Estudio 19
Apreciado amigo:
En el universo todo está regido por leyes. Éstas imperan tanto en el mundo físico como
en el biológico y estelar. Desde la
flor silvestre más insignificante, la brizna de hierba que pisotea el
caminante, hasta las galaxias más formidables que pueblan los espacios
infinitos, todo responde en su mecanismo y funcionamiento al Imperio de la ley.
El cumplimiento de esa ley implica siempre orden,
beneficios, bienestar y lo que ocurre en el orden físico no es sino
reproducción y una ilustración de lo que pasa en el mundo espiritual.
El Divino Legislador que dictó las leyes de la
materia, la energía y la vida, instauró así mismo una ley moral suprema,
denominada en la Biblia el Decálogo (que significa literalmente "Diez
Palabras") o los Diez Mandamientos.
Esa ley moral, perfecta (Salmos 19:7) en su escueta sencillez,
constituye la gran norma para la conducta del hombre, tanto en la relación con
Dios como en su relación con sus semejantes.
Dice la Biblia: "El fin de todo el discurso oído es éste: Teme a
Dios, y guarda sus mandamientos porque esto es el todo del hombre"
(Eclesiastés 12:13). El guardar los
mandamientos es tan importante y abarcante que constituye la suma completa del
deber humano.
Una sola razón de las desgracias humanas
Al meditar en los incontables dolores y agonías de
este mundo, al recapacitar en las injusticias, el sufrimiento, la muerte y las
guerras, surge la pregunta: ¿Cuál es la causa de todo este caso? La respuesta es: La única razón del desorden
mundial no es otra que el desconocimiento por parte del hombre de la eterna ley
moral de Dios, la desobediencia voluntaria de los Diez Mandamientos.
Sólo el hombre creado a la imagen y semejanza de
Dios con voluntad y libre albedrío, dueño de elegir su propia conducta, tenía
la capacidad de desobedecer, si así lo quería, el soberano código del
universo. Ni los gigantescos cuerpos
celestes que hienden los espacios insondables, y que observan en marcha
imperturbable a través de las edades las leyes de sus órbitas, ni los fenómenos
físico-químicos del mundo inanimado, que se repiten en absoluta identidad en
iguales circunstancias; ni los procesos biológicos que se verifican en la
intimidad de los tejidos, se apartan de la pauta señalada por las leyes que los
gobiernan. Pero los seres inteligentes
creados por Dios lo han hecho: Satanás en primer lugar, los ángeles caídos como
sus secuaces en segundo lugar, y por fin el hombre, a quien Dios había
destinado para la felicidad, el amor y la perfección.
El hombre transgredió la ley moral de Dios y las
consecuencias de este panorama angustioso del mundo, un mundo que gime bajo el
peso de la opresión del sufrimiento y el dolor y que espera la final liberación
que pronto se realizará.
Siendo que a través de la historia se ha intentado
alterar los Mandamientos de la ley moral de Dios será beneficioso tener otra
vez ante ti la trascripción fiel del texto original, tal como aparece en
cualquier versión de la Biblia, libro de Éxodo, capítulo 20, versículos 3 al
17.
Transcribimos aquí el Decálogo tal como figura en
la versión de la Biblia de Nácar y Colunga, décimo-quinta edición de 1976.
"No tendrás otro Dios que a mí" (Éxodo
20:3).
Segundo Mandamiento
"No te harás esculturas ni imagen alguna de lo que hay en lo alto de los cielos, ni de lo que hay abajo sobre la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas, y no las servirás, porque yo soy Yavé, tu Dios un Dios celoso, que castiga en los hijos las iniquidades de los padres hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian, y hago misericordia hasta mil generaciones de los que aman y guardan mis mandamientos" (Éxodo 20:4-6).
Tercer Mandamiento
"No tomarás en falso el nombre de Yavé tu Dios, porque no dejará Yavé sin castigo al que tome en falso su nombre" (Éxodo 20:7).
