* El
Santuario
Siendo que en el Apocalipsis se hace mención del Santuario,
sus muebles y el
sacerdocio,
creí necesario dedicar todo un capítulo a este singular tema. El estudio cuidadoso del Santuario y todo lo
referente a él es vital para la comprensión de las profecías, tanto de Daniel,
como del Apocalipsis.
El santuario (llamado también tabernáculo por estar cubierto
por una tienda de campaña) era el centro del culto hebreo. Su comienzo se remonta a la salida del
pueblo de la esclavitud egipcia. Fue en la falda del monte Sinaí que se erigió
el primer tabernáculo.
El sistema de sacrificios se originó en el mismo huerto de Edén. Una vez hubo pecado, el hombre tenía
que ofrecer una víctima para que fuera
sacrificada en su lugar. Vemos en la
Biblia como los antiguos patriarcas levantaban altares y hacían
sacrificios. Esta obra se limitaba al
padre de familia. Él debía enseñar a
sus hijos la necesidad de presentar a Dios un animal, el cual casi siempre era
un cordero, derramar su sangre y quemar su cuerpo. Así el ser humano se reconciliaba con Dios. Aunque nos parezca repugnante, este acto era
la forma en que Dios educaba al pueblo
respecto a lo que significaba el pecado y el costo del mismo: el sacrificio del Hijo de Dios. Recordemos que Cristo vino y fue sacrificado
unos 4,000 años después de la creación.
Los sacrificios continuaron en la época patriarcal, hasta que Dios
indicó a Moisés: “Y me han de hacer un santuario, y yo habitaré entre ellos” (Éxodo
25:8). Dios, no sólo indicó los
materiales con que se construiría el santuario, sino que ordenó sus medidas
exactas. “Mira”, dijo el Señor, “hazlo
conforme al modelo que se te mostró en el monte” (Éxodo 25:40). Ese “modelo” es lo que Pablo llama “el
verdadero tabernáculo” (Hebreos 8:2), el cual está en el cielo. Este es “el más amplio y más perfecto tabernáculo,
no hecho de manos, es a saber, no de esta creación.” (Hebreos 9:11)
Los artífices del santuario fueron también
escogidos por Dios. Aholiab y Bezaleel
estaban a la cabeza de los constructores de esta obra. De Bezaleel dice Dios: “Mira yo he llamado
por su nombre a Bezaleel… Y lo he
henchido de espíritu de Dios, en sabiduría, y en inteligencia, y en ciencia, y
en todo artificio, para inventar diseños, para trabajar en oro, y en plata, y
en metal…” (Éxodo 31:2-4)
Al llamado de Moisés, el pueblo donó oro, plata,
bronce y lino en abundancia para la construcción de lo que sería la habitación
de Dios en medio de su pueblo. El
santuario habría de ser construido de tal forma que pudiera armarse y
desarmarse con relativa facilidad y ser trasladado a los lugares que Dios indicaría.
* La
Construcción del Santuario
Siguiendo la orden de Dios, Moisés se dio a la tarea de la
construcción del tabernáculo. El atrio
o patio era muy amplio, de unos 75 pies por 150. A cada lado habían 20 columnas de bronce con bases y capiteles de
plata. Entre ellas habían cortinas de
lino. A la entrada había un hermoso
pabellón con unas ricas cortinas de lino y adornadas con rojo y carmesí. En él
se hallaban dos muebles.El primero era el altar de los sacrificios.
Era de madera recubierto de bronce y sobre él se ofrecía un cordero en
la mañana y otro a la puesta del
sol. Esta era lo que se llamaba “holocausto”
u ofrenda del todo quemada.
Entre el altar de bronce y la entrada al santuario se hallaba
la fuente de bronce o lavatorio. Esta
fue construida con los espejos de bronce que las mujeres israelitas trajeron de
Egipto. En esta fuente los sacerdotes
se lavaban los pies y las manos antes de entrar en el recinto santo.
El santuario estaba dividido en dos compartimientos. El primero, llamado “lugar santo”, medía
unos 17 pies de ancho por 35 de largo y 17 de alto. Al frente estaba el velo,
ricamente bordado, entre cinco columnas de
madera cubiertas de oro. Sus paredes eran de tablas cubiertas de oro
con bases de plata. En él habían tres
muebles.
El
primero, a la izquierda, era el candelabro de siete brazos, hecho de oro sólido,
con figuras de almendras, manzanas y flores.
Frente al candelero estaba la mesa de los panes.
Era de oro, con una cornisa alrededor y sobre
ella se colocaban dos hileras con los
panes de la proposición, los cuales eran cambiados cada sábado. En el centro, y frente al velo divisor,
estaba el altar del perfume.
El
mismo era de madera cubierta de oro y sobre él ardía el incienso diariamente.
El velo divisor estaba entre cuatro columnas de madera cubiertas de oro con capiteles y
bases de plata. Este velo era muy rico,
decorado con querubines y dividía el lugar santo del santísimo.
El compartimiento más importante del santuario
era el lugar santísimo o “santo de los santos”, puesto que allí se manifestaba
la presencia de Dios o la “santa Shekina”.
Tenía forma de cubo, pues medía unos 17 pies de ancho por 17 de largo y
17 de alto. En este había sólo un mueble: el arca del pacto.
