* La Santa Ciudad

Y vi un cielo nuevo, y una tierra nueva: porque el primer cielo y la primera tierra se fueron, y el mar ya no es.  Y yo Juan vi la santa ciudad, Jerusalén nueva, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido.  Y oí  una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será su Dios con ellos (21:1-3.

El fuego que consume a los impíos ha de purificar la tierra, así como el aire y las aguas.  Todo lo que hoy lleva las marcas del pecado ha de quedar en el olvido.  La tierra no será del todo destruida, sólo su superficie.  Toda la energía que está bajo las capas de la tierra será liberada en el momento de la destrucción.  Sólo el área donde está la Nueva Jerusalén quedará protegida por Dios.

Para los redimidos será un verdadero privilegio poder ver el poder creador de Dios, cuando desde los muros de la Nueva Jerusalén, podamos visualizar, de las humeantes cenizas, brotar la nueva creación.  De nuevo aparecerán árboles, palmeras y plantas con sus variadas clases de flores.  De nuevo Dios creará animales para que se paseen libremente por los verdes prados.  De nuevo habrá aves de hermoso plumaje surcando el cielo y habitando en la arboleda.  De nuevo los árboles darán frutos abundantes.  La tierra entera será un verdadero paraíso.

El capítulo 21 habla expresamente de la santa ciudad.  Ella será como el santuario de los israelitas, situado en el medio del campamento.  Allí no será oculto el Dios de Israel, sino que vivirá con todos los salvados.

Y limpiará Dios las lágrimas de los ojos de ellos; y la muerte no será más; y no habrá llanto, ni clamor, ni dolor:  porque las primeras cosas son pasadas (21:4).

He aquí una de las promesas más bellas de toda la Biblia.  En la nueva tierra no habrá tristeza.  Dios quitará de nuestras mentes todo aquel recuerdo que pueda causarnos dolor, especialmente si algunos de los familiares y amigos cercanos no son salvados.  Como vimos en el capítulo anterior, la muerte va a ser abolida.  Tampoco habrá enfermedad.  Todo lo negativo habrá quedado atrás.

Y el que estaba sentado en el trono dijo:  he aquí yo hago nuevas todas las cosas.  Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.  Y díjome: Hecho es.  Yo soy Alpha y Omega, el principio y el fin.  Al que tuviere sed, yo le daré de la fuente de agua de la vida gratuitamente.  El que venciere, poseerá todas las cosas; y yo seré su Dios, y él será mi hijo (21:5-7).

Dios no va a destruir todas las cosas, más bien, como dice el texto,  Él las va a renovar.  Esto es una garantía de que la tierra nueva será semejante a esta, pero sin vestigio de  pecado, contaminación ni algo que pueda marchitar la belleza de las cosas creadas.  Nuevamente, como el mensaje a las iglesias de los capítulos 2 y  3, el Señor vuelve a estimular la victoria en sus hijos.  Siempre recordando que la victoria de Cristo es nuestra victoria.

Mas a los temerosos e incrédulos, a los abominables y homicidas, a los fornicarios y  hechiceros, y a los idólatras, y a  todos los mentirosos, su parte será en el lago de fuego y azufre, que es la muerte segunda (21:8).

Aquí se mencionan algunos de los pecados que privarán a muchos de entrar en la tierra nueva.  Los “temerosos”, mas bien quiere decir cobardes o miedosos, los que no se han atrevido a ponerse de lado de la verdad y la justicia.  Los “incrédulos” son los que no tienen fe, los que no han permanecido leales a Dios en medio de la confusión y pecados prevalecientes.  Los “abominables”, del griego “bdelussó” indica los que causan repugnancia, persona de actos sucios.  Los “homicidas” son, especialmente, los que han sido crueles con los hijos de Dios.   Los  “fornicarios” son los que han practicado delitos sexuales, mientras que los “hechiceros” representan a los espiritistas, astrólogos, magos, brujos y todos los practicantes de artes ocultas.  Las última clases de pecados mencionados son los “idólatras” y los “mentirosos”.  Los primeros son los adoradores de estatuas, pinturas y objetos de culto, así como los que siguen apasionadamente a líderes políticos o religiosos o han puesto su corazón en  las riquezas o bienes materiales y los otros son los que engañan y mienten.  El hecho que aquí no se mencionen otros pecados, no quiere decir que estos no sean también castigados por Dios.

