Estudio 23

24.El Domingo en la Biblia

Los Dos Pactos

Apreciado amigo:

 

Muchos han supuesto erróneamente que el antiguo pacto era la ley moral, los Diez Mandamientos, y que cuando el nuevo pacto fue ratificado, la ley fue anulada y puesta a un lado.  El antiguo pacto no era la ley de los Diez Mandamientos sino un acuerdo entre Dios y el pueblo acerca de la observancia de sus mandamientos.  La promesa de Dios fue: "Si obedeciereis viviréis".  Y el pueblo contestó: "Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho y obedeceremos" (Éxodo 24:7).  Esto era el acuerdo del pacto.  Se refería a la observancia de la ley de los Diez Mandamientos, pero no era la ley misma.  La ley era sólo el objeto del pacto (William H. Branson, “Drama of the Ages”, Pág. 359).

 

"Así como la Biblia presenta dos leyes, una inmutable y eterna, la otra provisional y temporaria, así también hay dos pactos...” (Elena G. de White, “Patriarcas y Profetas”, Pág. 386).

El nuevo pacto

“...El pacto de la gracia se estableció primeramente con el hombre en el Edén, cuando después de la caída se dio la promesa divina de que la simiente de la mujer heriría a la serpiente en la cabeza (Génesis 3:15).  Este pacto puso al alcance de todos los hombres el perdón y la ayuda de la gracia de Dios para obedecer en lo futuro mediante la fe en Cristo.  También les prometía la vida eterna si eran fieles a la ley de Dios.  Así recibieron los patriarcas la esperanza de la salvación" (Ibíd., Pág. 386-387).

 

"Este mismo pacto le fue renovado a Abrahán en la promesa: ‘En tu simiente serán benditas todas las gentes de la tierra ‘ (Gén. 22:18).  Esta promesa dirigía los pensamientos hacia Cristo.  Así la entendió Abrahán (Gálatas 3:8,16), y confió en Cristo para obtener el perdón de sus pecados.  Fue ésta la fe que se le contó como justicia.  El pacto con Abrahán también mantuvo la autoridad de la ley de Dios.  El Señor se le apareció y le dijo: "Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí, y sé perfecto".  El testimonio respecto de su siervo fiel fue: ‘Oyó Abrahán mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes’ y el Señor le declaró: ‘Estableceré mi pacto entre mí y ti y tu simiente después de ti en sus generaciones por alianza perpetua, para serte a ti por Dios, y a tu simiente después de ti’ “ (Gén. 17:1,7; 26:5, Elena G. de White, “Patriarcas y Profetas”, Pág. 387).

 

"Aunque este pacto fue hecho con Adán y más tarde se le renovó a Abrahán, no pudo ratificarse sino hasta la muerte de Cristo.  Existió en virtud de la promesa de Dios desde que se indicó por primera vez la posibilidad de redención.  Fue aceptado por fe.  No obstante, cuando Cristo lo ratificó fue llamado pacto nuevo.  La ley de Dios fue la base de este pacto, que era sencillamente un regalo para restituir al hombre a la armonía con la voluntad divina colocándolo en situación de poder obedecer la ley de Dios" (Ibíd.).

El antiguo pacto

"Otro pacto llamado en la Escritura el pacto ‘antiguo’ se estableció entre Dios e Israel en el Sinaí, y en aquel entonces fue ratificado mediante la sangre de un sacrificio (Éxodo 24:3-8).  El pacto hecho con Abrahán fue ratificado mediante la sangre de Cristo (Mateo 26:28) y es llamado el ‘segundo pacto’ o ‘nuevo pacto’ porque la sangre con la cual fue sellado se derramó después de la sangre del primer pacto.  Es evidente que el nuevo pacto estaba en vigor en los días de Abrahán, puesto que entonces fue confirmado tanto por la promesa como por el juramento de Dios (Génesis 22:16-18). ‘Dos cosas inmutables en las cuales es imposible que Dios mienta’ “ (Hebreos 6:13-18 Ibíd., Pág. 387-388).

 

"Pero si el pacto confirmado a Abrahán contenía la promesa de la redención, ¿por qué se hizo otro pacto en el Sinaí?  Durante su servidumbre, el pueblo había perdido en alto grado el conocimiento de Dios y los principios del pacto de Abrahán.  Al libertarlos de Egipto, Dios trató de revelarles su poder y su misericordia para inducirlos a amarle y a confiar en él.  Los llevó al mar Rojo, donde perseguidos por los egipcios, parecía imposible que escaparan para que pudieran ver su total desamparo y necesidad de ayuda divina; y entonces los libró.  Así se llenaron de amor y gratitud hacia él y confiaron en su poder para ayudarles.  Los ligó a sí mismo como su libertador de la esclavitud temporal" (Ibíd., Pág. 388).

 

"Pero había una verdad aún mayor que debía grabarse en sus mentes.  Como habían vivido en un ambiente de idolatría y corrupción no tenían un concepto verdadero de la santidad de Dios, de la extrema pecaminosidad de su propio corazón, de su total incapacidad para obedecer la ley de Dios, y de necesidad de un salvador, todo esto se les debía enseñar" (Ibíd.).

