Estudio 11

La Confesión

Apreciado amigo:

 

En el estudio anterior, hablamos del arrepentimiento no como el resultado de un miedo al castigo, a la ira de Dios, o un temor a perder la vida eterna.  No, por el camino del temor no se llega al arrepentimiento; se llega por el camino del amor.  Te conmueve ver lo que el Señor ha hecho por ti, te conmueve la historia del Calvario, los sufrimientos del Señor Jesucristo (Juan 12:32).  Y sacuden tu vida, y abren tus ojos para que comprendas tu necesidad.  Sientes entonces el inmenso deseo de liberarte de tus pecados y respondes a la voz de Jesús: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados y yo os haré descansar" (Mateo 11:28).

 

Respondes a esta invitación y le confiesas a Jesús tus pecados, tus indiferencias, tus equivocaciones pasadas.  ¿Qué ocurre entonces?  La Biblia dice: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

Entreguemos nuestras cargas a Jesús

Con esto has llegado a la confesión, que es quizá una de las acciones que en la vida resultan más difíciles, que un incidente se convierta en un abismo insalvable, sólo porque te falta valor para reconocer que te has equivocado;  cuántos amigos íntimos se han visto separados para toda la vida, porque no tuvieron valor suficiente para lamentar una equivocación ni reconocer su error.  Esta misma actitud te impide con frecuencia la debida relación entre tú y Dios; cuantas veces marchas por la vida agobiado por la carga de tu pecado inconfesado cuando con solo abrirle tu corazón a Dios, te verás libre de ese peso aplastante.

 

Así como una enfermedad va minando poco a poco el organismo hasta reducirlo a una piltrafa, de la misma manera, el pecado que no se confiesa a Dios, va minando tu resistencia espiritual hasta poner en peligro tus posibilidades de vida eterna.  Es la perpetua lucha entre el reconocimiento del deber y tu resistencia a cumplirlo, porque se opone a ello tu naturaleza humana.  Sabes que has obrado mal, que has herido el corazón de Dios con tu indiferencia hacia él, con tu negación abierta y sientes que deberías volver sobre tus pasos y establecer una amistad más íntima con el Todopoderoso.  Comprendes que si lo hicieras, la vida cambiaría de aspecto para ti, pues en lugar de contemplarlo todo a través del pesimismo y la desesperación, lo verías a través de la esperanza y de la felicidad cristiana, y habría paz en ti.  Pero el amor propio y el egoísmo se imponen, y te mantienen en una situación desesperante, no sólo por el sufrimiento que producen, sino también por las consecuencias eternas que pueden acarrear.

 

Si no hubiera motivos nobles y los hay, aunque sólo fuera por tener paz, debieras reconocer ante Dios tus pecados, o ante tus semejantes las faltas que hayas cometido contra ellos.  Porque ésa es la situación.

 

La vida de relación que necesariamente debes llevar, te causa a veces roces y choques con los demás.  Eres una persona humana lleva de debilidades y de peculiaridades.  Te vuelves a veces obstinado y antojadizo.  No siempre estás dispuesto a conceder a los demás los privilegios que pretendes para ti mismo.  Pocas veces aplicas a los demás la misma misericordia y el mismo interés con que consideras tus propias necesidades reales y aparentes.

 

Por lo general eres excesivamente susceptible.  Te molestan palabras y actitudes que no siempre son tan mal intencionadas como tu amor propio lo supone.  Cuantas veces, ofendido por una pequeñez que carece de importancia te encierras dentro de tu egoísmo de ofendido y con ello amargas tu vida y la de los demás.  Todo lo que haría falta para que el problema desapareciese, sería un poco de amplitud y de cristianismo.  Bastaría simplemente recordar que los demás son seres humanos iguales a ti, que también ellos tienen intereses y debilidades, y que por lo tanto, si a veces sus caminos se cruzan con el tuyo es algo que no debe sorprenderte ni alterarte.