También podemos ver que estos pecados tienen que ver con la violación de algunos de los diez mandamientos. El Decálogo divino seguirá siendo la ley del reino eterno del Señor.

 * Visión de la Nueva Jerusalén

Y vino a mí uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete  postreras plagas,  y habló conmigo, diciendo:  Ven acá y te mostraré la esposa, mujer del Cordero.  Y me llevó en Espíritu a un grande  y alto monte, me mostró la grande ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo de Dios, teniendo la claridad de Dios:  y su luz era semejante a una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, resplandeciente como cristal (21:9-11).

La comparación que hace el profeta de la ciudad es muy hermosa.  Como la esposa de Jesucristo, la ciudad está engalanada como una novia a ser presentada al novio.  Más tarde veremos las características de esta cuidad sin igual.

Y tenía un muro grande y alto con doce puertas; y en las puertas doce ángeles, y nombres escritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel.  Al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al mediodía tres puertas; al poniente tres puertas (21:12,13).

El tema hebreo aparece una vez más.  Los nombres de los doce patriarcas estarán en las puertas del muro de la ciudad.  ¿Quiénes habitarán tras los muros de la Nueva Jerusalén?  Antes que nada, como la capital de la tierra nueva, allí estará, en su centro, el trono de Dios,  Le siguen las viviendas de todos los ángeles.  Luego, según la promesa de Jesús, y en doce tronos, estarán los doce apóstoles, quienes tendrán sus residencias cerca del trono de Dios.  Finalmente, y en doce grandes divisiones, estarán los 144,000.

Hay otra razón para creer que los 144,000 no es un número literal.  Veamos.  La ciudad siempre ha estado en el tercer cielo.  Ha  sido  la  habitación de  los ángeles desde la eternidad.  Pero una tercera parte de los ángeles fue expulsada del cielo.  ¿Y cuántos eran?  Varios millones.  Jesús Dijo a los doce apóstoles, en Juan 14: 1-3: “En la casa de mi padre, muchas moradas hay,… voy pues a preparar lugar para vosotros…”  Esas “moradas” fueron las dejadas por los seguidores de Lucifer.  Sabemos que los doce vivirán en la ciudad, ¿y quienes más?  Los 144,000.  ¿Por que?  En Apocalipsis 7 dice que los 144,000 pertenecen a “las doce tribus de Israel”.   La puerta con el nombre de su  tribu, será por la cual usted entrará en la ciudad.  Ahí estará su lugar de residencia.  Y son millones de espacios vacantes ahora, los cuales esperan por nosotros.

Y el muro de la ciudad tenía doce fundamentos, y en ellos los doce nombres de los  doce apóstoles del Cordero (21:14).

Estos fundamentos de piedras preciosas tendrán grabados los nombres de los apóstoles de Cristo.  Fueron estos los que primero escogió Jesús y los envió  de dos en dos a predicar el Evangelio.  La historia de la iglesia está adornada por el trabajo fiel de estos obreros especiales.  Luego de Cristo, ellos son fundamento de la iglesia.  Por eso sus nombres estarán indelebles en los fundamentos de la santa Jerusalén.

* Medidas de la Ciudad

Y el que hablaba conmigo, tenía una medida de una caña de oro para medir la ciudad, y sus puertas, y su muro. Y la ciudad está situada y puesta en cuadro, y su largura es tanta como su anchura:  y él midió la ciudad con la caña, doce mil estadios:  la largura y la altura y la anchura de ella  son iguales (21:15,16).

De acuerdo a la forma de medir en los tiempos de Grecia, las medidas eran de perímetro, o sea, alrededor.  Un estadio es de aproximadamente 183 metros, así que 12,000 estadios serían unos 2,200 kilómetros.  Cada lado tendría entonces unos 529 kilómetros.

Es muy extraño que diga que al alto, ancho y largo sean “iguales”.  Sería imposible que una ciudad midiera más de 500 kilómetros de alto, o sea, en forma de cubo.  Siendo que el muro mide 144 codos, que son unos 64 metros, jamás podríamos imaginar una ciudad con un muro, que aunque para nosotros es alto, si la ciudad fuera como un cubo, sería extremadamente pequeño.

Según tradiciones judías, ellos indicaban que Jerusalén seguiría aumentando su altura hasta llegar al trono de Dios.  Para resolver el dilema, algunos traductores prefieren la palabra “armoniosas” en lugar de “iguales”.  Esto suena más razonable.  La altura armoniza perfectamente con el ancho y el largo de la santa ciudad.

