El Altar del Holocausto

(Exodus 27:1-8)

El Altar del Holocausto era lo primero que se veía al entrar por la Puerta exterior del tabernáculo al Atrio. Era una impresionante construcción: hecha de madera de acacia revestida con bronze. Medía 1.4 metros de alto sobre una base cuadrada de 2.3 metros.

La madera es una figura bíblica del hombre (Sal 1:1,3 y Jeremías 5:14). La madera de Acacia es fuerte, de buena calidad, figura de lo mejor de la humanidad de Jesús. El bronze en la Biblia es figura del Juicio de Dios, particularmente de su juicio sobre nuestros pensamientos rebeldes y nuestras murmuraciones en contra de Él (como en Números 16:29-40 y Judas11). Dado que la madera era cubierta de bronze, el Altar del Holocausto nos recuerda al hombre bajo el juicio de Dios por habérsele rebelado. Dado que se trata de madera de Acacia, entonces representa a Cristo sufriendo el juicio de Dios.

En el Altar del Holocausto el sacerdote sacrificaba varias Ofrenda a Dios; algunas ofrendas eran por sus propios pecados y por los pecados del pueblo. El punto era que por medio de esta ofrenda de holocausto, una persona llegaba a ser aceptada por Dios y perdonada (Levítico 1:4). La Ofrenda que se quemaba, tenía que ser un animal sin defecto. Esto fue cumplido por nuestro Señor Jesucristo, que al ser examinado por Pilatos declaró: "No encuentro ninguna culpa en Él" (Juan 18:38).

La sangre de la ofrenda era derramada alrededor de la base del altar, figura de lo que Cristo haría, cuya sangre preciosa se derramó hasta lo último cuando un soldado romano traspasó su costado con una lanza (Juan 19:34 y I Pedro 1:19).

La idea de derramar sangre es difícilmente aceptado en el siglo 20 por una sociedad como la nuestra. Alguna explicación puede ayudar a entender la perspectiva de Dios en la Biblia. En Ezequiel 18:4, Dios dice "Todas las almas son mias... Alma que pecare de seguro morirá". La paga del pecado es muerte (Romanos 6:23).

Esta es entonces la posición legal: le pertenecemos a Dios, El nos creó y le pertenecemos por derecho. Pero hemos hecho lo que hemos querido, viviendo nuestra vida sin tenerlo en cuenta: hemos pecado. Siempre tratamos de justificarnos y decir que nuestra naturaleza pecaminosa no es tan mala. Sin embargo ante los ojos de Dios todo cuenta, aun las cosas más pequeñas. Dado que nos hemos robado nuestras propias vidas de Dios, a quien le pertenecemos hemos pecado.

De acuerdo a la justicia requerida por la Ley por este pecado, deberíamos morir por nuestro pecado. Sin embargo, Dios ha dado una provisión: "La vida de la carne (de la ofrenda del holocausto o sacrificio) esta en la sangre, y "Yo se las he dado sobre el altar para hacer expiación por vuestras almas; porque es la sangre la que hace expiación por el alma" (Levítico 17:11,8). De allí, que alguien deba morir: sea la ofrenda para el holocausto en lugar del pecador ó el pecador mismo, una vida por una vida. Si la ofrenda muere, entonces (a travez de la vida que hay en la sangre) hay expiación por vuestra alma, es decir restauración a Dios a quien pertenecemos (Levítico 1:4).

Esto es el plan de Dios, Su Provisión. ¿Injusticia para el animal? Esto es porque al haber sido injustos con Dios, no viviendo para Él, se hace necesario una ofrenda. Y esto hay que tomarlo por la Fé:creyendo en la Provisión de Dios, al reconocer que no podemos hacer nada por nosotros mismos. Así como Abraham le dijera a Isaac en fé "Dios mismo proveerá un cordero para el sacrificio" (Génesis 22:8), y Él lo hizo: un cordero enredado en un árbol (Génesis 22:13) frente al Monte Moria (Génesis 22:2,14), que es el mismo lugar donde el templo se levanta hoy día, en Jerusalém. Para cumplir con todas estas indicaciones, Dios no guardó a su único Hijo (Génesis 22:16; Juan 3:16), el Señor Jesús, que fue el cordero ofrecido por Dios: El fue crucificado frente al Monte Moria en el año 33, "el cordero que quita los pecados del mundo" (Juan 1:29). Creed en Él. Al ver morir a Jesús, el mismo centurión Romano declaró: "Realmente, este hombre era Hijo de Dios" (Marcos 15:39).