<
Esta era una caja de madera cubierta de
oro. Sobre ella estaba el
propiciatorio, que era una plancha de oro sólido con una moldura
alrededor. Sobre este fueron colocados
dos querubines hechos de oro sólido. Con sus alas cubrían el arca y ambos miraban hacia abajo. Dentro del arca, y por orden de Dios, Moisés
colocó las dos tablas conteniendo lo 10 mandamientos, indicando que esta ley es
el fundamento del gobierno divino. Más tarde se puso dentro
de ella la vara de Aarón que reverdeció y un
recipiente con maná.
*
Los Servicios del Santuario
Los cultos del santuario se dividían en dos: el diario o “continuo”
y el servicio anual, llamado “la fiesta de la expiación” (Levítico 23:26). En el libro de Levítico encontramos las
diversas leyes respecto a los sacrificios.
Toda persona debía acudir al tabernáculo con una ofrenda por el
pecado. Si el individuo era rico, su
ofrenda había de ser un becerro. Otros
menos pudientes traían un cordero y los más pobres dos tórtolas o dos
palominos. Lo importante es sacrificar
a un animal que serviría de substituto del pecador. La persona ponía sus manos sobre la cabeza del animal, luego lo
sacrificaba y con su sangre el sacerdote rociaba el santuario, demostrando que
el pecado pasaba del individuo al animal y del animal al santuario. Esos pecados acumulados por todo el año
contaminaban el santuario y era necesario un culto especial para purificarlo.
Con el sumo sacerdote oficiaban 24 sacerdotes, los cuales
eran cambiados cada dos semanas. Cada
sacerdote tenía una obra que realizar en el servicio del santuario. Zacarías, padre de Juan el Bautista, era “de
la orden de Abías”, esto es, la orden del incienso. Algunos eran cantores,
que dirigían al pueblo en las alabanzas a Dios. El mover y armar el tabernáculo
era obra exclusiva de los sacerdotes. Todos ellos vivían en sus tiendas alrededor
del tabernáculo.
El libro de Levítico, en el capítulo 16, se presentan todos
los detalles de la festividad anual.
Luego de hacer un sacrificio “por sí y por su casa”, el sumo sacerdote
escogía dos machos cabríos y los presentaba frente al tabernáculo. Ambos no podían tener defectos. Luego echaba suerte sobre ellos, uno por
Jehová y otro por Azazel. La razón por
la cual los dos animales tenían que ser sin defectos era justamente eso: uno de
ellos representaría a Cristo. Este era
sacrificado y con su sangre se efectuaba la expiación.
Antes de proseguir con el interesante relato del día de la
expiación, es necesario saber quién era Azazel. La versión en el idioma latín de la Biblia, realizada por Jerónimo,
llamada “La Vulgata”, tradujo la palabra como “macho cabrío emisario”. Esto ha dado lugar a la teoría de que este
chivo, al igual que el otro, es símbolo de Cristo. Pero la literatura judía nos dice que Azazel es “un demonio del
desierto”. (Vea apéndice.)
Con la sangre del macho cabrío el sumo sacerdote entraba, por
única vez en el año, al lugar santísimo.
El derramaba parte de la sangre sobre el propiciatorio, y estaba un buen
tiempo allí, confesando lo pecados del pueblo e implorando la misericordia
divina. Mientras él estaba en el lugar
santísimo, el pueblo alrededor, dirigido por los sacerdotes, hería sus pechos y
confesaba sus pecados. Este día era tan
solemne, que era la única fiesta donde se requería humillación (Levítico 23:26-30).
Por no poder hacer obra alguna en
ese día, este era llamado “sábado”.
Al terminar su obra frente al arca del pacto, el sacerdote
salía y purificaba los muebles del
santuario y luego, fuera del tabernáculo,
confesaba los pecados ya expiados sobre la cabeza del otro macho cabrío y lo
enviaba al desierto por un hombre escogido de la congregación. Sin agua ni comida animal moría al poco
tiempo. Tradiciones judías dicen que
era despeñado para que muriera. Este animal
no podía representar a Cristo porque no era sacrificado. No expiaba el pecado, sino que cargaba con
la culpa de ellos.
Algunos preguntan, ¿cómo es
posible que se haga una fiesta para expiar los pecados del pueblo si ya se
ofrecían sacrificios de expiación en los servicios diarios? La respuesta es sencilla: Todos los sacrificios que se ofrecían eran
efectivos dependiendo de lo que se realizaría el día de la expiación. He aquí la importancia de la celebración de
ese día especial. Aun hoy los judíos
celebran esa fiesta a la que llaman “El Día del Perdón”. En el idioma hebreo el nombre es “Yom Kippur”,
lo que puede entenderse como “El Día del Juicio”.
* El
Simbolismo del Santuario
El santuario y sus servicios estaba cargado de
simbolismos. El mismo santuario
representaba a Cristo. Por fuera era poco agradable, pero por dentro era
deslumbrante. El oro de las tablas y
los muebles reflejaba la luz de las luminarias del candelero. Los ricos bordados de las cortinas, todo era una obra de arte. Esto
simboliza la grandeza
de Cristo. Él
dejó su gloria celestial para venir a este oscuro mundo a convivir con
una humanidad caída. Él veló su
Divinidad con humanidad.
