* Las siete iglesias

En el capítulo anterior vimos que los siete candeleros representan las siete iglesias de la provincia romana  de Asia Menor,  aunque en ese lugar habían, por lo menos, ocho otras iglesias, algunas de ellas muy prominentes. Las cartas que  Cristo envía a las siete iglesias no se limitan a las áreas geográficas de ellas, aunque estaban pasando por los problemas allí mencionados.  Una cosa muy interesante es que los nombres de las ciudades donde se ubicaban estas comunidades cristianas tienen nombres que revelan los rasgos más sobresalientes de su historia.  También podemos ver que  las promesas y amonestaciones son para todas las iglesias y para cada cristiano en particular.

Desde muy temprano en la era cristiana hubo líderes que entendían que los capítulos 2 y 3 de Apocalipsis presentan siete etapas o períodos de la iglesia durante toda la era cristiana.  Podemos entonces ver la importancia de entender estos mensajes, pues la correcta interpretación de estos nos llevará a comprender mejor el resto del libro.  Lo que el Señor dice en estos dos capítulos lo repite, pero con mayores detalles, en los capítulos siguientes.

 

 * La primera iglesia:  Éfeso

Escribe al ángel de la iglesia en ÉFESO.  El que tiene la siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto:  (2:1)

El nombre Éfeso significa “Deseable”  y representa la iglesia apostólica, comenzando en el año 31, cuando Cristo murió, resucitó, ascendió al cielo y envió el Espíritu Santo sobre los creyentes en Pentecostés, hasta el año 100, cuando murió Juan, el último de los apóstoles.

En los mensajes a cada iglesia Cristo se dirige “al ángel”.  Siendo que la palabra “ángel” significa “Mensajero”, entendemos que se refiere al ministro o pastor como el representante de la iglesia, pero el mensaje va a toda la iglesia.

Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmallado (2:2,3).

Lo primero que  Cristo dice a cada iglesia es “Yo conozco tus obras”, indicio de que nada está oculto al ojo escrutador de Dios.  Si visualizáramos esta gran verdad bíblica nuestro comportamiento sería mucho mejor.

La iglesia  del primer siglo, mientras vivieron los apóstoles, mantuvo viva la fe y trabajó seriamente por la causa del Evangelio.  En corto tiempo, unos 70 años, la palabra de Cristo llegó a todo lo que abarcaba el imperio romano  y aun fuera de sus límites.  Bajo la ministración del Espíritu Santo, los discípulos hablaron al mundo de un Salvador  muerto  por el pecado del hombre, resucitado y ascendido al cielo donde  ministra  por  los  suyos  ante  el  Padre.    Enseñaron fervientemente que ese Salvador estaba próximo a venir al mundo.

Los perseguidores de los primeros creyentes no se limitó a los líderes del judaísmo.  Los romanos veían a esta nueva religión  como  una  amenaza a los cultos a sus dioses y emprendieron, desde los días de Nerón, una cruenta lucha contra ellos.   Pero a pesar de la persecución, la semilla del Evangelio siguió dando frutos.  Cada cristiano que   era martirizado  conmovía a los paganos y muchos se unían a la fe.

Este mensaje a Éfeso muestra que aun el primer siglo, la iglesia sufrió la participación de algunos líderes que pretendían se apóstoles.  Que bueno que la iglesia supo resistirlos.  Hoy no es así.  Justamente la causa de la proliferación de sectas es la actitud de algunos miembros que se erigen como líderes y quieren atraer a los creyentes hacia ellos.  Al ser rechazados se alejan de  la congregación y se llevan a otros consigo y forman una nueva iglesia.  También hay los que se dividen a causa de doctrinas novedosas y prácticas extrañas.

Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor.  Recuerda por tanto de donde has caído, y arrepiéntete, y has las primeras obras; pues si no, vendré a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido (2:4,5).