Después que la sangre era derramada, la ofrenda del holocausto era totalmente consumida por el fuego, quedando sólo cenizas y el aroma. Estas cenizas eran retiradas del campamento a un "lugar limpio" (Lv 6:8-13). La ofrenda del holocausto era un agradable y dulce aroma para Dios (Lv.1:9,13,17) ya que hacía a la persona ser aceptada por Dios y perdonada (Lv.1:3-4). En Efesios 5:2, Pablo nos muestra claramente que la ofrenda del sacrificio fue una exacta figura del Señor Jesús, quien "nos amó y se dio asimismo por nosotros " en la cruz, "una ofrenda y un sacrificio de aroma agradable para Dios".

Salmos 22 describe gráficamente y proféticamente las aflicciones de Cristo en la cruz al momento de colocar Dios sobre Él los pecados de todo el mundo. Cristo sin haber pecado, representaba en ese momento al pecado de la humanidad y como Dios no admite el pecado en su presencia se alejó de Él (muerte espiritual) y Jesús al no precibrlo más se angustió y clamó "Dios mio, Dios mio, ¿Porqué me has abandonado?" (Salmos 22:1). En este Salmo se percibe la agonía del crucificado: "todos mis huesos se descoyuntaron (Salmos 22:14). Luego sigue el calor del fuego de la muerte: "Mi corazón es como cera; se ha derretido dentro de mí. Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar;" (Salmos 22:14-15) - la ofrenda del holocausto. En su último suspiro, la ofrenda es completada y Jesús grita "Todo está consumado" (Juan 19:30). "Él lo hizo!" (Salmos 22:31).

La parte final, el de llevar las cenizas a un lugar limpio se cumple al bajar el cuerpo muerto de Jesús de la cruz: "en el lugar donde Jesús fue sacrificado había un jardin y una tumba nueva en que nadie había sido enterrado. Allí pusieron el cuerpo del Señor" (Juan 19:41-42). Juan, un testigo ocular de todo esto, escribió "el que esto vio da testimonio y su testimonio es verdadero; y el sabe que lo que dijo es verdad para que ustedes también crean" (Juan 19:35).

Cuando estuvimos en la Puerta del cerco exterior oimos las palabras de Jesús "Yo soy la puerta. El que por mi entre, vivirá y entrará, y saldrá, y hallará pastos" (Juan 10:9). Jesús no es sólo la puerta, El también dijo "Yo soy el Buen Pastor" (Juan 10:11), para ayudarnos a entrar por esa puerta. Y más aún todavía: "El Buen pastor su vida da por la ovejas" (Juan 10:11), así que Jesús es la ofrenda para el holocausto en el altar del holocausto tan pronto como cruzamos por esa puerta.

Por derecho le pertenecemos a Dios: somos su pueblo y las ovejas de su prado, el rebaño a su cuidado, oyendo su voz (Salmos 95:7). El problema está en que nos hemos rebelado contra Dios nuestro Creador, no hemos oido su voz. El destino normal para toda oveja que entraba en el Tabernáculo era ciertamente la muerte. Sin embargo Jesús ha puesto su vida por nosotros, que somos sus ovejas. Cuando el lobo de la muerte viene, Jesús no huye, como lo haría un pastor asalariado, que no son dueños del rebaño (Juan 10:12-13). En las propias palabras de Jesús "Yo soy el Buen Pastor; y conozco a mis ovejas, ... Y mi vida doy por las ovejas" (Juan 10:14-15). Y las ovejas a quien Él se refiere no son sólo de la casa de Israel "también tengo otras ovejas que no son de este redil. A ellas también debo de traer y oirán mi voz. y todos los rebaños serán uno y uno sólo el pastor" (Juan 10:16).

Estas son las buenas noticias del Altar del Holocausto: sin importar que seamos judíos o gentiles, todos estamos bajo juicio de Dios por nuestra mala forma de pensar, hablar y hacer. Sin embargo, el Señor Jesús, "El no hizo pecado, ni se halló pecado en su boca" (I Pedro 2:22) llegó a ser la ofrenda sacrificado por nosotros. Al creer en su muerte, "llevando nuestros pecados en su cuerpo a la cruz" (I Pedro 2:24), llegamos a ser aceptados por Dios, restituidos al Pastor y su rebaño (I Pedro 2:25). Luego podemos entrar a sus atrios con alabanza y acción de gracias (Salmos 100:3-4).

Un cordero era ofrecido en el Altar del Holocausto cada mañana y cada atardecer (Exodo 29:38-42). Aprendamos a venir a este altar cada día a confesar nuestros pecados a Dios y recuerde (mediante acción de gracias y alabanza, Hebreos 13:15) que el Señor Jesús murió en tu lugar para perdonarte y limpiarte de todo pecado mediante su sangre (I Juan 1:7-9; Hebreos 8:12; 9:14), para que vivas no para tí sino para Él (II Corintios 5:15).

Ex. 20:24-26; Deut. 27:5-7;


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