Cuarto Mandamiento
"Acuérdate del día del Sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todas tus obras, pero el séptimo día es día de descanso, consagrado a Yavé, tu Dios, y no harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el extranjero que esté dentro de tus puertas, pues en seis días hizo Yavé los cielos y la tierra, el mar y cuanto en ellos se contiene, y el séptimo descansó; por eso bendijo Yavé el día del sábado y lo santificó" (Éxodo 20:8-11).
Quinto Mandamiento
"Honra a tu padre y a tu madre para que vivas largos años en la tierra que Yavé, tu Dios te da" (Éxodo 20:12).
Sexto Mandamiento
"No matarás" (Éxodo 20:13).
Séptimo Mandamiento
"No adulterarás" (Éxodo 20:14).
Octavo Mandamiento
"No robarás" (Éxodo 20:15).
Noveno Mandamiento
"No testificarás contra tu prójimo falso testimonio" (Éxodo 20:16).
Décimo Mandamiento
"No desearás la casa de tu prójimo, ni la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada de cuanto le pertenece" (Éxodo 20:17).
La ley de Dios es universal y eterna
Por lo general las leyes de redacción humana, son
emitidas por un determinado país o estado, y requieren de tanto en tanto una
revisión, que implica en algunas ocasiones una reforma, y en otras un cambio
total. A diferencia de esto, la gran
ley de Dios es universal, es decir que ha sido dada para toda la
humanidad. Además es eterna, o sea que
no necesita ser revisada ni reformada.
Cuando el sabio Salomón escribió por inspiración
divina: "Esto es el todo del hombre" (Eclesiastés 12:13) refiriéndose
a la obediencia de los Diez Mandamientos, quiso decir que la ley era
genéricamente para la especie humana, y no para determinada nación. Sin tener en cuenta la raza, la
nacionalidad, la condición social o económica, el nivel cultural o el sexo, la
ley divina tiene vigencia para toda la humanidad, si bien es cierto que Dios
exigirá más estricta cuenta de parte de quienes hayan tenido mejores
oportunidades, mayores privilegios y mayor conocimiento.
La ley de Dios es eterna. No puede ser cambiada. De hecho, es tan eterna como Dios mismo
porque es un trasunto de carácter y de su perfección. Dice la Biblia que en Dios "No hay mudanza ni sombra de
variación" (Santiago 1:17). Y la
misma característica distingue también su ley.
Esto fue lo que quiso decir Jesús cuando ante un
grupo de personas que lo acusaban de ser innovador: "No penséis” —les dijo—, “que he venido para abrogar la ley
o los profetas, no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen
el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasarán de la ley" (Mateo
5:17-19). La ley de Dios es, en virtud
de esta declaración, más permanente que el cielo y la tierra, porque participa
de la misma naturaleza de su divino autor, que es eterno.
La demostración suprema de la eternidad e
inmutabilidad de la ley de Dios es la muerte de Cristo en favor del
pecador. "La paga del pecado”
—enseña la Biblia—, “es muerte, más la
dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro" (Romanos
6:23).
Siendo el pecado violación de la ley (1 Juan 3:4),
y habiendo violado esa ley todos los hombres (Romanos 3:23), todos estaban
sujetos a la pena de muerte eterna.
Pero Dios anhelaba salvar al hombre de ese triste destino. Y lo hizo de la única manera como podía ser
hecho: enviando a su Hijo Jesucristo, para morir en el Calvario y satisfacer
así con su muerte vicaria, la pena que correspondía al hombre, a fin de que
éste pudiera salvarse por la fe en él.
"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo
unigénito, para que todo aquel en él crea, no se pierda, mas tenga vida
eterna" (Juan 3:16).
Ahora bien, si hubiera sido posible cambiar la ley
para salvar al pecador, Dios lo hubiera realizado, y habría ahorrado el
sacrificio de la vida de su Hijo para ofrecer al hombre su salvación ;
ello es una demostración incontrovertible de que ley, perfecta y eterna como
Dios mismo, no pedía ser cambiada.
Esa ley es la esencia del orden en el universo, es
la base de la armonía, es la condición de la felicidad.