El altar de bronce representa el sacrificio de Cristo. La fuente de bronce representa la purificación que Jesús hizo por
nosotros. Algunos ven en ella un símbolo
del bautismo. Esta fuente o lavatorio
fue construida con los espejos de bronce que las mujeres hebreas trajeron de
Egipto. Es interesante que Santiago compara la ley de Dios con un espejo. La
violación de los preceptos del Decálogo nos convierte en pecadores. Al acudir a Cristo, recibimos la limpieza de
nuestras faltas.
El candelero representa a Cristo que es “la luz del mundo”. En Apocalipsis Cristo dice que las luminarias
representan a la iglesia, a quien Él le dijo: “Vosotros sois la luz del mundo.” La mesa de los panes también representa a
Cristo, que es “el pan de vida”. El
altar del incienso es símbolo del sacrificio de Cristo. También Apocalipsis dice que el incienso
representa “las oraciones o acciones justas de los santos”.
El arca representa el trono de Dios. Dentro de ella fueron colocadas las dos
tablas conteniendo los diez mandamientos.
Esta santa ley es el fundamento del gobierno de Dios.
Mientras el pueblo de Israel viajaba por el desierto, el
santuario era armado y desarmado a la
orden de Dios. Esta orden divina era
evidenciada por la nube o el fuego que se levantaban o asentaban en lugares
diversos. Veamos esta interesante cita:
…Y según se alzaba la nube del tabernáculo, los hijos de
Israel se partían: y en el lugar donde la nube paraba, allí alojaban los hijos
de Israel. Al mandato de Jehová los
hijos de Israel se partían; y al mandato de Jehová asentaban el campo todos los
días que la nube estaba sobre el tabernáculo, ellos estaban
quedos. Y cuando la nube se detenía
sobre el tabernáculo muchos días, entonces los hijos de Israel guardaban las
ordenanzas de Jehová, y no partían. Y cuando sucedía que la nube estaba sobre
el tabernáculo pocos días, al dicho de Jehová alojaban, y al dicho de Jehová
partían… O si dos días, o un mes, o un
año, mientras la nube se detenía sobre el tabernáculo, quedándose sobre él, los
hijos de Israel se estaban y no se movían: mas cuando ella se alzaba, ellos movían
(Números 9:15,18-22).
Hay unas palabras que Moisés decía al moverse el
Santuario, que son
un cántico a Dios:
“Cuando el arca se movía, Moisés decía: ¡Levántate,
Jehová! ¡Que sean dispersos tus
enemigos y huyan de tu presencia los que te aborrecen! Y cuando ella se detenía, decía: ¡Descansa, Jehová, entre los millares de
millares de Israel.” (Números
10:35,36) El pueblo israelita tenía
gran respeto por el santuario y todos sus muebles. Sólo los Levitas podían trasladar, armar y desarmar las piezas
del tabernáculo.
* El
Santuario Celestial
En el capítulo siguiente veremos la visión que Juan tiene del
Santuario celestial. Esta expresión la
sacamos de las muchas veces que la epístola a los Hebreos la menciona. Veamos este texto:
Así que, la suma de lo dicho es: Tenemos tal pontífice que
se sentó a la diestra del trono de la majestad en los cielos; ministro del santuario, y de aquel verdadero
tabernáculo que el Señor asentó y no hombre (Hebreos 8:1,2).
Cuando a Moisés se le ordenó construir el tabernáculo, estas
fueron las palabras de Dios: “Y mira, y
hazlos conforme a su modelo que te ha sido mostrado en el monte” (Éxodo
25:40). Por lo tanto, el Santuario que
Moisés construyó era una copia del “verdadero tabernáculo” el cual está en el
cielo. Este Santuario es “el
más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es a saber, no
de esta creación” (Hebreos 9:11).
La realidad del Santuario celestial la vemos a menudo en Apocalipsis. En el capítulo 1ro. Juan ve a Cristo entre
siete candeleros, que es mueble del lugar santo. En el capítulo 6 pueden verse las “almas bajo el altar”, expresión
referente al altar de los sacrificios.
Luego, en el capítulo 8:3,4, se menciona el altar del incienso y en el capítulo 11:19 se habla del “arca de su
testamento”. El capítulo 16 y el verso
17 menciona “el templo del cielo”. El Capítulo 15:5 habla del momento en
que “el templo del tabernáculo del
testimonio fue abierto en el cielo”, alusión al fin del ministerio sacerdotal
de Cristo.
Estando en la tierra, Cristo no ministró en el templo, donde
se hallaban los muebles del Santuario. Él
no era de la familia de Leví, ni
descendiente de Aarón; por lo tanto no tenía derecho a ejercer el
sacerdocio. Sin embargo, Pablo menciona
el sacerdocio de Cristo como del “orden
de Melquisedec” (Hebreos 6:20). ¿Por qué? Para ministrar en el Santuario del cielo,
Cristo tenía que ser revestido de Sumo Pontífice. Como no descendía de Aarón, Dios le concede un título mayor, la
descendencia de Melquisedec.
No hay un personaje más extraño e interesante que Melquisedec.
Aparece en la Escritura de forma
fugaz. Se le da el título de “Rey de Salem”, lo cual significa “Rey de
paz”. Se dice de él que era “sacerdote
del Dios Alto”. Abraham lo reconoce como
mayor que él al darle los diezmos del despojo de la guerra y recibir de él la bendición. Es hermoso saber que el sacerdocio de Cristo
viene de este linaje.