Cómo restaurar la paz interior

En la oración modelo, Jesús enseña a orar: "Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores" (Mateo 6:12).  Si has faltado contra tu prójimo, si llevado por la debilidad de tu naturaleza has caído en lo que tan severamente condenas en otros, entonces confiésale a la persona afectada tus faltas y recupera la paz de tu espíritu.  Mientras no procedas así, hasta tu propia oración carecerá de eficiencia.  Dijo el Señor Jesús : "Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda" (Mateo 5:23-24).

 

La misma actitud debes optar cuando se trata de tus pecados cometidos contra Dios.  ¡Cuán ingrato eres con el Señor!  Mientras él lo dio todo por ti al entregar a su Hijo al sacrificio de tu Salvador, sino ante tu profunda necesidad de ser digno de ese sacrificio.  Y vas aumentando el peso del alma que soporta tu corazón y vas asfixiando tu conciencia y poniéndola a menudo en peligro de muerte, en un triste cometer el pecado.  ¿Por qué no permites que Jesús quite de ti la carga de tu pecado y de tu flaqueza?

 

Claro está que para que llegues a este punto de confesarle a Dios tu pecaminosidad es necesario que en tu corazón se produzca el divino milagro del arrepentimiento.

 

Cristo al tomar tu propia naturaleza humana y clavarla en la cruz, ganó tu salvación y regresó a los cielos para interceder por ti, para abogar ante el Padre por ti que reconociendo tu calidad de pecador y deseando librarte del peso que oprime tu conciencia, te acercas a él para confesarle tus pecados, para pedirle perdón de tus faltas y para comenzar una vida nueva, abundante, amplia y cristiana.

A quién debemos confesar nuestros pecados

¿Ante quién has de confesar tus pecados?  Sólo ante Dios. Sólo a él has de confesarle tus faltas, y no a ser humano alguno.  Sólo él conoce tu necesidad, y sólo él tiene capacidad para perdonarte.  Los mismos contemporáneos de Jesús sabían esto cuando sin comprender que Cristo era divino dijeron: "¿Quién es éste que habla blasfemias?  ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?” (Lucas 5:21).

 

El salmista David exclamó: "Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad.  Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová"  (Salmos 32:5).  La facultad de perdonar el pecado es atributo exclusivo de Dios.

 

Por otra parte, recuerda que a Dios no le puedes ocultar nada.  Él lo ve todo y sabe todo.  Conoce todas tus acciones y escudriña lo más profundo de tus pensamientos.  Por lo tanto, tu confesión a Dios debe ser sincera y franca (Juan 2:25).

 

No le confiesas tus faltas a Dios con el propósito de comunicarle asuntos que él no conozca.  Lo haces para descargar tu corazón de esos pecados y para obtener perdón que tu vida necesita.  Lo haces para tranquilidad de tu existencia y para asegurarte de que el cielo esté abierto para ti.  Así puedes allegarte a Dios con seguridad de que si confiesas tus pecados, él te perdonará.

Conclusión

La influencia del acto de confesar tus pecados al Señor, afecta no sólo al que lo realiza, sino también a otras personas.  Tú debes ser honrado con Dios.  Debes confesarle tus pecados con toda sinceridad.  El Señor entonces te perdonará y él te dará paz y tranquilidad de manera que llegues a ser verdaderamente feliz.

 

Tú debes arrojar de ti el pecado para salvar tu vida.  Esto fue lo que hizo el salmista David.  Cuando en una hora de confusión se echó sobre su conciencia un acto que lo hizo infeliz, durante muchos días y muchas noches no recobró su tranquilidad hasta que le abrió a Dios el corazón y le dijo sinceramente: "Contra ti, contra ti sólo he pecado y he hecho lo malo delante de tus ojos... Purifícame con hisopo, y seré limpio, lávame y seré más blanco como la nieve... Crea en mí oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu recto dentro de mí" (Salmos 51:4,7,10).

 

Ésta es la actitud correcta.  Ésta es la confesión que tú debes hacer.  Este es el resultado natural del verdadero arrepentimiento.  Esto es lo que te garantiza el perdón de Dios, y llena tu alma de paz y descanso.


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