APOCALIPSIS 4-5 A LA LUZ DE LA BIBLIA

 

El primer paso que debemos dar en nuestro estudio, es el de buscar com­prender la visión de Juan dentro de su contexto inmediato (el del Apocalip­sis mismo) y mediato (el del resto de la Biblia). No es sino compenetrándo­nos del pensamiento del autor y de su trasfondo bíblico, que podremos cap­tar realmente su mensaje.

Siendo que la visión que nos proponemos estudiar es tan abarcante, y hay tanto involucrado en las imágenes proyectadas, buscaremos aferramos aquí a dos objetivos aparentemente contradictorios. Por un lado, trataremos de exponer el contenido y mensaje de la visión de la manera más sencilla posible sin perder, por otro lado, lo esencial de su riqueza. Para éllo tendre­mos que prescindir del análisis y crítica detallados y atenemos a una consideración lo más pura posible de las evidencias bíblicas.

La relación de Apoc 4-5 con otras visiones del Apocalipsis.

La visión que Juan tuvo de la corte celestial reaparece varias veces y de distintas maneras a lo largo de todo su libro. Esto hace que muchos intér­pretes modernos estén ubicando los capítulos 4 y 5 del Apocalipsis en el centro y corazón mismo del libro. Es imposible comprender todas las di­mensiones de las diferentes visiones que se dan en el Apocalipsis, si no se entiende la naturaleza de la visión que tiene como protagonistas principales a Dios como Creador, y al Cordero como Redentor.

En Apocalipsis el palacio y el templo son una misma cosa, y sé encuen tran en la Nueva Jerusalén, la ciudad del nuevo David. Siendo que el Hijo de Dios es al mismo tiempo rey y sacerdote, la llave de David se refiere a su autoridad única para abrir la puerta del juicio, esto es, la puerta del lugar santísimo (véase Apoc 11: 18-19), que a su vez es la antesala de su corona ción sobre la Nueva Jerusalén al final de los siglos (Apoc 11:15-17; 19:7-8,11-12; Mat 22:1-14; Luc 12:36-37). Nadie podrá entrar ni en el templo, ni en su palacio ni en su ciudad sin su autorización (Apoc 3:7-8,12). Esto es lo que aparece en forma clara en los mensajes y advertencias de Jesús a las iglesias. Es solo él quien podrá darnos acceso al árbol de la vida (Apoc 2:7), y libramos de la muerte segunda (v. 10). Es sólo él quien podrá compartir con nosotros el maná escondido que está en el arca del pacto (v. 17; véase Heb 9:4), y su ""autoridad sobre las naciones"" (v. 26-27). No otro sino él podrá borrar o confesar nuestros nombres en la corte celestial, y otorgarnos las ropas blancas de la victoria (Apoc 3:5). ¿Quién sino él podrá establecemos para siempre en el templo celestial, y sellamos con su nombre y el nombre de su Padre, para identificamos eternamente con su ciudad ce lestial? (Apoc 3: 12). Es únicamente él quien nos dará la facultad de sentar nos con su Padre en su trono (Apoc 3:21). ¿No habría de angustiarse Juan cuando llega la hora de abrirse el libro de la herencia, y no puede ver por unos momentos al único en cielo y tierra que puede abrirlo para otorgarnos la recompensa prometida? (Apoc 5:2-5).

La puerta y el libro que sólo el Hijo del Hombre puede abrir (Apoc 3:7-8 y 5:1-5).El primer intérprete del Apocalipsis que conocemos, fue a su vez el pri­mero en notar la relación que hay entre la declaración del Hijo del Hombre en Apoc 3:7-8, con lo que se dice del Cordero en Apoc 5:1-5. Correctamen­te, Ireneo de Lión entendió que la llave de David, mediante la cual sólo el Hijo del Hombre puede abrir a su iglesia la puerta del juicio, es la que le da también la facultad única y exclusiva de tomar y abrir el libro sellado del Apocalipsis en el juicio. Ireneo dijo, literalmente: "'Todas las cosas me han sido dadas por Mi Padre...' Por esta razón la misma persona es el Juez de los vivos y los muertos; 'teniendo la llave de David, él abrirá: y ninguno cerrará; él cerrará, y ninguno abrirá.' Porque nadie puede, ni en el cielo ni en la tierra, o bajo la tierra, abrir el libro del Padre, o mirarlo, a no ser el Cordero que fue muerto, y que nos redimió con su propia sangre, recibiendo poder sobre todas las cosas del mismo Dios que hizo todas las cosas por la Palabra."