Mientras estuviera el santuario terrenal, y se llevaran a
cabo en él sacrificios de animales, el Santuario celestial no estaba en
vigencia. Una vez Cristo muere, y se
rompe el velo del templo, comienza una nueva era, que la Biblia llama “el Nuevo
Pacto”. El templo judío pierde su
importancia y la vista de todo creyente es puesta en el cielo, donde Cristo, nuestro Sumo Pontífice
ministra en su favor.
La unción de Jesucristo como Sumo Sacerdote del Santuario
celestial se efectuó unos días después de su ascensión. El momento del derramamiento del espíritu
Santo en Pentecostés fue la señal de que Cristo estaba siendo glorificado (Vea
Juan 7:38,39).
Como el sumo sacerdote en el culto levítico era asistido por
24 sacerdotes, Juan ve a 24 ancianos (ministros) sirviendo con el Cordero en el
Santuario del cielo. (Vea comentario de Apocalipsis 4.)
Así como el sacerdote ministraba en el servicio diario o “continuo”, Cristo estuvo ministrando en
lo que equivale al lugar santo por algún tiempo. No es que Jesucristo no tuviera acceso al lugar santísimo del
santuario celestial. Como Hijo de Dios
y parte de la Divinidad celestial, Cristo se sentó a la diestra de Dios, el
Padre. Ese lugar donde está el trono es
el lugar Santísimo y le pertenece, como Soberano del universo. Pero su labor sacerdotal se limitó al lugar santo, hasta que en algún
momento entraría a su obra final de expiación en el lugar Santísimo, ya como
el sumo Sacerdote. ¿Nos dice la Biblia
cuándo entró Cristo en la segunda fase de su ministerio? Sí.
Basta con estudiar las profecías de Daniel 7,8 y 9.
* La
Visión de Daniel 8
Dos años después de la visión de las cuatro bestias, Daniel
nos presenta otra visión. Esta vez ve
un carnero que, aunque tenía dos cuernos, uno se levantaba más que
el otro. Este carnero es vencido por un
macho cabrío, el cual tenía un cuerno notable entre sus ojos. El ángel Gabriel aparece para explicarle al
profeta la declaración de la visión.
Veamos las palabras del mensajero celestial:
He aquí yo te enseñaré lo que ha de venir en el fin de la
ira: porque al tiempo se cumplirá.
Aquel carnero que viste, que tenía cuernos son los reyes de media y de
Persia. Y el macho cabrío es el rey de
Javán (Grecia): y el cuerno grande que tenía entre sus ojos es el rey primero
(Daniel 8:19-21)
La frase “al tiempo se cumplirá” es traducida en otras
versiones como “el tiempo del fin”, expresión muy común en el libro de
Daniel. “El fin de la ira” y “el tiempo
del fin” es indicio de que esta visión
se ha de prolongar hasta el tiempo de las plagas y la segunda venida de Cristo.
Algunos intérpretes han tratado de ubicar estos
acontecimientos, en días de Antíoco Epífanes y los Macabeos, cosa que es
imposible, si visualizamos el alcance de la visión. Otros tratan de reinterpretar Daniel 8 a la luz de
acontecimientos recientes, aduciendo que la visión es para el fin de los tiempos. Insistimos en que parte de la visión es para
el fin, pero no podemos olvidar la parte histórica, que nos ayuda a ubicarnos
correctamente en la profecía.
“El rey primero” de
Grecia es Alejandro Magno, hijo de Filipo, rey de Macedonia. Al morir este, indicado en la profecía
cuando estaba “en su mayor fuerza”, surgen cuatro otros cuernos “hacia los
cuatro vientos del cielo”, alusión a los cuatro puntos cardinales. En profecía los cuernos representan reyes o
reinos. La muerte de Alejandro a la
corta edad de 32 años, dejó a Grecia sin caudillo, ya que el rey no dejó hijos
legítimos. Luego de varios años de
lucha y confusión, los cuatro generales
de Alejandro: Casandro, Lisímaco, Seleuco y Ptolomeo se dividieron el
territorio griego. “Ptolomeo tenía a
Egipto, Palestina y parte de Siria: Casandro dominaba Macedonia con soberanía
nominal sobre Grecia: Lisímaco tenía
Tracia y una gran parte de Asia Menor: y Seleuco poseía la mayor parte de
lo que había sido el imperio Persa:
parte del Asia Menor, el norte de Siria, Mesopotamia y el oriente” .
Una gran potencia política aparece luego de la hegemonía de
los cuatro cuernos. Esta es
representada por otro cuerno que surge.
Veamos el texto: Y del uno de ellos surgió salió un cuerno
pequeño, el cual creció mucho, al mediodía, y al oriente, y hacia la tierra
deseable (Daniel 8:9).
Pareciera decir que este cuerno sale de uno de los cuernos
anteriores, pero la
parte final del
verso 8 dice
que estos cuernos salían “hacia los cuatro vientos del cielo”, cosa que
corrobora Daniel 11: 4. Es de uno de
esos “vientos” que surge ese cuerno o imperio.
La preponderancia de este reino es tal que se le asigna gran parte de la
profecía.
Decir que ese
cuerno es Antíoco Epífanes es imposible, ya que este era parte de los Seleúcidas,
que era uno de los cuatro reinos.