 

"Dios los llevó al Sinaí; manifestó allí su gloria, les dio la ley con la promesa de grandes bendiciones siempre que obedecieran: ‘Ahora pues si diereis oído a mi voz y guardareis mi pacto...vosotros me seréis un reino de sacerdotes y gente santa’ (Éxodo 19:5-6).  Los israelitas no percibían la pecaminosidad de su propio corazón y no comprendían que sin Cristo les era imposible guardar la ley de Dios; y con excesiva premura concertaron su pacto con Dios.  Creyéndose capaces de ser justos por si mismos, declararon: ‘Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho y obedeceremos’ (Éxodo 24:7).  Habían presenciado la grandiosa majestad de la proclamación de la ley y habían temblado de terror ante el monte (Éxodo 20:18-19); y sin embargo, apenas unas pocas semanas después, quebrantaron su pacto con Dios al postrarse a adorar una imagen fundida (Éxodo 32:1-6).  No podían esperar el favor de Dios por medio de un pacto que ya había sido roto (Éxodo 32:15-16,19); y entonces viendo su pecaminosidad y su necesidad de perdón, llegaron a sentir la necesidad de un salvador revelado en el pacto de Abrahán y simbolizado en los sacrificios.  De manera que mediante la fe y el amor se vincularon con Dios como su libertador de la esclavitud del pecado.  Ya estaban capacitados para apreciar las bendiciones del nuevo pacto" (Ibíd., Pág. 388-389).

 

"Los términos del pacto antiguo eran: Obedece y vivirás. ‘El hombre que los hiciere vivirá en ellos’ (Ezequiel 20:11; Levítico 18:5), pero ‘maldito el que no confirmare las palabras de esta ley para cumplirla’ (Deuteronomio 27:26). El nuevo pacto se estableció sobre ‘mejores promesas’ (Hebreos 8:6), la promesa del perdón de los pecados, de la gracia de Dios para renovar el corazón en armonía con los principios de la ley de Dios.  Éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días dice Jehová: Daré mi ley en sus entrañas y escribirelas en sus corazones y... perdonaré la maldad de ellos y no me acordaré más de su pecado" (Jeremías 31:33-34, Ibíd., Pág. 389).

 

"La misma ley que fue grabada en tablas de piedra es escrita por el espíritu Santo sobre las tablas del corazón.  En vez de tratar de establecer nuestra propia justicia, aceptamos la justicia de Cristo.  Su sangre expía nuestros pecados (Hebreos 2:17).  Su obediencia es aceptada en nuestro favor (Romanos 5:19; Efesios 1:6).  Entonces el corazón renovado por el Espíritu Santo producirá los frutos del Espíritu (Gálatas 5:19-22).  Mediante la gracia de Cristo viviremos obedeciendo la ley de Dios escrita en nuestro corazón (2 Corintios 3:3).  Al poseer el Espíritu de Cristo, andaremos como él anduvo (1 Juan 2:6).  Por medio del profeta, Cristo declaró respecto de sí mismo: ‘El hacer tu voluntad, Dios mío, hame agradado; y tu ley está en medio de mis entrañas’ (Salmo 40:8).  Y cuando vivió entre los hombres, dijo: ‘No me ha dejado sólo el Padre yo lo que a él agrada, hago siempre’ ” (Juan 8:29 (Ibíd., Pág. 389).

 

"El apóstol Pablo presenta claramente la relación que existe entre la fe y la ley bajo el nuevo pacto.  Dice: ‘Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo’.  ¿Luego por la fe invalidamos la ley?  En ninguna manera antes establecemos la ley Porque lo que era imposible a la ley, por cuanto era débil por la carne’ (no podía justificar al hombre, porque este en su naturaleza pecaminosa no pedía guardar la ley), ‘Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley fuese cumplida en nosotros, que no andamos conforme a la carne mas conforme al Espíritu’“ (Romanos 5:1;3:31;8:3-4 Ibíd., Pág. 389-390).

Conclusión

"La obra de Dios es la misma en todos los tiempos aunque hay distintos grados de desarrollo y diferentes épocas.  Empezando con la primera promesa evangélica, y siguiendo a través de las edades patriarcal y judía, para llegar hasta nuestros propios días, ha habido un desarrollo gradual de los propósitos de Dios en el plan de la redención.  El Salvador simbolizado en los ritos y ceremonias de la ley judía es el mismo que se revela en el evangelio.  Las nubes que envolvían su divina forma se han esfumado; la bruma y las sombras se han desvanecido; y Jesús, el Redentor del mundo aparece claramente visible.  El que proclamó la ley desde el Sinaí y entregó a Moisés los preceptos de la ley ritual, es el mismo que pronunció el sermón sobre el monte.  Los grandes principios del amor de Dios, que él proclamó como fundamento de la ley y los profetas con sólo una reiteración de lo que él había dicho por medio de Moisés al pueblo hebreo: ‘Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.  Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón y de toda tu alma, y con todo tu poder y amarás a tu prójimo como a ti mismo’ (Deuteronomio 6:4,5; Levítico 19:18).  El Maestro es el mismo en las dos dispensaciones.  Las demandas de Dios son las mismas.  Los principios de su gobierno son los mismos.  Porque todo procede de aquel ‘en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación’ ” (Santiago 1:17 Ibíd., Pág. 390).

 

Al pacto hecho en el Sinaí se le llama antiguo pacto porque fue ratificado primero con sangre de animales (24:6-8).  Al pacto hecho con Abrahán se le llama el nuevo pacto porque fue ratificado después con la sangre de Jesucristo (Mateo 26:27-28).