 

La puerta que sólo el Hijo del Hombre puede abrir, es la puerta que co­munica al lugar santísimo del santuario celestial, en donde se establece la corte divina para la obra final de juicio. Así como el sumo sacerdote terre­nal era el único que podía entrar en el Día de la Expiación al lugar santísi­mo, para completar su obra intercesora del año en favor de su pueblo (Lev16:2,15-17,29-34); así también Jesús anuncia la abertura de la puerta del segundo cuarto del templo celestial, que sólo él es capaz de abrir para com­pletar su obra intercesora en favor de su iglesia. Esta obra de juicio tiene el propósito de borrar los pecados del pueblo de Dios que se habían registrado en los libros del cielo (Dan 7:9-10; Is 43:25-26) o, en caso negativo, borrar sus nombres del libro de la vida (Ex 32:32; Apoc 3:5).

 

"La llave de David" y "la Raíz de David" (Apoc 3:7; 5:5).Esta relación entre la puerta que sólo el Hijo del Hombre puede abrir con "la llave de David," según Apoc 3:7, y el libro que sólo el segundo David podría abrir según Apoc 5:5, se ve reforzada por una terminología mesiáni­ca semejante. En efecto, tanto las llaves como el "testimonio" o libro de la ley y del pacto, eran un símbolo de autoridad que se otorgaba tanto a la rea­leza en relación con la casa real (2 Rey 11: 12; 2 Crón 23: 11 ), como al sa­cerdocio en relación con las puertas del templo (Deut 31 :9; 17:8-11; 1 Crón 9:27). Nadie podía entrar ni al palacio ni a la ciudad real sin la autorización del rey que podía delegarla a un mayordomo de confianza entregándole las llaves (Isa 22:20-22; véase 2 Rey 18: 18-37; Is 36:2ss). Tampoco podía alguien entrar en el templo sin la autorización sacerdotal que era conferida por el sumo sacerdote y por el rey (1 Crón 9:17-27; véase 2 Crón 23:4-7; Neh 11:19; Eze 46:1-3).

En Apocalipsis el palacio y el templo son una misma cosa, y sé encuen­tran en la Nueva Jerusalén, la ciudad del nuevo David. Siendo que el Hijo de Dios es al mismo tiempo rey y sacerdote, la llave de David se refiere a su autoridad única para abrir la puerta del juicio, esto es, la puerta del lugar santísimo (véase Apoc 11: 18-19), que a su vez es la antesala de su corona­ción sobre la Nueva Jerusalén al final de los siglos (Apoc 11:15-17; 19:7-8,11-12; Mat 22:1-14; Luc 12:36-37). Nadie podrá entrar ni en el templo, ni en su palacio ni en su ciudad sin su autorización (Apoc 3:7-8,12).

Esto es lo que aparece en forma clara en los mensajes y advertencias de Jesús a las iglesias. Es solo él quien podrá darnos acceso al árbol de la vida (Apoc 2:7), y libramos de la muerte segunda (v. 10). Es sólo él quien podrá compartir con nosotros el maná escondido que está en el arca del pacto (v. 17; véase Heb 9:4), y su "autoridad sobre las naciones" (v. 26-27). No otro sino él podrá borrar o confesar nuestros nombres en la corte celestial, y otorgarnos las ropas blancas de la victoria (Apoc 3:5). ¿Quién sino él podrá establecemos para siempre en el templo celestial, y sellamos con su nombre y el nombre de su Padre, para identificamos eternamente con su ciudad ce­lestial? (Apoc 3: 12). Es únicamente él quien nos dará la facultad de sentar­nos con su Padre en su trono (Apoc 3:21). ¿No habría de angustiarse Juan cuando llega la hora de abrirse el libro de la herencia, y no puede ver por unos momentos al único en cielo y tierra que puede abrirlo para otorgarnos la recompensa prometida? (Apoc 5:2-5).