Y midió su muro, ciento cuarenta y cuatro codos, de medida de hombre, la cual es del ángel.  Y el material de su muro era de jaspe:  mas la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio.  Y los fundamentos del muro de la ciudad estaban adornados de toda piedra preciosa.  El primer fundamento era de jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, calcedonia; el cuarto, esmeralda; el quinto, sardónica; el sexto; sardio; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el nono, topacio; el décimo, crisopraso; el undécimo, jacinto; el duodécimo, amatista.  Y las  doce puertas eran doce perlas, en cada una, una; cada puerta era de una perla.  Y la plaza de la ciudad era de oro puro como vidrio trasparente (21:17-21).

Algunos preguntarían, ¿por qué y para qué tanto lujo?  Recordemos que Dios es el creador del oro y las piedras preciosas.  La Biblia dice que en la época de Salomón la plata no era de estima.  ¿La causa?  Había oro y piedras preciosas en cantidades exorbitantes.  Pues, ¿por qué el reino de Dios ha de ser inferior?  No hay nada de malo en que las cosas sean bellas, si no se priva usted de las cosas esenciales y usa parte de sus bienes para ayudar a los menos favorecidos.  En el caso de Dios la cosa es diferente.  En la eternidad no habrá menesterosos.  Dios quiere que la capital de su reino sea lo más bella posible.  La ciudad será la más hermosa de todo el universo.  Algo más:  antes del diluvio, los metales preciosos y las piedras estaban a flor de tierra, pero el cataclismo los enterró.  ¿Qué diría usted si Dios hiciera lo mismo en la tierra nueva?  Pues Él lo hará.

Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso  es el templo de ella, y el Cordero.  Y la ciudad no tenía necesidad de sol ni de luna, para que resplandezcan en ella:  porque la claridad de Dios la iluminó, y el Cordero era su lumbrera.  Y las naciones que hubieren sido salvas andarán en la lumbre de ella: y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella.  Y sus puertas nunca serán cerradas de día, porque allí no habrá noche.  Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella.  No entrará en ella ninguna cosa sucia, o que hace abominación y mentira; si no solamente los que están escritos en el libro de la vida del Cordero (21:22-27).

En la ciudad no habrá templo en el sentido en que toda ella es como un templo, donde de todas los lugares de la tierra y de otros mundos vendrán a adorar a la Divinidad.  Algunos piensan que en la tierra nueva no habrá sol ni luna, pero no será así.  Mas bien en la ciudad no se notará  el sol, a causa de la inmensa gloria que habrá en ella, pero nuestro sol sí estará en su lugar en el centro del sistema.  Su luz será más brillante, pero no fatigará  con calor.  La luna también será más brillante y seguirá siendo la reina de la noche.

El hecho que mencione las naciones es indicio de que el planeta será organizado de nuevo en naciones con sus reyes.  La ciudad tiene muros, no para protección, sino para mantener su apariencia de ciudad, sin embargo, sus puertas nunca serán cerradas, ya que sus habitantes siempre estarán seguros.

 * El Árbol de la Vida

Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal,  que salía del trono de Dios y del Cordero (22:1).

La mención “del trono de Dios y del Cordero”, nos muestra que lo que ahora es el cielo será trasladado a la tierra.  La Nueva Jerusalén será, no sólo la capital de esta tierra, sino que, además, ha de ser la capital del universo.  De todos los millones de mundos habitados del universo vendrán aquí a visitarnos y a ver la gloria de la ciudad y experimentar la presencia directa de los Seres de la Divinidad.  Ellos han aguardado pacientemente que en nuestro planeta termine el orden actual de cosas para poder interactuar con nosotros.  Ahora, terminada la experiencia del pecado, ellos podrán visitarnos y nosotros ir a cualquier lugar del universo de Dios.

En medio de la plaza de ella, y de la una y la otra parte del río, estaba el árbol de  vida, que lleva doce frutos, dando cada mes su fruto: y las hojas del árbol eran para  la sanidad de las naciones (22:2).

Hay un texto paralelo a este en Ezequiel que vale la pena leer: Y junto al arroyo, en su ribera de una parte y de otra, crecerá todo árbol de comer: su hoja nunca caerá, ni faltará su fruto: a sus meses madurará, porque  sus aguas salen del santuario: y su fruto será para comer, y su hoja para medicina  (47:12).