Ciertamente Antíoco fue sumamente cruel contra los judíos y profanó el
templo, pero la profecía apunta hacia un poder mucho mayor y destacado
ampliamente en Daniel y Apocalipsis.
De uno de esos “vientos” aparece en el escenario histórico
Roma. Pero la profecía no se limita a
la Roma de los césares, sanguinaria y perseguidora de la naciente iglesia
cristiana. También, y con más énfasis
en la profecía, ese cuerno se refiere a Roma papal, la cual existe desde
comienzos del siglo 6to. de la era cristiana hasta nuestros días. Los versos 9-12 y 23-25 describen
asombrosamente a este poder religioso-político.
En la interpretación que el ángel da en el verso 23, dice que
este gran cuerno surgirá “cuando se cumplirán los prevaricadores”. Esta expresión es una obvia alusión a Roma
pagana. Este imperio cayó en el 476 de
la era cristiana, pero ya desde mediados del siglo 4to., cuando Constantino mudó
la capital del imperio al Bósforo. el obispo de Roma comenzó a destacarse como
un líder político. La historia medieval
está llena de datos sobresalientes de
la soberanía papal, así como sus persecuciones implacables contra diversos
grupos cristianos. Una comparación
entre el cuerno pequeño que crece en Daniel 7,
este cuerno de
Daniel 8 y la bestia de
Apocalipsis 13, nos lleva a la certeza de que se refiere al papado. Son tantas y tan claras las semejanzas que
no tenemos otro camino a seguir, sino el de identificar a este gran poder político
con Roma papal. (Lo veremos en el comentario del capítulo 13 de Apocalipsis).
La terrible obra de este cuerno, de levantarse contra “el príncipe
de la fortaleza”, quitar “el continuo”,
echar por tierra “el santuario” y de destruir “al pueblo de los santos”, hace
que haya gran conmoción entre los santos ángeles del cielo. Daniel está maravillado mientras escucha un
diálogo entre dos “santos”:
Y oí a un santo que hablaba y otro de los santos dijo a aquel
que hablaba: Hasta cuándo durará la visión del continuo sa crificio y la
prevaricación asoladora que pone el santuario y el ejército para ser hollados?
(Daniel 8:13)
“La prevaricación asoladora”
o “prevaricación del asolamiento” se refiere al cuerno o
Anticristo. El mismo Jesús mencionó a
este poder como futuro en la profecía de Mateo 24. Por lo tanto no puede referirse a Antíoco Epífanes ni otro reino
posterior, sino a uno que vendría más tarde en la era cristiana.
La pregunta de uno de los ángeles trae la interesante
respuesta del otro: Y él me dijo: Hasta dos mil y trescientos
días de tarde y mañana; y el santuario será purificado (Daniel 8:14).
¿Qué significa esta purificación del santuario? Obviamente no se refiere al santuario o
templo de Jerusalén el cual estaba en ruinas tanto como la ciudad. Tampoco puede referirse al templo que sería
más tarde reedificado. Otra cosa interesante es que no puede referirse a días
literales, ya que la cifra de 2,300 tardes y mañanas, apenas llegan a 6 años y
20 días, tiempo imposible para la obra de restauración del templo y reanudar
los sacrificios, si es que se quiere tomar la porción de la profecía como
literal.
Muchos objetan el estudio de este tema, aludiendo que no es
importante. Pero todo estudioso de las
profecías sabe que estas profecías de tiempo sí son importantes. No es un mero juego de números, sino un
mensaje importante de parte de Dios.
La expresión “tarde y mañana” debe tomarse como plural. Así la traducen algunas versiones bíblicas. La palabra “día” ha sido introducida en el
texto por algunos traductores por entender que estas palabras representan
justamente eso.
En ningún lugar del
capítulo 8 se halla algo que explique el misterio de las “tardes y mañanas”. El ángel se limita a decir a Daniel:
Y la visión de la tarde y la mañana (los 2,300 días) que está dicha es
verdadera; y tú guarda la visión,
porque es para muchos días (verso 26)..
Es interesante notar la importancia que el mensajero del Señor
da a esta porción de la visión, diciendo que
“es para muchos días”, o para un término largo. Además se le pide al vidente que la
guarde. ¿Qué significa esto? La visión es muy importante y Daniel debe
estar consciente de sus palabras. Pero, ¿Y que significa?
El capítulo 8 termina con Daniel “enfermo”, y luego de su
convalecencia continuó con su trabajo en la corte del rey. En cuanto a la visión de las “tardes y mañanas”,
se nos dice que él “estaba espantado acerca de la visión, y no había quien la
entendiese”.
Daniel, como la mayoría de los judíos, estaba ansioso porque
Jerusalén fuese restaurada y el templo de Jehová fuese de nuevo el centro del
culto al Dios del cielo. El capítulo 9
nos presenta a Daniel buscando luz para entender la porción de la visión que le
preocupaba. Siendo que la parte de la
visión que no entendía tenía que ver con tiempo, se nos informa que él miró “atentamente
en los libros el número de los años del cual habló Jehová al profeta Jeremías
que había de concluir la asolación de Jerusalén en setenta años” (Capítulo
9:2). Es claro que el estudio no le
ayudó mucho y recurre al arma más eficaz de los hijos de Dios: la oración. Los versos 4 al 19 recogen la oración
sincera de este siervo de Dios. Entre
alabanzas a Dios y confesión del pecado, Daniel menciona lo que es el corazón
de su oración: “Jerusalén, tu santo
monte” y “el santuario asolado”. En
cuanto a pedido, podemos ver el amor de este profeta por su pueblo, al concluir
su oración, diciendo:
Oye, Señor, oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y
haz; no pongas dilación, presta oído,
Señor, y haz; no pongas dilación, por amor de ti mismo, Dios mío: porque tu nombre es llamado sobre tu ciudad
y sobre tu pueblo (verso 19).