 

La puerta abierta de Apoc 3:7-8 es la misma puerta que describe el Lugar Santísimo en Apoc 4: 1-3.Esta puerta abierta a la obra final de juicio en el lugar santísimo del tem­plo celestial, que el Hijo del Hombre pone delante de su iglesia (Apoc 3:7­-8), es la que aparece inmediatamente después de concluir su mensaje a las iglesias (Apoc 4: 1-3).

 

"Después de esto vi una puerta abierta en el cielo..., y vi un trono en el cielo, y uno sentado sobre él" (Apoc 4: 1 ,2).En otras palabras, el propósito del mensaje de Aquel que lo ve todo y co­noce a sus iglesias, es el de prepararlas para el juicio final que comenzará a describirse a partir de la siguiente visión.

"Hay Alguien que lo ve todo, y dice: 'He puesto delante de tí una puerta abierta' [Apoc 3:8]. A través de esta puerta se mostró el trono de Dios, som­breado por  el arco iris de la promesa [Apoc 4:1-3], la señal del pacto eter­no, mostrando que la misericordia y la verdad están juntas, y arrancando del que lo contempla alabanza al Señor,".

 La abertura del templo celestial en Apoc 11:19 y la puerta abierta en el cielo de Apoc 4: 1.Juan no ve la corte celestial de Apoc 4-5 durante las primeras seis trom­petas. Es durante la última y séptima trompeta que está relacionada con el fin y la época en que Dios asume su poder y reino, que Juan ve de nuevo a los ancianos de la corte, reconociendo el derecho que tienen tanto el Padre como el Hijo, de asumir su autoridad sobre los reinos de este mundo (Apoc 11: 15-17). Es también en esa época que se abre el templo celestial al Lugar Santísimo, para una obra final de juicio (Apoc 11: 18-19).

 

"La puerta abierta en el cielo revela el templo de Dios en el lugar santí­simo en donde está el arca, y en esta arca está la ley de los diez manda­mientos escritos con el dedo de Dios sobre tablas de piedra. La luz que brilla de la puerta abierta atrae la atención del pueblo de Dios, quien comienza a ver lo que contiene el arca-la ley de los diez mandamientos,"

La puerta abierta en el cielo nos muestra "lo que debe suceder después" del ministerio de Jesús en el Lugar Santo (Apoc 4:1; 1-3).

 

En la representación simbólica del santuario terrenal, los sacerdotes cumplían cada día con su tarea intercesora en su primer cuarto llamado lugar santo (Ex 27:20-21; 28:29-30,38; 30:7-8; Heb 9:6). Esa era la obra "continua" que debían realizar, y que en hebreo estaba expresada por la palabra tamid. Además de ofrecer el incienso aromático frente al altar de oro en el lugar santo, para que acompañase a las oraciones del pueblo (véa­se Apoc 8:3-4), los sacerdotes debían velar cada mañana y cada tarde para que las lámparas de los candelabros no se apagasen (Ex 30:1-3,6-8; Lev 24: 1-4; 1 Rey 7:49). Esto es lo que Juan ve hacer también a Jesús en su prime­ra visión. Lo ve en medio de los candelabros del santuario celestial, velando para que la fe de su iglesia no se apague (Apoc 1: 12-13,20).