El árbol de la vida, cuya fruta fue vedada a causa del pecado, volverá en la tierra nueva, pero serán muchos árboles de vida, creciendo a las orillas del río de la vida.  Darán doce frutas diferentes al año.  Cada mes una fruta distinta.  Así nunca nos cansaremos de comerlas cada día.

¿Por qué dice el texto que su hoja es “para medicina”, o como el texto de Apocalipsis, “sus hojas son para la sanidad de las naciones?”  En Isaías 33:24 se nos dice: “No dirá el morador:  Estoy enfermo.”  Entonces, si en la tierra nueva no habrá enfermedad, ¿a qué clase de sanidad se refieren los textos de Ezequiel y Juan?

Aunque los redimidos estarán libres de todo defecto físico, nuestra estatura será la misma que teníamos.  Será un gran contraste ver las estaturas de Adán y los antediluvianos con las de nosotros.  Pues bien, comiendo las hojas del árbol de la vida, iremos creciendo hasta igualar la estatura de Adán.  Recordemos que Dios quiere  restaurar al ser humano completamente hasta que lleguemos a ser semejantes a Él, tal como el primer hombre.

* Y Verán su Rostro

Y no habrá más maldición; si no que el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán.  Y verán su cara; y su nombre estará en sus frentes (22:3,4).

En las bienaventuranzas Jesús dijo:  “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.”  Pues bien, en la tierra nueva se ha de cumplir esa promesa, porque podremos ver constantemente el rostro de Jesús.  ¿Y qué del rostro del Padre?  Creo que Jesús se refería más al Padre, así que también veremos, al menos la gloria que rodea al Padre y al Espíritu Santo.  Pero la gloria mayor de los salvados será ver el rostro hermoso de  Aquel que dio su vida para que podamos disfrutar de los bienes venideros.

Hay varios pasajes en Isaías que vale la pena que consideremos.  El primero tiene que ver con los niños.  Me da pena oír a personas que dicen que no habrán niños en la eternidad.  Algunos se limitan a decir que sólo estarán los que se salven.  Pero, siendo que en la tierra nueva ya habrán pasado los mil años, ya no serán niños.  Si esta premisa fuera cierta, finalmente no habrán niños.  Quiero que veamos y creamos este pasaje:

Morará el lobo con el cordero, y el tigre con el cabrito se acostará: el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará.  La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey, comerá hierba. Y el niño de teta se entretendrá sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna del basilisco.  No harán mal ni dañarán en todo  mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como cubren la mar las ondas (Isaías 11:6-9).

El dominio sobre la creación que tenía el hombre antes del pecado ha de ser restaurado.  Ya no habrá temor hacia los animales, aun los más salvajes.  Hasta los niños podrán jugar con las fieras sin que estas les hagan daño alguno.

He escuchado a algunos que dicen que estos niños son sólo los que se han salvado.  Pero tenemos que entender que aquí se está hablando  de la tierra nueva.  Ya han pasado mil años.  A menos que creamos que la niñez en la eternidad se prolongará por un milenio.  Otros dicen que si hay niños, entonces habrá matrimonios y Cristo dijo simple y llanamente que eso no existirá en el cielo.  Hay que entender el pasaje donde Cristo dijo esas palabras y verlas en su contexto.

Antes del pecado, la mujer podía tener hijos.  Dios le dijo a la pareja:  “Creced y multiplicaos”.  La única forma de multiplicarse es por medio de la relación sexual, que no tiene nada de malo.  En la maldición a Eva encontramos una interesante enseñanza:  “Multiplicaré en gran manera tus dolores y tus preñeces.”  Lo que quiere decir que si Eva no hubiese pecado, todavía viviera hoy con la friolera de 6,000 años y aun pudiera tener hijos.

Lo que pasa es que la frecuencia entre un hijo y otro sería mucho más larga; quizás docenas o cientos de años, quizás mil.  Lo importante es que  la mujer siempre sería fértil.  Pues Dios restaurará esa condición.  La tierra será como era antes de la entrada del pecado.  Sobre el tema, Isaías nos dice algo más en el capítulo 65:

Porque he aquí que yo crío nuevos cielos y nueva tierra: y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento.  Mas os gozaréis y os alegraréis por siglo de siglo en las cosas que yo crío:  porque he aquí que yo crío a Jerusalén alegría, y a su pueblo gozo.  Y me alegraré con Jerusalem, y me gozaré con mi pueblo, y nunca más se oirán en ella voz de lloro, ni voz de clamor.  No habrá allí más niño de días, ni viejo que sus días no cumpla:  porque el niño morirá de cien años, y el  pecador de cien años será maldito (Isaías 65:17-20).

