Estudio 19

20.El Sabado

21.Como Guardar el Sabado

22.La Ley de Moises

23.Los dos Pactos

23.El Domingo en la Bibla

La Ley de Dios

Apreciado amigo:

 

En el universo todo está regido por leyes.  Éstas imperan tanto en el mundo físico como en el biológico y estelar.  Desde la flor silvestre más insignificante, la brizna de hierba que pisotea el caminante, hasta las galaxias más formidables que pueblan los espacios infinitos, todo responde en su mecanismo y funcionamiento al Imperio de la ley.

 

El cumplimiento de esa ley implica siempre orden, beneficios, bienestar y lo que ocurre en el orden físico no es sino reproducción y una ilustración de lo que pasa en el mundo espiritual.

 

El Divino Legislador que dictó las leyes de la materia, la energía y la vida, instauró así mismo una ley moral suprema, denominada en la Biblia el Decálogo (que significa literalmente "Diez Palabras") o los Diez Mandamientos.  Esa ley moral, perfecta (Salmos 19:7) en su escueta sencillez, constituye la gran norma para la conducta del hombre, tanto en la relación con Dios como en su relación con sus semejantes.  Dice la Biblia: "El fin de todo el discurso oído es éste: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos porque esto es el todo del hombre" (Eclesiastés 12:13).  El guardar los mandamientos es tan importante y abarcante que constituye la suma completa del deber humano.

Una sola razón de las desgracias humanas

Al meditar en los incontables dolores y agonías de este mundo, al recapacitar en las injusticias, el sufrimiento, la muerte y las guerras, surge la pregunta: ¿Cuál es la causa de todo este caso?  La respuesta es: La única razón del desorden mundial no es otra que el desconocimiento por parte del hombre de la eterna ley moral de Dios, la desobediencia voluntaria de los Diez Mandamientos.

 

Sólo el hombre creado a la imagen y semejanza de Dios con voluntad y libre albedrío, dueño de elegir su propia conducta, tenía la capacidad de desobedecer, si así lo quería, el soberano código del universo.  Ni los gigantescos cuerpos celestes que hienden los espacios insondables, y que observan en marcha imperturbable a través de las edades las leyes de sus órbitas, ni los fenómenos físico-químicos del mundo inanimado, que se repiten en absoluta identidad en iguales circunstancias; ni los procesos biológicos que se verifican en la intimidad de los tejidos, se apartan de la pauta señalada por las leyes que los gobiernan.  Pero los seres inteligentes creados por Dios lo han hecho: Satanás en primer lugar, los ángeles caídos como sus secuaces en segundo lugar, y por fin el hombre, a quien Dios había destinado para la felicidad, el amor y la perfección.

 

El hombre transgredió la ley moral de Dios y las consecuencias de este panorama angustioso del mundo, un mundo que gime bajo el peso de la opresión del sufrimiento y el dolor y que espera la final liberación que pronto se realizará.

 

Siendo que a través de la historia se ha intentado alterar los Mandamientos de la ley moral de Dios será beneficioso tener otra vez ante ti la trascripción fiel del texto original, tal como aparece en cualquier versión de la Biblia, libro de Éxodo, capítulo 20, versículos 3 al 17.

 

Transcribimos aquí el Decálogo tal como figura en la versión de la Biblia de Nácar y Colunga, décimo-quinta edición de 1976.

 

Primer Mandamiento

"No tendrás otro Dios que a mí" (Éxodo 20:3).

 

Segundo Mandamiento

"No te harás esculturas ni imagen alguna de lo que hay en lo alto de los cielos, ni de lo que hay abajo sobre la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra.  No te postrarás ante ellas, y no las servirás, porque yo soy Yavé, tu Dios un Dios celoso, que castiga en los hijos las iniquidades de los padres hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian, y hago misericordia hasta mil generaciones de los que aman y guardan mis mandamientos" (Éxodo 20:4-6).

 

Tercer Mandamiento

"No tomarás en falso el nombre de Yavé tu Dios, porque no dejará Yavé sin castigo al que tome en falso su nombre"  (Éxodo 20:7).

 

Cuarto Mandamiento

"Acuérdate del día del Sábado para santificarlo.  Seis días trabajarás y harás todas tus obras, pero el séptimo día es día de descanso, consagrado a Yavé, tu Dios, y no harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el extranjero que esté dentro de tus puertas, pues en seis días hizo Yavé los cielos y la tierra, el mar y cuanto en ellos se contiene, y el séptimo descansó; por eso bendijo Yavé el día del sábado y lo santificó" (Éxodo 20:8-11).

 

Quinto Mandamiento

"Honra a tu padre y a tu madre para que vivas largos años en la tierra que Yavé, tu Dios te da" (Éxodo 20:12).

 

Sexto Mandamiento

"No matarás" (Éxodo 20:13).

 

Séptimo Mandamiento

"No adulterarás" (Éxodo 20:14).

 

Octavo Mandamiento

"No robarás" (Éxodo 20:15).

 

Noveno Mandamiento

"No testificarás contra tu prójimo falso testimonio" (Éxodo 20:16).