Como respuesta inmediata al pedido del profeta, el ángel
Gabriel es enviado de nuevo a ayudarle.
Veamos las significativas palabras del mensajero del cielo:
Daniel, ahora he salido para hacerte entender la declaración. Al principio de
tus ruegos salió la palabra, y yo he salido para enseñártela, porque tú eres
varón de deseos. Entiende pues la
palabra y entiende la visión (versos 22,23).
El ángel fue enviado al profeta para hacerlo entender “la
visión”. ¿A qué visión se refería? En los versos 1-19 no hay visión alguna, mas
bien una oración. La única respuesta
posible es que el ángel viene en ayuda de Daniel para que entienda la porción
de la visión registrada en el capítulo 8: los 2,300 días. Pero Gabriel le menciona otra cifra. Veamos:
Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu
santa ciudad, para acabar la prevaricación, y concluir el pecado, y expiar la
iniquidad, y para traer la justicia de los siglos, y sellar la visión y la
profecía, y ungir al santo de los santos (verso 24).
La palabra traducida “determinadas” también significa “cortadas,
substraídas o descontadas”. Lo que
obviamente indica que esta nueva cifra de tiempo debe ser descontada de los
2,300 días. Setenta semanas equivalen a
490 días, que, descontándolos de los 2,300 nos quedan 1810 días. Es también claro que tanto los 2,300 como
los 490 días se refieren a años. La razón
es simple: los acontecimientos descritos
que habrían de suceder en las setenta semanas tienen relación con el sacrificio
de Cristo, que acontecería unos cinco siglos más adelante. Además no es la primera vez que Dios usa ese
sistema. Lo vemos en Números 14:34 y
Ezequiel 4:6.
El punto de partida para ambas cifras es “la salida de la
palabra para restaurar y edificar a Jerusalén”
(verso 25). Hubo tres decretos
de reyes Medo persas para la reedificación de la ciudad de Jerusalén; el de Ciro, en el 536 AC.; el de Darío, en
el 519 AC. y el de Artajerjes en el 457 AC.
Aunque con los dos primeros decretos hubo un grupo numeroso de judíos
que fueron a reedificar la ciudad, la obra quedó inconclusa por diversos
problemas. Algunos indican que el punto de partida debe ser el primer decreto,
el de Ciro, ya que la profecía de Isaías presentaba a este como el que habría
de liberar a su pueblo cautivo. Es
cierto que Ciro hizo esa obra, pero, ¿por qué la profecía apunta hacia tres
decretos? Además, partiendo del año del
decreto de Ciro jamás se podrá colocar las partes de la profecía de las 70
semanas en fechas correctas. Fue el decreto de Artajerjes, descrito en el capítulo
7 de Esdras, el más completo y definitivo.
Artajerjes subió al poder en el año 464 AC, por lo tanto el año
séptimo de su reinado fue el 457 (Vea
apéndice). Según Esdras 6:14, los
judíos “edificaron, por el mandamiento del Dios de Israel y por el mandamiento
de Ciro, y de Darío, y de Artajerjes, rey de Persia” (Esdras 6:14). Los dos primeros eran prácticamente iguales,
más bien el de Darío confirmaba el de Ciro, pero el de Artajerjes contenía, no
sólo el permiso oficial para la obra de
reedificación de la ciudad y el templo, sino que, además, concedía a Esdras
autorización para restaurar el culto a Dios y establecer un gobierno autónomo en toda la región. Dio a Esdras una guardia personal, su propia ofrenda para los
sacrificios del templo y cartas para los gobernadores de alrededor para que, no
sólo permitieran la obra, sino que, además, les proporcionaran todo lo que
Esdras demandare, “hasta cien talentos de plata, y hasta cien coros de trigo, y
hasta cien batos de vino, y hasta cien batos de aceite, y sal sin tasa” (Esdras
7:22).
La profecía asignaba para la obra de reedificación y
edificación 7 semanas, o 49 años (Daniel 9:25). Comenzando en octubre del año
457 AC, llegamos al 408 AC.
Luego, “hasta el Mesías Príncipe”, tomaría 62 semanas o 434 años. Notemos que esta cifra es mayor, lo cual
indica que tomaría unos años de la era cristiana. Al restar 408 de 434, tenemos 26 años. Pero al cruzar de era AC. a DC. hay que añadir un año, ya que no
existe un año 0, por lo tanto llegamos al 27 DC. En este año, siendo Jesús “como de treinta años” (Lucas 3:22),
comenzó su ministerio indicando: “El
tiempo es cumplido y el reino de Dios está cerca: arrepentíos y creed al
evangelio” (Marcos 1:15). Obviamente
el tiempo que se había cumplido es el del aparecimiento del Mesías (Cristo, en
griego).