El verso 20 ha sido un verdadero enigma para la mayoría de los que estudian este tema.  El texto parece decir que los niños morirán “a los cien años”.  Pero, a los 100 años no se es niño.  Por lo tanto es una metáfora.  Lo que quiere decir es que la niñez se prolongará hasta los 100 años.  Pensemos en dos madres, cada una con un niño pequeño.  Una le dice a la otra:  ¡Que bello es tu niño!  ¿Cuantos años tiene?  La otra le contesta: ¡Oh, él tiene 80 años, ¿Y el tuyo?  Pues, ya está entrado en los 95.

Hoy decimos que la niñez “muere” a los 12 años, para dar paso a la adolescencia; pues en la eternidad, la niñez llegará hasta los 100.  En cuanto a la segunda parte del texto: “el pecador de cien años será maldito”, me gusta como la traduce Nácar-Colunga: “…no llegar a los cien será tenido por maldición”.  Al principio el texto dice que no habrá “viejo que sus días no cumpla”.  Hoy muy poca gente llega a los 100 años.  Pues bien: en la tierra nueva todos pasarán de esa edad y aún más, nunca envejeceremos, aunque pasen sobre nosotros siglos y milenios.

Y edificarán casas, y morarán en ellas; plantarán viñas, y comerán el fruto de ellas.  No edificarán y otro morará; no plantarán, y otro comerá: porque según los días de los árboles, serán los días de mi pueblo, y mis escogidos perpetuarán la obra de sus manos (Isaías 65:21,22).

Es muy triste hoy ver magníficos carpinteros y albañiles que construyen casas muy hermosas, pero ellos no tienen casa propia.  Otros hay que son buenos agricultores, sembrando árboles y plantas que  producen alimentos, pero ellos no tienen su finquita.  Pues en la tierra renovada, los que vivan en los campos tendrán cada uno su parcela, donde hará su propia casa y sembrará sus productos.  Los que sean tenidos por dignos de vivir en la ciudad, los 144,000, tendrán mucho trabajo que hacer al gobernar con Cristo y no tendrán tiempo para sembrar y sus casas ya están hechas por el mismo Dios.

   Hoy conocemos de árboles que son centenarios.  Los majestuosos secoyas llegan a tener hasta miles de años.  Allá en la eternidad nosotros viviremos aún más.  Nuestros años no tendrán término.

No trabajarán en vano, ni parirán para maldición; porque son simiente de los benditos de Jehová y sus descendientes con ellos. Y será que antes que clamen responderé yo; aun estando ellos hablando, yo habré oído.  El lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá hierba como el buey; y a la serpiente el polvo será su comida.  No afligirán, ni harán mal  en todo mi santo monte, dijo Jehová (Isaías 65:23-25).

Al decir que “no parirán para maldición”, es indicación nuevamente de que sí habrán niños  en la tierra nueva.  Algunos objetan diciendo que esto hubiera pasado si el pueblo de Israel hubiese sido fiel a Jehová.  Pero el contexto habla de los “nuevos cielos y tierra nueva” (verso 17), de las edades fabulosas de los moradores (verso 20), y de la mansedumbre en los animales (verso 25).  Es imposible visualizar esto de otra manera que no sea las condiciones de vida en la tierra nueva.

Allí habrán serpientes, pero estas no tendrán la forma original, sino que seguirán andando arrastradas y comiendo polvo.  Aunque no hará daño a humanos ni a animales, este animal continuará siendo como hoy, quizás como un recuerdo de que fue el instrumento que usó Satanás para introducir el pecado en la tierra.  Hay un último pasaje de Isaías que quiero introducir.

Porque como los cielos nuevos y la nueva tierra, que yo hago, permanecen delante de mí,  dice Jehová, así permanecerán vuestra simiente y vuestro nombre.  Y será que de mes en mes, y de sábado en sábado, vendrá toda carne a adorar delante de mí, dijo Jehová (Isaías 66:22,23).