 

Lugar santisimo             Lugar santo


 

 

 

Todos los que estaban compenetrados de los servicios del santuario terrenal sabían, sin embargo, que la intercesión "continua" en el lugar santo debía ceder su lugar a la obra final de expiación del año que el sumo sacer­dote desempeñaba en el lugar santísimo (Lev 16:2,29-30,34; Heb 9:7). Así, Juan ve también que, una vez que el Hijo del Hombre concluye su "conti­nuo" ministerio intercesor en el lugar santo, se abre una puerta que lo con­duce a su obra final de intercesión en el lugar santísimo. Juan lo expresa con palabras imposibles de hacer más claras.

"Después de esto vi una puerta abierta en el cielo. Y la primera voz que yo había oído, que hablaba como trompeta [Apoc 1: 10], me dijo: 'Sube acá, y te mostraré lo que ha de suceder después'" (Apoc 4: 1).

En otras palabras, la escena que se presenta en la segunda visión del Apocalipsis, debía suceder a la escena que se había revelado en la primera visión. Juan no es llevado hacia atrás, sino que sus ojos se proyectan hacia adelante, hacia lo que debía ocurrir después que Jesús concluyese su "con­tinuo" ministerio sacerdotal en el lugar santo.

Debemos tener en mente que durante los dos primeros siglos, la iglesia primitiva esperaba con ansias la ocasión cuando el Señor juzgase al mundo y volviese a la tierra para liberarla del imperio opresor. ” Por no dar sino un ejemplo, Justino Mártir, quien murió en la mitad del S. II, escribió lo siguiente en La Primera Apología, cap. LII (en ANF, 1, 180). "Siendo que hemos probado que todas las cosas que han pasado ya habían sido predichas por los profetas antes que ocur­riesen, debemos necesariamente creer también que aquellas cosas que están igualmente pre­dichas, pero que aún no han ocurrido, ciertamente ocurrirán... Porque los profetas proclama­ron dos advenimientos suyos: uno que ya ocurrió, cuando vino como un Hombre deshonra­do y sufriente; pero el segundo, cuando, de acuerdo a la profecía, vendrá del cielo con gloria, acompañado por su hueste angélica, cuando también levantará los cuerpos de todos los hombres que han vivido..." "Creemos en un hombre crucificado que él mismo... pasará juicio sobre toda la raza humana." Con qué expec­tación, pues, habrá contemplado el último apóstol que quedaba con vida, la corte celestial establecida en el lugar santísimo, y a Jesús compareciendo delante del trono para completar su obra intercesora mediante una labor de juicio (Apoc 4-5).


El llamado a Juan, "sube acá," conduce al siguiente ministerio en el Lugar Santísimo (Apoc 4:1-3;  1:12-13 y 11:12,15,19;  Véase Is 6:1).


Otro aspecto que llama la atención es la orden que el Hijo del Hombre da a su apóstol luego de revelársele en el lugar santo. "Sube acá," le dice, dentro de la puerta abierta, dentro del lugar santísimo, para que veas el tro­no de Dios y la corte celestial establecida en juicio.

Al recibir el llamado, "sube acá," y al ver luego el trono de Dios en el cuarto más interior del santuario celestial, Juan podía evocar inmediatamen­te la visión de ese trono que vio Isaías (véase también Jer 17: 12). En efecto, Isaías describió ese trono como siendo "alto y sublime," y escuchó como Juan en su visión, cómo proclamaban la santidad divina los querubines más allegados a la presencia de Dios (Is 6: 1-3; véase Apoc 4:8).


 

            Ancianos              

h     Trono                                                     "continuo sacerdocio"           Ap 1-3: Jesús entre 7 candelabros.


 

          Ancianos                                                                     Ap 4-5: "sube acá"; trono de Dios.