 

Décimo Mandamiento

"No desearás la casa de tu prójimo, ni la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada de cuanto le pertenece" (Éxodo 20:17).

La ley de Dios es universal y eterna

Por lo general las leyes de redacción humana, son emitidas por un determinado país o estado, y requieren de tanto en tanto una revisión, que implica en algunas ocasiones una reforma, y en otras un cambio total.  A diferencia de esto, la gran ley de Dios es universal, es decir que ha sido dada para toda la humanidad.  Además es eterna, o sea que no necesita ser revisada ni reformada.

 

Cuando el sabio Salomón escribió por inspiración divina: "Esto es el todo del hombre" (Eclesiastés 12:13) refiriéndose a la obediencia de los Diez Mandamientos, quiso decir que la ley era genéricamente para la especie humana, y no para determinada nación.  Sin tener en cuenta la raza, la nacionalidad, la condición social o económica, el nivel cultural o el sexo, la ley divina tiene vigencia para toda la humanidad, si bien es cierto que Dios exigirá más estricta cuenta de parte de quienes hayan tenido mejores oportunidades, mayores privilegios y mayor conocimiento.

 

La ley de Dios es eterna.  No puede ser cambiada.  De hecho, es tan eterna como Dios mismo porque es un trasunto de carácter y de su perfección.  Dice la Biblia que en Dios "No hay mudanza ni sombra de variación" (Santiago 1:17).  Y la misma característica distingue también su ley.

 

Esto fue lo que quiso decir Jesús cuando ante un grupo de personas que lo acusaban de ser innovador:  "No penséis” —les dijo—, “que he venido para abrogar la ley o los profetas, no he venido para abrogar, sino para cumplir.  Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasarán de la ley" (Mateo 5:17-19).  La ley de Dios es, en virtud de esta declaración, más permanente que el cielo y la tierra, porque participa de la misma naturaleza de su divino autor, que es eterno.

 

La demostración suprema de la eternidad e inmutabilidad de la ley de Dios es la muerte de Cristo en favor del pecador.  "La paga del pecado” —enseña la Biblia—,  “es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro" (Romanos 6:23).

 

Siendo el pecado violación de la ley (1 Juan 3:4), y habiendo violado esa ley todos los hombres (Romanos 3:23), todos estaban sujetos a la pena de muerte eterna.  Pero Dios anhelaba salvar al hombre de ese triste destino.  Y lo hizo de la única manera como podía ser hecho: enviando a su Hijo Jesucristo, para morir en el Calvario y satisfacer así con su muerte vicaria, la pena que correspondía al hombre, a fin de que éste pudiera salvarse por la fe en él.  "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel en él crea, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3:16).

 

Ahora bien, si hubiera sido posible cambiar la ley para salvar al pecador, Dios lo hubiera realizado, y habría ahorrado el sacrificio de la vida de su Hijo para ofrecer al hombre su salvación ; ello es una demostración incontrovertible de que ley, perfecta y eterna como Dios mismo, no pedía ser cambiada.

 

Esa ley es la esencia del orden en el universo, es la base de la armonía, es la condición de la felicidad.

La espiritualidad de la ley

Algunas personas, juzgando superficialmente los Diez Mandamientos podrían pensar que es exagerado decir que ellos contienen la suma del deber humano y que son el compendio máximo de las obligaciones del hombre para con Dios y para con sus semejantes.  Y sin embargo, ésa es la realidad.

 

El salmista al meditar en su amplitud y profundidad elevó la siguiente plegaria: "Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley” (Salmo 119:18).  Cristo mismo, explicando los magnos alcances de los preceptos del Decálogo declaró: "Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpado de juicio.  Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano será culpable de juicio, y cualquiera que diga: Necio a su hermano será culpable ante el concilio; y cualquiera que diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego" (Mateo 5:21-22).

 

No es necesario consumar el acto material de quitar la vida a un semejante para violar el mandamiento de no matar.  Basta con tener sentimientos de odio o guardar rencor.

 

Continúa Jesús: "Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio.  Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón" (Mateo 5:27-28).  No es indispensable cometer el acto inmoral para caer en el pecado de adulterio; basta con un pensamiento impuro o una mirada lasciva.

 

"La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón" (Hebreos 4:12).  Y establece una norma para los aspectos más íntimos de la vida.

Propósitos de la ley

La ley de Dios cumple dos propósitos "El primero es mostrar el pecado en la vida de cada persona" (Romanos 3:20; 7:7).  "El segundo es conducir al pecador a Cristo".  (Romanos 10:4).  Él es el único que puede limpiar de pecado, y puede dar la fuerza para vencerlo (Juan 15:5).

 

El Decálogo es como una luz poderosa que se proyecta sobre nuestra personalidad moral y destaca en claros relieves nuestros pecados, defectos y errores.  Sin la ley estaríamos a ciegas.

 

La Biblia compara la ley con un espejo en el que cada ser humano puede contemplar su propio rostro espiritual para descubrir las manchas que afean su carácter.  "Sed hacedores de la palabra “—dice la Biblia—, “y no tan solamente oidores.  Engañándoos a vosotros mismos.  Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural.  Porque él se considera a sí mismo y se va, y luego se olvida de cómo era.  Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, de la libertad, y persevera en ella no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace" (Santiago 1:22-25).