Algunas personas, juzgando superficialmente los
Diez Mandamientos podrían pensar que es exagerado decir que ellos contienen la
suma del deber humano y que son el compendio máximo de las obligaciones del
hombre para con Dios y para con sus semejantes. Y sin embargo, ésa es la realidad.
El salmista al meditar en su amplitud y
profundidad elevó la siguiente plegaria: "Abre mis ojos, y miraré las
maravillas de tu ley” (Salmo 119:18).
Cristo mismo, explicando los magnos alcances de los preceptos del
Decálogo declaró: "Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y
cualquiera que matare será culpado de juicio.
Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano será
culpable de juicio, y cualquiera que diga: Necio a su hermano será culpable
ante el concilio; y cualquiera que diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de
fuego" (Mateo 5:21-22).
No es necesario consumar el acto material de
quitar la vida a un semejante para violar el mandamiento de no matar. Basta con tener sentimientos de odio o
guardar rencor.
Continúa Jesús: "Oísteis que fue dicho: No
cometerás adulterio. Pero yo os digo
que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su
corazón" (Mateo 5:27-28). No es
indispensable cometer el acto inmoral para caer en el pecado de adulterio;
basta con un pensamiento impuro o una mirada lasciva.
"La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más
cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el
espíritu, las coyunturas y los tuétanos y discierne los pensamientos y las
intenciones del corazón" (Hebreos 4:12).
Y establece una norma para los aspectos más íntimos de la vida.
La ley de Dios cumple dos propósitos "El
primero es mostrar el pecado en la vida de cada persona" (Romanos 3:20;
7:7). "El segundo es conducir al
pecador a Cristo". (Romanos
10:4). Él es el único que puede limpiar
de pecado, y puede dar la fuerza para vencerlo (Juan 15:5).
El Decálogo es como una luz poderosa que se
proyecta sobre nuestra personalidad moral y destaca en claros relieves nuestros
pecados, defectos y errores. Sin la ley
estaríamos a ciegas.
La Biblia compara la ley con un espejo en el que
cada ser humano puede contemplar su propio rostro espiritual para descubrir las
manchas que afean su carácter.
"Sed hacedores de la palabra “—dice la Biblia—, “y no tan solamente
oidores. Engañándoos a vosotros
mismos. Porque si alguno es oidor de la
palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en
un espejo su rostro natural. Porque él
se considera a sí mismo y se va, y luego se olvida de cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta
ley, de la libertad, y persevera en ella no siendo oidor olvidadizo, sino
hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace" (Santiago
1:22-25).
La ley entendida con amplitud como la enseñó
Jesús, le hace a cada ser humano una inquietante revelación, le muestra que es
pecador, le señala en forma clara la gran necesidad que tiene en el orden
espiritual, destacando cada una de sus debilidades, cada uno de sus pecados y
caídas.
Pero lo grave del caso es que la culpabilidad es
un problema universal, que afecta a todo el mundo. "Si decimos que no tenemos pecado” —explica la Biblia—, “nos
engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros" (1 Juan
1:8). "Por cuanto todos pecaron”
—agrega la Biblia—, “y están destituidos de la gloria de Dios" Y confirma: "Como está escrito: No hay justo, ni aun uno" (Romanos
3:23,10).
Pero quien estudia la Biblia, no bien se convence
de que es pecador, al mirarse en el maravilloso espejo de la ley descubre
también la forma de limpiarse de ese pecado y a la vez halla la fuente de la
cual puede obtener el poder vencedor y abandonarlo. "Siendo justificados gratuitamente por su gracia (la de
Cristo), mediante la redención que es en Cristo Jesús" (Romanos 3:24).
Es natural pues que la Biblia al hablar de la
función que cumple la ley en tu vida, diga que ella ha sido nuestro ayo (guía),
para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe (Gálatas
3:24). Esto quiere decir que una de las
grandes funciones de la ley es conducirte a Jesús, en quien puedes encontrar
perdón y limpieza del pecado pues según lo declara la Biblia, "la Sangre
de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (1 Juan 1:7).