 

 

 

 


 

Más adelante en su libro, Juan vuelve a escuchar un llamado semejante, esta vez extendido a dos testigos que profetizaban en el lugar santo, antes del sonar de la séptima y última trompeta. Los dos testigos simbolizan el mensaje profético de la Palabra de Dios (el Antiguo y el Nuevo Testamen­tos), que los siervos de Dios poseen para dar al mundo.”  Los "dos testigos representan las Escrituras del Antiguo Testamento y del Nuevo... Du­rante la mayor parte de dicho período [cf. Apoc 11:3] los testigos de Dios permanecieron en obscuridad... No obstante, siguieron dando su testimonio durante todo el período de 1.260 años. Aun en los tiempos mas sombríos hubo hombres fieles que amaron la Palabra de Dios y se manisfestaron celosos por defender su honor. A estos fieles siervo de Dios les fueron dados poder, sabidurías y autoridad para que divulgarse  la verdad durante  todo este periodo."

 

 Ellos aparecen primero conectados con dos de los candelabros del santuario celestial (Apoc 11 :4). Sin embargo, al concluir su ministerio (v. 7), escuchan como Juan, una voz en el cielo que les dice: "subid acá" (v. 12).


 

     Ancianos

۩     arca                                                              "continuo sacerdocio"       Ap 11:3-11: los 2 candelabros.


 

    Ancianos                                                                                           Ap 11:12-19: "subid acá"; arca.

 


 

¿Cuál es el lugar representado por la expresión "acá"? Obviamente ese lugar está en el cielo, pero no en todo el cielo,. sino en un lugar específico del cielo. ¿En qué lugar del cielo? En el lugar representado por la séptima trompeta que se describe a continuación, y que conduce a la obra de juicio en el lugar santísimo, con la misma corte que el apóstol había visto en su segunda visión (Apoc 4-5), establecida para juzgar a los vivos y a los muer­tos (Apoc 11: 15-19; véase Heb 9:27).

¿Por qué suben allí? Porque su testimonio abierto y escrito en los cora­zones humanos (véase Mat 4:4; 2 Cor 3:2-3), debe ser revisado ahora en una corte de juicio, en cumplimiento de lo que Dios había anunciado a IsaÍas. " Así será mi Palabra que sale de mi boca, no va/verá a mi vacía, antes hará lo que yo quiero, y prosperará en lo que le ordené" (Is 55: 11).


 Los "relámpagos, truenos y voces" concluyen el mensaje a las siete iglesias (Apoc 4:5; véase 8:5; 11:19; 16:18).


 

Otro hecho que llama la atención al estudiar la visión del trono y de la corte celestial dentro del contexto del Apocalipsis, es el que aparece en Apoc 4:5. "Del trono salían relámpagos, truenos y voces." Una descripción semejante ve Juan al concluir cada séptuple serie profética del Apocalipsis, lo que nos transporta de nuevo a los eventos finales.

Por ejemplo, al concluir el séptimo sello, Juan vio "truenos y voces, relámpagos, y un terremoto" (Apoc 8:5; cf. v. 1).” El séptimo sello no es el silencio de solemnidad que se apodera en el cielo cuando final­mente el libro sellado termina de abrirse, sino lo que Juan ve al abrirse ese sello (Apoc 8:2­-5), como en los sellos anteriores ("vi"', Apoc 6:2,5,8,9,12). El séptimo sello tiene que ver, por consiguiente, con la intercesión celestial y los juicios divinos en forma de trompetas, que responden al clamor de los santos frente al altar (Apoc 8:2-4; cf. 6:9-10). Así entendieron muchos intérpretes esta visión a lo largo de los siglos. Véase, por ejemplo, W. Whiston, An essay on the Revelation 01 Sto John (London, 1744), 49-51, quien creía correctamente que 'el séptimo sello contenía las siete trompetas, y las siete plagas estaban incluidas en la séptima trompeta," cf. R. Stefanovic, 48. También Isaac Newton, Observations upon the Prophecies 01 Daniel and the Apocalypse 01 John (London, 1733), 254, 264-265, consideró el séptimo sello como conteniendo las siete trompetas”. Al concluir la séptima trompeta el apóstol ve otra vez "relámpagos, voces y truenos, y un terremo­to y una fuerte granizada" (Apoc 11:19; cf. v. 15). Nuevamente al llegar a la séptima plaga, descubrimos que ante la voz de Dios que sale del templo se suceden "relámpagos, voces y truenos, y un gran temblor de tierra..., y del cielo cayó sobre los hombres una enorme granizada..." (Apoc 16: 17-18,21).