Siendo que menciona nuevamente el término “cielos nuevos y la tierra nueva”, entendemos que lo que sigue será algo que sucederá en la eternidad, y en nuestra tierra.  Hoy el Sábado de Jehová ha sido mancillado.  Satanás se ha encargado de que la humanidad se olvide de su santo día de reposo.  La gran mayoría ha escogido un día que tiene el sello del paganismo.  Los gobernantes del mundo han legislado para dar un cariz de santidad a algo que Dios no ha bendecido.  Aunque el pueblo remanente ha estado por más de un siglo pregonando la santificación del día de Jehová, el mundo religioso se ha encargado de contradecir esta verdad bíblica y la mayoría ha oído esas voces de engaño.  Pues bien, en la tierra nueva no habrá otro día de reposo que no sea aquel que tiene el sello del Dios vivo: el santo Sábado.

Leímos que en la santa ciudad habrá una gran plaza (Apocalipsis 22:2).  Esta plaza es tan inmensa, que cabrán en ella todos los salvados cada Sábado, para celebrar el culto semanal y cada noviluno para un gloriosos festival.  En los Sábados podremos oír la voz de Dios, hablándonos y oír los ángeles cantar.  Todos cantaremos al Eterno y nuestras voces llenarán todo el orbe.  Podremos saludar a gentes de otros mundos que vendrán ansiosos de ver el lugar donde se puso en efecto el plan de salvación.  Aquí, donde Cristo entregó su vida, será el punto de atracción más importante de todo el universo.

Visto todo este panorama en el libro de Isaías, volvamos al capítulo 22 de Apocalipsis.

Y allí no habrá más noche; y no tienen  necesidad de lumbre de antorcha, ni de lumbre de sol:  porque el Señor Dios los alumbrará: y reinarán para siempre jamás.  Y me dijo:  Estas palabras son fieles y verdaderas.  Y el Señor Dios de los santos profetas ha enviado su ángel, para mostrar a sus siervos las cosas que es necesario que sean hechas presto.  Y he aquí vengo presto. Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro.  Yo Juan soy el que ha oído y visto estas cosas.  Y después que hube oído y visto, me postré para adorar delante de los pies del ángel que me mostraba estas cosas.  Y él me dijo:   Mira que no lo hagas: porque yo soy siervo contigo, y con tus hermanos los profetas, y con los que guardan las palabras de este libro. Adora a Dios (22:5-9).

Aquí Juan está repitiendo algunas de las cosas que ha dicho antes, sobre todo, acentuando la necesidad de poner atención a lo que ha escrito y repitiendo también la bienaventuranza inicial del capítulo 1:3, dirigida a los que leen, oyen y guardan las cosas escritas en este libro.  El profeta consideró necesario repetir la historia de cuando se postró a adorar delante del ángel y la reprensión que este le dio.

Y me dijo:  No selles las palabras de la profecía de este libro; porque el tiempo está cerca (22:10).

A Daniel se le ordenó que sellara sus profecías “hasta el tiempo del fin” (Daniel 12:4), pero a Juan se le dice que no las selle, “porque el tiempo está cerca”.  Luego de los 600 años que media entre Daniel y Juan, se hace imprescindible que  las profecías se estudien  con interés, ya que ellas presentan las luchas de la iglesia.  Luego del 1798, cuando comenzó el “tiempo del fin”, Daniel ha sido estudiado, comprendido y predicado.  Apocalipsis es el que abre las profecías de Daniel.  Hoy, como nunca antes, debemos predicar este libro, porque “el tiempo” de la venida del Señor “está cerca”.

El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es sucio, ensúciese todavía: y el que es justo, sea todavía justificado: y el santo sea santificado todavía.  Y  he aquí yo vengo presto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según fuere su obra (22:11,12).

Estos versos los vimos al hablar del juicio pre-advenimiento.  Una vez este juicio termine, aplicarán estas palabras.  Todos los vivos habrán sido juzgados, y ya nadie podrá cambiar de estado.   Cristo vendrá con el “galardón” para cada cual, lo que es indicio de que Él no va a realizar un juicio en su venida, sino que viene ya con el pago.  Los que han resistido el escrutinio del juicio, y sus nombres queden “en el libro” de la vida, ya estarán sellados para salvación, serán guardados de las plagas y darán la bienvenida a Jesús (Daniel 12:1).  Los que hayan sido rechazados y están aun vivos, serán destruidos por el resplandor de la venida de Cristo.  Finalmente, todos los malos recibirán “la muerte segunda”.