 

La ley entendida con amplitud como la enseñó Jesús, le hace a cada ser humano una inquietante revelación, le muestra que es pecador, le señala en forma clara la gran necesidad que tiene en el orden espiritual, destacando cada una de sus debilidades, cada uno de sus pecados y caídas.

 

Pero lo grave del caso es que la culpabilidad es un problema universal, que afecta a todo el mundo.  "Si decimos que no tenemos pecado”  —explica la Biblia—,  “nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros" (1 Juan 1:8).  "Por cuanto todos pecaron” —agrega la Biblia—, “y están destituidos de la gloria de Dios"  Y confirma: "Como está escrito:  No hay justo, ni aun uno" (Romanos 3:23,10).

 

Pero quien estudia la Biblia, no bien se convence de que es pecador, al mirarse en el maravilloso espejo de la ley descubre también la forma de limpiarse de ese pecado y a la vez halla la fuente de la cual puede obtener el poder vencedor y abandonarlo.  "Siendo justificados gratuitamente por su gracia (la de Cristo), mediante la redención que es en Cristo Jesús" (Romanos 3:24).

 

Es natural pues que la Biblia al hablar de la función que cumple la ley en tu vida, diga que ella ha sido nuestro ayo (guía), para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe (Gálatas 3:24).  Esto quiere decir que una de las grandes funciones de la ley es conducirte a Jesús, en quien puedes encontrar perdón y limpieza del pecado pues según lo declara la Biblia, "la Sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (1 Juan 1:7).

 

Así confiando en el sacrificio de Cristo, aceptando a Jesús como el Salvador personal y decidiendo andar en sus pisadas, el hombre pecador y sin mérito alguno expuesto a la pena de muerte eterna por la trasgresión de los preceptos de Dios llega a ser justificado, y vive a salvo de la condenación de la ley, plenamente reconciliado con Dios.  Adquiere así el derecho de la salvación mediante el sacrificio expiatorio de Jesús.

Un programa para la felicidad de tu vida

Pero la misión de Jesús y la ley en la vida del hombre no termina aquí.  Una vez perdonado el pecado, una vez limpiada la mancha espiritual mediante la sangre de Cristo, empieza para el creyente, como hijo de Dios una nueva etapa de la vida, en la cual el pecado pierde su dominio.  La ley de Dios se presenta como una nueva norma, un maravilloso camino para la vida, una vida ciertamente feliz, porque está en armonía con la voluntad divina.  En ella hay paz y bienestar, amor, gozo, buenos sentimientos para con los demás y una alegría antes desconocida.

 

Ahora bien, aunque es cierto que la aceptación de Cristo por la fe le otorga al pecador la justificación y el derecho de ser salvo, todavía necesita él lograr la idoneidad moral que le permita vivir en el ambiente de pureza y santidad en el reino de Dios.  Esto lo consigue mediante la santificación, que es obediencia a la ley divina.  Así se explica que Jesús le dijera al joven rico: "Si quienes entrar en la vida guarda los mandamientos" (Mateo 19:17).

 

Pero aquí se presenta una aparente contradicción.  San Pablo lo plantea al describir su propia experiencia dice: "Sabemos”  —dice él—, “que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado... Y sé que en mí, esto es en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.  Porque no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero eso hago...  Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros". Y termina con esta angustiosa exclamación, propia de un hombre pecador :  "¡Miserable de mí!  ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" (Romanos 7:14-24).

 

La desesperación de Pablo, sin embargo, no duró mucho, porque llegó la maravillosa revelación que cambió por entero la perspectiva de su existencia, y que debe revolucionar también la vida de todo verdadero creyente.  Dijo Pablo: "Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro" (Romanos 7:25).

 

“Lo que era imposible para la ley” —explica el apóstol—, “por cuanto era débil por la carne, Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros” (Romanos 8:3-4).

 

La entrega del corazón a Cristo da como resultado una renovación de todo el ser ; el Maestro, en su conversación con Nicodemo se refirió a ese proceso espiritual como a un nuevo nacimiento (Juan 3:3) y Pablo usó un lenguaje familiar diciendo: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).

Conclusión

El poder de Dios transforma de tal manera la vida, que ésta se pone en armonía en la ley de Dios.  La promesa que el Señor hace es: "Pondré mis leyes en la mente de ellos y sobre su corazón las escribiré" (Hebreos 8:10).  En estas condiciones los pensamientos de la persona están a tono con los pensamientos divinos (1 Corintios 2:16), pues su naturaleza ha sido cambiada ; cuando el hombre hace su voluntad, está haciendo la vez la voluntad de Dios.  Se produce una identificación de lo divino con lo humano, la cual se va siendo cada vez más perfecta.

 

En una existencia semejante no hay temor, ni angustia.  El maravilloso plan de Dios para tu vida se cumple, y a pesar de las luchas y los contratiempos, eres feliz por la tranquila confianza y la paz verdadera que llenan tu espíritu, debido a que estás en paz con Dios y con los hombres y sigues la pauta que el cielo ha trazado para la conducta humana.