En este contexto podríamos preguntamos por qué Juan no ve ni escucha esa misma manifestación en los mensajes de Jesús a las siete iglesias. La respuesta es sencilla. Juan es invitado a contemplar esa escena en la si­guiente visión que culmina el mensaje dado a las iglesias. En otras palabras, la visión del trono de Apoc 4-5 corona los mensajes de advertencia y de preparación para el juicio que el Hijo del Hombre da a las iglesias. Por esta razón se le dice que esa escena de juicio tendría lugar después del minis­terio anterior de Jesús revelado en el lugar santo (Apoc 4:1; véase 10:3-4).

 

7ma. iglesia - relámpagos, truenos, voces (Apoc 4:5).

7mo. sello - truenos, voces, relámpagos, terremoto (Apoc 8:5).

7ma. trompeta - relámpagos, voces, truenos, terremoto, granizo (Apoc 11: 19).

7ma. plaga - relámpagos, voces, truenos, terremoto, granizo (Apoc 16:18,21).

 

Juan no ve aún en Apoc 4-5, la repercusión en la tierra de los relámpa­gos y truenos que se dan en el cielo ante la voz de Dios. Esto nos muestra que estamos ante la ocasión en que "no sólo la tierra [como en el Sinaí], sino aún el cielo" debe ser sacudido por la manifestación de los decretos y sentencias divinas (Heb 12:26; véase Apoc 10:3-7). Los efectos en la" tierra se darían después que culminase la remoción de las cosas celestiales que debían ser sacudidas.

 

La "gran voz como de trompeta" (Apoc 1:10), llama a las iglesias a prepararse para el juicio de la siguiente visión (Apoc 4:1; véase Is 58).

El llamado de Cristo a las iglesias a prepararse para el juicio inminente que revelará en la siguiente visión, se ve reforzado por su "fuerte voz como de trompeta" en un día del Señor (Apoc 1: 10). El día del Señor era el sép­timo (Ex 20:8-11; Is 58: 13; Mar 2:28), lo que nos muestra que Jesús se re­vela a Juan como el Hijo del Hombre que señala a las iglesias el fin. Ese fin estaría enmarcado por una obra de juicio final, la que a su vez, antecedería al reposo celestial que los creyentes anticipaban cada séptimo día sábado en su adoración al Creador (Heb 4:4,9-13; Apoc 14:7).

Vemos también en el calendario prefigurativo de fiestas judías, que el día del juicio estaba precedido por un sonido especial de trompeta. Las trompetas recordaban a los israelitas la ocasión en que Dios promulgó su ley (Ex 19:16,19), y a Dios mismo su pacto de misericordia para con su pueblo en su obra final de juicio (Lev 23:24; véase Núm 10:10).12 Se tocaba la alarma al son de trompetas para que el pueblo se preparase para el juicio que iba a consumarse diez días más tarde en el Día de la Expiación (Lev 23:27-32).

De igual manera, los profetas de Dios fueron llamados en lo pasado a alzar su "voz como trompeta," para denunciar los pecados del pueblo y advertir acerca de la inminencia del juicio (Is 58:1ss; Eze 33:1-9,13-20). ¿Habría de extrañamos, pues, que en la primera visión (Apoc 1-3), Juan escuchase la voz de Jesús como una fuerte trompeta, llamando a su iglesia a prepararse, como en el día de las trompetas, para el juicio que se revelaría en la segunda visión (Apoc 4-5)? La trompeta se hacía sonar también en el Día de la Expiación (Núm 10: 10), razón por la cual la misma voz de Jesús que Juan había escuchado como fuerte trompeta, es la que lo llama ahora a subir a la escena final de juicio.

 

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