Yo soy Alpha y Omega, principio y fin, el primero y el postrero.  Bienaventurados  los que guardan sus mandamientos, para que su potencia sea en el árbol de la vida, y que entren por las puertas en la ciudad.  Mas los perros estarán fuera, y los hechiceros, y los disolutos, y los homicidas y los idólatras, y cualquiera que ama y hace mentira (22:12-15).

Ya vimos el significado de Alfa y Omega en el capítulo 1.  La expresión  “los que guardan sus mandamientos” ha sido traducida en las versiones más recientes como “los que lavan sus ropas”.  La versión Vulgata de Jerónimo, que es la versión completa más antigua de toda la Biblia, traduce así esa oración:  “Bienaventurados  los que lavan sus vestiduras en la sangre del Cordero”.   Es posible que algún copista se haya confundido por el parecido  de las palabras en el griego, si consideramos que el griego del Nuevo Testamento se escribía todo en letras mayúsculas sin espacio entre letras.  Veamos:

HOIPOIOUNTESTASENTOLASAUTOU que guardan sus mandamientos

HOIPLUNONTESTASSTOLASAUTON que lavan sus vestiduras

Siendo que la mayoría de las copias, sobre todo las más antiguas, usan la frase “los que lavan sus vestiduras”, creemos que esa debe ser la correcta.  Sin embargo, no creemos que haya contradicción en ellas, ya que aquel que observa los mandamientos de la ley de Dios, lo hace únicamente, mediante la gracia de Cristo.  Esa dependencia de Cristo es la que nos viste con la ropa blanca de su justicia.

El verso 15 es muy parecido a 21:8, pero el que estamos considerando añade “los perros”, queriendo decir “una persona vil y desvergonzada”.

Yo Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en la iglesia. Yo  soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana.  Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven.  Y el que oye, diga: Ven.  Y el que tiene sed, venga: y  el que quiere, tome del agua de la vida de balde (22:16,17).

Por vez primera en este libro Jesús se identifica con su nombre, sancionando así estas profecías.  En este llamado intervienen “el Espíritu”, que es el Espíritu Santo, y “la esposa”, que es una personificación, ya que esta es la Nueva Jerusalén, la capital del mundo venidero.

Vemos el carácter misionero del Apocalipsis.  “El que oye”, debe también él llamar a otros a “beber del agua de la vida”.  El Evangelio se da gratis.  El único pago que debemos hacer es aceptar a Cristo y someternos a su Palabra.

Porque yo protesto a cualquiera que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguno añadiere a estas cosas, Dios pondrá sobre él las plagas que están escritas en este libro.  Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida y de la santa ciudad, y de las cosas que están escritas en este libro (22:18,19).

El libro de Apocalipsis está al final de los libros de la Biblia, porque él recoge todo lo presentado en el Tomo sagrado.  Estas palabras se refieren al libro de Apocalipsis y al resto de la Biblia.  Hoy, como nunca antes, hay predicadores que “hurtan” las Palabras de Dios.  Se presentan muchas falsas interpretaciones y otra acomodaticias.  Se desprecia parte de la Biblia, alegando que está abolida y se predican “mandamientos de hombres” en lugar de la ley de Jehová.  Esta es la razón por la proliferación de sectas y denominaciones cristianas que confunden a muchos.

El ser fiel a la Palabra de Dios trae grandes beneficios, sobre todo la seguridad de estar en la verdad de Dios.  Cuando al fin se abran de par en par las puertas de la Nueva Jerusalén, por ellas sólo entrará “la gente justa, guardadora de verdades” (Isaías 26:2).

El que da testimonio de estas cosas, dice: Ciertamente, vengo en breve.  Amén, sea así.  Ven, Señor Jesús.  La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros.  Amén (22:20,21).

Al principio del libro de Apocalipsis, leímos, en 1:7, que Cristo “viene con las nubes”.  Ahora, al finalizar el libro, el mismo Cristo dice: “Vengo en breve”.  Y Juan contesta, lo que es la gran esperanza para la iglesia: “Ven, Señor Jesús”.

  Esta listo para lasegunda venidad. Esta estudiando este libro que es para ti.>>>>>>

 

  Viene pronto y los Ángeles nos protegerán.

 

 Seremos juzgado por la ley de la liberta “Los Diez Mandamientos”

 

                                      

 

Es tu decisión yo solo estoy predicando las nuevas nueva al Pueblo de Dios, Eres tu uno de ellos?

Maranata

Rafael Vega