan que Dios envió a los israelitas en su viaje por 40 años por el desierto.  Por orden de Dios un recipiente con maná fue colocado dentro del arca de la alianza.  A los vencedores de Pérgamo se les promete comer “del maná escondido”.  Ese “pan del cielo” será parte de los exquisitos manjares que los redimidos comerán en la tierra renovada.

La “piedrecita blanca”  nos  trae una práctica oriental bien significativa.  Cuando un forastero visitaba un lugar y era hospedado por una familia, al despedirse, el forastero entregaba al hospedador la mitad de una piedrecita  con su nombre escrito.  Este objeto era muy apreciado.  Mostrarlo  en el lugar de procedencia del extranjero era causa de especial trato.  Cristo ofrece esta piedrecita blanca como un símbolo de amistad con Él.  ¡Qué maravilloso es ser considerado como parte de la familia de Dios!

 

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