Así confiando en el sacrificio de Cristo,
aceptando a Jesús como el Salvador personal y decidiendo andar en sus pisadas,
el hombre pecador y sin mérito alguno expuesto a la pena de muerte eterna por
la trasgresión de los preceptos de Dios llega a ser justificado, y vive a salvo
de la condenación de la ley, plenamente reconciliado con Dios. Adquiere así el derecho de la salvación
mediante el sacrificio expiatorio de Jesús.
Un programa para la felicidad de tu vida
Pero la misión de Jesús y la ley en la vida del
hombre no termina aquí. Una vez
perdonado el pecado, una vez limpiada la mancha espiritual mediante la sangre
de Cristo, empieza para el creyente, como hijo de Dios una nueva etapa de la
vida, en la cual el pecado pierde su dominio.
La ley de Dios se presenta como una nueva norma, un maravilloso camino
para la vida, una vida ciertamente feliz, porque está en armonía con la
voluntad divina. En ella hay paz y
bienestar, amor, gozo, buenos sentimientos para con los demás y una alegría
antes desconocida.
Ahora bien, aunque es cierto que la aceptación de
Cristo por la fe le otorga al pecador la justificación y el derecho de ser
salvo, todavía necesita él lograr la idoneidad moral que le permita vivir en el
ambiente de pureza y santidad en el reino de Dios. Esto lo consigue mediante la santificación, que es obediencia a
la ley divina. Así se explica que Jesús
le dijera al joven rico: "Si quienes entrar en la vida guarda los
mandamientos" (Mateo 19:17).
Pero aquí se presenta una aparente
contradicción. San Pablo lo plantea al
describir su propia experiencia dice: "Sabemos” —dice él—, “que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido
al pecado... Y sé que en mí, esto es en mi carne, no mora el bien; porque el
querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.
Porque no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero eso hago... Porque según el hombre interior, me deleito
en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la
ley de mi mente, y que lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis
miembros". Y termina con esta angustiosa exclamación, propia de un hombre
pecador : "¡Miserable de
mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de
muerte?" (Romanos 7:14-24).
La desesperación de Pablo, sin embargo, no duró
mucho, porque llegó la maravillosa revelación que cambió por entero la
perspectiva de su existencia, y que debe revolucionar también la vida de todo
verdadero creyente. Dijo Pablo:
"Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro" (Romanos 7:25).
“Lo que era imposible para la ley” —explica el
apóstol—, “por cuanto era débil por la carne, Dios enviando a su Hijo en
semejanza de carne de pecado, condenó al pecado en la carne; para que la
justicia de la ley se cumpliese en nosotros” (Romanos 8:3-4).
La entrega del corazón a Cristo da como resultado
una renovación de todo el ser ; el Maestro, en su conversación con
Nicodemo se refirió a ese proceso espiritual como a un nuevo nacimiento (Juan
3:3) y Pablo usó un lenguaje familiar diciendo: "De modo que si alguno
está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí todas son
hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
El poder de Dios transforma de tal manera la vida,
que ésta se pone en armonía en la ley de Dios.
La promesa que el Señor hace es: "Pondré mis leyes en la mente de
ellos y sobre su corazón las escribiré" (Hebreos 8:10). En estas condiciones los pensamientos de la
persona están a tono con los pensamientos divinos (1 Corintios 2:16), pues su
naturaleza ha sido cambiada ; cuando el hombre hace su voluntad, está
haciendo la vez la voluntad de Dios. Se
produce una identificación de lo divino con lo humano, la cual se va siendo
cada vez más perfecta.
En una existencia semejante no hay temor, ni
angustia. El maravilloso plan de Dios
para tu vida se cumple, y a pesar de las luchas y los contratiempos, eres feliz
por la tranquila confianza y la paz verdadera que llenan tu espíritu, debido a
que estás en paz con Dios y con los hombres y sigues la pauta que el cielo ha
trazado para la conducta humana.