Mientras se acercaba el cierre del siglo primero, la iglesia comenzó a ablandarse respecto a la enseñanzas del Maestro.  El fervor comenzó a menguar.  Esta actitud  fue el génesis de la bancarrota espiritual que veremos en los siglos subsiguientes.  Tenemos que recordar que “el primer amor” es Cristo.  Si dejamos de mirar a Él, si abandonamos su doctrina, si dejamos de testificar, el  futuro de la iglesia será tenebroso.

Como individuos debemos escudriñar nuestro pasado, ver nuestra actitud cuando comenzamos la vida de la fe.  Al hacer este recuento podemos visualizar donde comenzamos a apartarnos de la senda correcta.  A veces nos preguntamos cómo una persona que era activa en  la iglesia de pronto se va.  Lo cierto es que nadie se va  de la iglesia súbitamente.  Hay un germen de incredulidad o mundanalidad que ha estado corroyendo la  vida espiritual.  Se deja de asistir a algunos cultos; se abandona la oración y el estudio de la Biblia; se olvida el sostener la causa de Dios con nuestros diezmos y ofrendas.  ¿Cómo podemos subsistir como cristianos con una conducta así?  Poco a poco la fe va debilitándose y si no despertamos a tiempo hemos de descarriarnos.

Pero tiene esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las Cuales yo también aborrezco (2:6).

No hay mucha información sobre los nicolaítas.  La única que tenemos proviene de Policarpo, obispo de Esmirna, quien dice que estos eran seguidores de uno de los siete diáconos mencionados en Hechos 6:5, donde se nos habla de “Nicolás, prosélito de Antioquía”.  Parece ser que este Nicolás apostató de la fe y creó un grupo de seguidores.  Se cree que estos mantenían doctrinas gnósticas.

Tanto la iglesia como Cristo detestan, no a los nicolaítas, pero sí sus obras, sus enseñanzas falsas, su actitud desafiante hacia el orden de la iglesia.  Hoy el cristianismo está minado de doctrinas paganas y prácticas anti-bíblicas.  Miles de sectas pretenden ser iglesias de Dios y hasta ostentan nombres muy cristianos, pero  el contenido de su cuerpo doctrinal está alejado de las cosas que enseña la Palabra de Dios.  No odiamos a los que se llaman cristianos ni a los que siguen filosofías y prácticas de origen pagano, pero sí son odiosas muchas doctrinas que siguen, sobre todo aquellas iglesias que insisten en que son cristianas y que siguen la Santa Biblia.

Hay religiones que esclavizan a sus adeptos y líderes que pretenden ser Dios, profetas o ser guiados  en formas directa por el Espíritu Santo.  Hay sectas que  les lavan el cerebro a sus miembros y los manipulan con enseñanzas ajenas a la “sana doctrina”.   Hay iglesias y sectas que han contaminado las enseñanzas de Cristo con teorías y dogmas del paganismo.  Toda esta gama de sectas, religiones  y  filosofías  son los modernos “nicolaítas” que hoy campean por su respeto en todo el mundo.  Esta mezcolanza doctrinal hace que sea cada vez más difícil la proclamación de la verdad para este tiempo.

El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.  Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios (2:7).

El principio de este verso indica que lo dicho a Éfeso se dirige a todas las iglesias.  Cada promesa es tanto para la iglesia como para cada cristiano individual.  Esta promesa dada a la primera iglesia, como las que han de ser dadas al resto de las siete, tiene que ver con la eternidad.  El árbol de la vida que estaba en medio del huerto en Edén, cuya fruta gustaron Adán y su esposa antes del pecado, se encuentra “en medio del paraíso de Dios”.  Apocalipsis 22 nos habla de forma preciosa de ese maravilloso árbol que crece a ambas márgenes del río de la vida, el cual procede del trono de Dios.  Comer de esos frutos, los cuales son diferentes cada mes, ha de perpetuar la vida en la tierra renovada.

 


Estudiemos La segunda iglesia "Esmirna"