Alguien podría preguntar por qué Jesús contaba 30 años en el
año 27, siendo que la era DC. debe comenzar con el año 1 en que Jesús nació. El problema es que el contar AC y DC se
comenzó para el siglo 4to. Un hombre
llamado Dionisio el Exiguo hizo la tremenda obra de calcular las fechas, partiendo
de los reinados de los monarcas y gobernadores de las diferentes naciones. Pero se equivocó en cuanto al nacimiento de
Cristo partiendo del año de la fundación de Roma. Se pudo hallar el error de Dionisio al corroborar que Herodes el
Grande, autor de la matanza de los niños de Belén, murió 4 años antes de Cristo
nacer, cosa que sería imposible. La
cronología del obispo Usher, que es la más difundida, coloca el nacimiento de
Cristo 4 años antes de la era AC. Sin
embargo, hay historiadores que la colocan 5, 6, 8 y más antes de la época
fijada. Creemos que la cronología de
Usher es la más creíble y más lógica.
Luego del año 27 en que se cumplieron las 7 y 62 semanas, nos
queda aún una semana para que se cumplan las 70 asignadas a los judíos y su ciudad. La profecía de Daniel 9 nos da unos claros
detalles: Y después de las sesenta y dos semanas se quitará
la vida al Mesías , y no por sí (verso 26).
¿Podría alguien dudar que ese “Mesías” se refiere a
Jesucristo? Siendo que esta profecía es
poco entendida y enseñada en el mundo religioso y otros le dan interpretaciones
forzadas, no falta quien diga que este “Mesías” es algún líder judío de la época
de los Macabeos. El problema con esta
interpretación es que dice que el Mesías no murió “por sí”. La versión Nácar Colunga vierte esta parte
del texto de la siguiente manera: “ sin
que tenga culpa”. ¿De quien quién puede
decirse eso sino de Cristo? Él no merecía
morir por cuanto nunca cometió pecado.
Pero su sacrificio en la cruz es garantía para todo pecador de que “Jehová
cargó en él el pecado de todos nosotros (Isaías 53:6)”.
¿Cuándo moriría el Cristo?
El texto dice que en algún momento luego del año 27 en que terminaron
las 62 semanas. El verso 27 nos da el
momento exacto: “A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda”. Partiendo de octubre del año 27 DC, llegamos
a abril del 31. En ese año, y en el mes
exacto, Cristo murió en la cruz del Gólgota.
El relato del evangelio de Mateo nos indica que “el velo del templo se
rompió, de alto a bajo”, indicando el cese del sistema de sacrificios. El verso 24, donde el ángel dice a
Daniel los acontecimientos que habrían
de suceder en las setenta semanas, menciona “acabar la prevaricación y concluir
el pecado”, lo que puede pasar sólo cuando Cristo consuma su sacrificio por el
pecado del hombre.
Además de sacrificarse por la raza caída, el Mesías habría de
“traer la justicia de los siglos”. Esta
expresión puede verse únicamente a través de la justificación por la fe de
Cristo, tema apasionante en las epístolas paulinas. Es inútil que el ser humano pueda hallar justificación por sí
mismo, aun guardando todos los mandamientos de la ley de Dios y los preceptos
mosaicos. “No hay justo, ni aún uno”, son palabras del salmista que Pablo repite
en Romanos 3:10. “Somos salvos por su
vida”, dice el apóstol en Romanos 5:10.
Es justamente la vida inmaculada del Cordero de Dios la que recibimos en
el instante que le aceptamos como Salvador.
Esa es “la justicia de los siglos” que se nos presenta en el clímax de
las 70 semanas de Daniel 9.
Aun queda la otra mitad de la última semana. “Y en otra semana confirmará el pacto a
muchos “ (Daniel 9:27). En octubre del
año 34 DC, al culminar el tiempo asignado a la nación judía, sucedió un evento
que nos muestra el cumplimiento de esta profecía. Los judíos apedrearon a Esteban, el primer mártir cristiano. Con este acto indicaron que, no sólo
rechazaban a Jesucristo como el Mesías,
sino a su mensaje y a su iglesia. Ese acto selló su rebelión contra Dios y su
Ungido y perdieron su lugar como nación de Dios. “El reino de Dios” les fue quitado “y dado a gente que haga los
frutos de él” (Mateo 21:43).
En Pentecostés, luego del discurso de Pedro, 3,000 judíos se
convirtieron al Evangelio. Estos constituyeron
el núcleo de la iglesia de Cristo.
Luego del apedreamiento de Esteban, se convirtió Saulo de Tarso y el
Evangelio llega a los gentiles, que son lo “muchos” que habla Daniel 9:27,
entre los cuales el “pacto” sería
confirmado. Una vez culmina el tiempo dedicado a los judíos, la nación de Dios
la componen todos los creyentes, tanto judíos como gentiles. Es por eso que Pedro anuncia
a la iglesia: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación
santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de Aquel que
os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9)”.
Según lo indicado por Gabriel, las 70 semanas eran
descontadas de los 2,300 días o años.
Al descontar los 490 de los 2,300 nos quedan 1810 años, que, añadidos al
año 34 nos llevan al 1844. ¿Qué debía
suceder al culminar los 2,300 años, según Daniel 8:14? El Santuario había de ser purificado.
Vimos que el santuario terrenal era purificado cada año en la
fiesta de la expiación. Aunque en el
ritual judío habían sacrificios de expiación, era necesario esta fiesta anual
para limpiar el santuario de las contaminaciones que se hacían
diariamente. Pero, como hemos visto, el
santuario estaba asolado, junto con el templo y la ciudad. Hacían muchos años que los sacrificios no se
realizaban. Por lo tanto esta
purificación en Daniel 8:14 tiene otro significado.
Una vez el Mesías muere, el santuario terrenal, con todo su
ritual, festividades y sacerdocio, pierde su vigencia, para dar lugar al
Santuario celestial, centro de la mediación de nuestro Sumo Pontífice: Cristo
Jesús. Según el sacerdote en el ritual
que era sombra de lo verdadero, tenía un ministerio dividido en dos faces, así Cristo, al ascender al cielo, comienza
su primera fase en lo que equivale al lugar santo. Esto no quiere decir, según lo expuesto anteriormente, que Jesús
no podía estar en el lugar santísimo, donde se encuentra el arca, símbolo del
trono celestial. Como Dios Él tenía
acceso a ese lugar, pero como sacerdote se limitó a lo que sería el lugar santo
del santuario celestial. Por eso Juan
lo ve entre los candeleros, desde donde
Él ministraba a su pueblo.
Esta parte de nuestra interpretación de Daniel 9 es
contradicha por algunos, alegando que Cristo entró al lugar santísimo al ascender
al cielo en el año 31. Basan su
interpretación en el texto de Hebreos 9:12, el cual dice que Jesús entró “una
sola vez en el santuario”. Esta versión
de la Biblia Reyna Valera es la del 1909, la que ha servido para traer el
mensaje de Dios por tantos años. Pero
la Sociedad Bíblica presentó una revisión en el 1960, donde presenta el texto
como que Cristo entró “una sola vez en el lugar santísimo”. Así también lo presentan otras versiones
modernas. Esa no es una traducción, mas
bien es una interpretación, ya que la misma
palabra griega que traducen como “lugar santísimo”, la traducen “santuario”
en otros lugares. Esa contradicción de
los revisores y traductores ha dado lugar a que muchos se confundan. Luego de su ascención, Cristo se “sentó a la
diestra de Dios” en el lugar santísimo”, puesto que ahí está el trono de Dios y
a Él le corresponde como miembro de la Divinidad. Pero como sacerdote entró en lo que equivale al lugar santo, para
iniciar su obra de intercesión por su pueblo.
Algo extraño es que el autor de la epístola a los Hebreos, a
pesar de que presenta tan ampliamente el ritual levítico, no menciona ni
remotamente dato alguno sobre Daniel 8 y 9, que tan claramente presenta el
asunto del santuario. ¿Cómo entender
esto? Sencillamente, el autor no tuvo
luz de parte de Dios para entender esos pasajes. Fue luego del 1798, año en que comenzó “el tiempo del fin”, que
las profecías de Daniel serían abiertas. (Vea Daniel 12:4.)
Apocalipsis 11:19 presenta la apertura de la segunda fase del
ministerio sacerdotal de Cristo: “Y el templo de Dios fue abierto en el cielo,
y el arca de su testamento fue vista en su templo.” Siendo que en la época neotestamentaria no existen los
sacrificios de animales, el santuario celestial se contamina mediante las obras
escritas en los libros, los cuales son abiertos en esta fase primera del juicio
(Daniel 7:10). El principal libro es el
de la vida, donde están escritos los nombres de todo los profesos
creyentes. El juicio, pues, es la
revisión de los nombres del libro de la vida, comparados con las obras
registradas en los otros libros. Jesús
es claro al indicar que los nombres pueden ser borrados, al decir: “Al que venciere, no borraré su nombre del
libro de la vida…” (Apocalipsis 3:5).
Desde 1844 Cristo está oficiando en el Santuario celestial,
en el lugar santísimo. Nosotros estamos
viviendo en la época de la expiación final.
El juicio comenzó por los muertos.
Así lo declara la profecía de Apocalipsis 11:18:
Y se han airado las naciones, y tu ira es venida, y el tiempo
de los muertos para que sean juzgados, y para que des el galardón a tus siervos
los profetas, y a los santos que temen tu nombre, a los pequeñitos y a los
grandes, y para que destruyas a los que destruyen la tierra.
Pronto terminará esta fase del juicio y comenzará por los
vivos. Tú y yo tenemos que comparecer
ante el tribunal de Cristo. Pero nada
tenemos que temer si contamos con nuestro Abogado Jesucristo. Él tomará nuestro caso y responderá por
nosotros.
Una vez cada caso sea juzgado, la obra sacerdotal de Cristo
terminará, se vestirá de sus ropas regias y se alistará para venir a la tierra
por los suyos.
El día de la expiación,
como hemos visto, termina cuando el sacerdote, una vez culminada su obra en el
lugar santísimo, salga afuera y eche los pecados expiados sobre el macho cabrío
escogido para Azazel. Este era
conducido fuera del campamento a un lugar desierto donde moría por falta de
agua y alimento. Esto se ha de cumplir
cuando Cristo eche los pecados sobre Satanás, una vez culmine la fase primera
del juicio. Durante el milenio, Satanás
estará en la tierra “desolada y vacía”, cargando con los pecados que hizo
cometer al pueblo de Dios. Finalizado
el milenio, él será destruido junto con sus ángeles y todos los impíos. Entonces la tierra será limpia para siempre
de toda contaminación y será la morada eterna de los redimidos de Jehová.